Hay historias corporativas que parecen diseñadas para aparecer en los libros de texto. La de Allbirds —o lo que queda de ella— es una de ellas. En menos de cuatro años, una marca de calzado sostenible ha completado el ciclo completo del capitalismo de riesgo del siglo XXI: euforia, colapso y reinvención con inteligencia artificial. Y en el proceso, ha desenterrado un fantasma que muchos creían enterrado: el de la burbuja de las puntocom.
El zapato favorito de Silicon Valley pierde el 99,5% de su valor
Allbirds salió a bolsa en noviembre de 2021 con una valoración de 4.000 millones de dólares. Era el momento álgido de la era del dinero barato: tipos de interés en mínimos históricos, capital riesgo desbordado y una narrativa de sostenibilidad que resonaba perfectamente con el zeitgeist de la época. La empresa vendía zapatillas de lana merina y caña de azúcar con una propuesta de valor simple: buenas para el planeta, cómodas para tus pies, queridas por los ingenieros de Google y los fundadores de startups.
Lo que vino después fue una caída que habría resultado increíble de no ser porque ya la habíamos visto antes. La compañía nunca logró escalar su modelo de negocio de forma rentable. Los márgenes del calzado son difíciles; los del calzado sostenible, más aún. Las tiendas físicas sangran cash. La competencia se copió el concepto pero con mejor distribución. Y la subida de tipos en 2022 acabó con la paciencia de los inversores hacia empresas que quemaban dinero con promesas de rentabilidad futura.
En cuatro años, la acción perdió el 99,5% de su valor. La compañía cerró todas sus tiendas en Estados Unidos. Y la semana pasada anunció la venta de la marca Allbirds por 39 millones de dólares —menos del 1% de su valoración en el momento de la OPV.
El pivot de los pivots: zapatillas de lana a infraestructura de IA
Aquí es donde la historia se vuelve verdaderamente extraña. La empresa que cotizaba en bolsa —el vehículo financiero, no la marca— no ha desaparecido. Se ha rebautizado como NewBird AI y ha anunciado que destinará 50 millones de dólares a comprar GPUs para competir en el mercado de infraestructura de computación en la nube, el territorio de AWS, Google Cloud y Microsoft Azure.
La reacción del mercado fue inmediata y delirante: la acción subió un 450% en una sola sesión con un volumen 875 veces superior al habitual. Una empresa que valía prácticamente cero hace 48 horas de repente vale algo, aunque nadie sepa muy bien cuánto ni por qué.
1999 llamando por teléfono
Para cualquiera que vivió —o estudió— la burbuja de las puntocom, este guión resulta escalofriante en su familiaridad.
Entre 1998 y 2000, decenas de empresas tradicionales añadieron «.com» a su nombre y vieron cómo su cotización se multiplicaba de la noche a la mañana sin ninguna justificación fundamental. Una empresa distribuidora de bebidas llamada SoBe añadió «eBeverages» a su nombre. Una compañía de consultoría añadió «.com» y su acción subió un 400% en días. El fenómeno fue tan generalizado que los economistas lo documentaron como el «dotcom name effect»: el mercado premiaba la mera asociación con internet, independientemente del modelo de negocio.
La mecánica de NewBird AI es idéntica, solo que la palabra mágica ha cambiado de «.com» a «AI». El mercado de 2025 hace exactamente lo que hizo el de 1999: asigna prima de valoración a cualquier cosa que pueda pronunciar el nombre de la tecnología del momento, con independencia de si tiene alguna ventaja competitiva real en ese espacio.
Porque conviene ser precisos sobre lo que ha ocurrido aquí: una empresa que fracasó vendiendo zapatillas de lana ahora afirma que va a competir con Amazon Web Services. Con 50 millones de dólares. AWS invierte esa cantidad en infraestructura cada pocas horas.
Los paralelismos estructurales con las puntocom
Las similitudes van más allá de la anécdota del nombre. La burbuja de las puntocom se construyó sobre tres pilares que hoy reconocemos con claridad: financiación abundante y barata que permitía a empresas no rentables sobrevivir indefinidamente, una narrativa transformacional que prometía cambiar todos los sectores existentes, y una métrica alternativa a los beneficios —entonces eran los «eyeballs» o visitantes únicos; ahora es el potencial de mercado de la IA— que justificaba valoraciones astronómicas.
Allbirds cumplía los tres criterios en 2021. La empresa perdió más de 300 millones de dólares en sus años cotizados. Nunca generó flujo de caja positivo. Y su valoración se sostenía sobre la promesa de que la ropa sostenible iba a redefinir la industria del calzado global.
Lo que el colapso de Allbirds ilustra —y lo que el rebote de NewBird AI confirma— es que el mercado no ha aprendido el mecanismo de la burbuja, solo ha cambiado el objeto de deseo. En 2000, la pregunta era «¿tiene una estrategia de internet?». En 2025, es «¿tiene algo que ver con la IA?».
El mercado de la narrativa
Existe un concepto en teoría financiera que se ha vuelto especialmente relevante para entender estos fenómenos: el de narrative economics, desarrollado por el Nobel Robert Shiller. Las narrativas —historias que se propagan viralmente sobre cómo funciona la economía o qué sectores van a dominar el futuro— tienen efectos económicos reales porque influyen en las decisiones de inversión de millones de personas.
La narrativa de la IA en 2024-2025 es, en muchos aspectos, más poderosa que la narrativa de internet en 1999, porque sus aplicaciones son más visibles y más inmediatas. ChatGPT tiene 500 millones de usuarios. Los modelos de lenguaje generan código funcional, redactan contratos y diagnostican enfermedades. La narrativa tiene base real, lo que la hace más peligrosa como vehículo especulativo, no menos: los inversores tienen dificultades para distinguir entre las empresas que genuinamente transformarán el sector y las que simplemente han adoptado la estética y el vocabulario de la transformación.
NewBird AI no tiene ingenieros de IA. No tiene propiedad intelectual en aprendizaje automático. No tiene clientes. Tiene un ticker bursátil, 50 millones de dólares y un nombre nuevo. Eso fue suficiente para multiplicar por cinco su capitalización en una sesión.
Qué nos dice esto del ciclo actual
Sería tentador concluir que estamos ante una burbuja de IA equiparable en todo a la de las puntocom. La realidad es más matizada. En 2000, la mayoría de las empresas puntocom no tenían modelo de negocio viable; las que sobrevivieron —Amazon, Google, eBay— tardaron años en demostrarlo. Hoy, los grandes actores de la IA —Nvidia, Microsoft, Google, Anthropic— tienen ingresos reales, márgenes reales y ventajas competitivas defensibles.
Lo que sí comparte este momento con 1999 es la capa especulativa que se ha formado alrededor del núcleo real: cientos de empresas que no tienen capacidad tecnológica genuina pero que se benefician de la prima de valoración que el mercado asigna a todo lo que suene a inteligencia artificial.
La historia de Allbirds/NewBird AI es un caso de laboratorio perfecto de ese fenómeno. Y el hecho de que el mercado haya respondido con un +450% no es una anomalía irracional: es el mercado funcionando exactamente como lo hizo en 1999, premiando la narrativa antes de que la realidad tenga tiempo de contrastarla.
La pregunta no es si habrá corrección. La pregunta es cuánto tardará, y qué otras NewBirds habrán tomado vuelo para entonces.
muy bueno, totalmente de acuerdo