Tras 48 horas de mensajes cruzados desde la Casa Blanca y una calma tensa que los analistas miran con lupa, el tablero geopolítico se encuentra en un punto de no retorno. La muerte del Ayatolá Ali Khamenei y el ascenso de su hijo, Mojtaba Khamenei, han colocado al mundo ante un dilema de proporciones históricas: una era de crecimiento sin precedentes o una recesión que podría durar años.
Larry Fink, el hombre que mueve los hilos en BlackRock, no anda con rodeos. Para él, no existen los grises. El destino de la economía mundial se bifurca en dos extremos violentos. Por un lado, la posibilidad de que el nuevo régimen de Teherán decida integrarse en la comunidad internacional, liberando sus inmensas reservas de crudo y servicios en el mercado global. Esto desplomaría los precios, inyectando una vitalidad olvidada en las arterias del comercio. Por el otro, la persistencia del desafío iraní, que mantendría los precios del petróleo en niveles asfixiantes, no por meses, sino por años.
El escenario de esta batalla no es otro que el Estrecho de Hormuz. Esta estrecha franja de agua en el Golfo Pérsico es, literalmente, la yugular del suministro energético del planeta. Por aquí fluyen diariamente 20 millones de barriles de petróleo, el 20% de lo que consume el mundo entero. Irán sabe que tiene la mano en el grifo. Con un despliegue de minas y una retórica de control absoluto, ha convertido este paso en un campo de minas psicológico y real. Los capitanes de los barcos temen entrar, y solo aquellos dispuestos a pagar peajes astronómicos logran cruzar bajo la mirada del régimen.
Si el Estrecho se despeja, Fink visualiza un barril de petróleo a 40 dólares. Sería un escenario de abundancia, un motor de crecimiento que aliviaría la presión sobre las familias y las empresas. Es la chispa de optimismo que incluso figuras escépticas como Jamie Dimon, de JPMorgan Chase, se permiten albergar en medio del caos.
El fantasma de la Gran Recesión
Sin embargo, el reverso de la moneda es oscuro. Si Irán decide seguir siendo un «exportador de miedo» bajo el mando de Mojtaba Khamenei, el petróleo a 150 dólares dejará de ser una pesadilla para convertirse en una realidad cotidiana. Las implicaciones son devastadoras. No se trata solo de lo que pagas en la gasolinera; se trata de una ruptura total de las cadenas de suministro.
El impacto más cruel se sentirá en la agricultura. Los fertilizantes dependen directamente del gas natural, y un corte en el suministro energético disparará el precio de los alimentos a niveles insostenibles. Estaríamos ante una recesión global de carácter estructural, donde el coste de la vida devoraría cualquier intento de recuperación. El mundo observa a un joven líder en Teherán, preguntándose si elegirá la mano tendida o el puño cerrado. En esa decisión reside la diferencia entre la prosperidad y el abismo.
Pienso que el cambio de modelo energético basado en el petróleo ha de cambiar tarde o temprano. La cuestión es si la transición será lenta (petróleo barato) o brusca (petróleo caro). Pero hay otro dato, soportará la tierra y su cambio climático una transición lenta?
Desde mi punto de vista, alargar el uso de petróleo como fuente primera de energía es pan para hoy y hambre para mañana
No le quepa a usted duda de que la Tierra soportará cualquier cosa que venga mucho mejor que nuestra civilización, que de una manera u otra, siempre se las arregla para pasarlas canutas.