Si pensabas que el orden mundial se estaba rompiendo solo por los vaivenes políticos de Trump, me temo que la cosa es bastante más profunda y empezó hace tiempo. El orden liberal internacional, ese sistema de reglas y comercio que hemos conocido desde 1945, se ha quedado sin . En el último Foro de Davos, Mark Carney (exgobernador del Banco de Canadá y de Inglaterra) no anduvo con rodeos al declarar que el sistema está en fase terminal y que la ruptura es irreversible. El modelo de civilización basado en quemar fósiles ya no es rentable, ni sostenible, ni capaz de mantener la paz.

A diferencia de la vieja Guerra Fría del siglo XX, donde la pelea era por ideologías como el capitalismo frente al comunismo, hoy la disputa es por la matriz energética. En aquel entonces, ambos bandos compartían una premisa: querían industria pesada y petróleo barato, y solo discutían quién debía ser el dueño de la fábrica. Sin embargo, hoy el mundo se fractura entre los Petroestados, que necesitan que el petróleo siga reinando para no quebrar, y los Electroestados, que apuestan su futuro al sol, el viento y el litio. Es una batalla existencial donde, para un país que vive de exportar crudo, la transición verde no representa progreso, sino una amenaza directa a su supervivencia fiscal.

Esta fractura se hizo evidente en la pasada COP30 de Belém en 2025. Mientras más de ochenta países intentaban trazar una hoja de ruta clara para despedirse de los combustibles fósiles, los grandes productores sacaron el freno de mano diplomático. Aunque figuras como Donald Trump no inventaron esta crisis, su política exterior enfocada en los fósiles ha transformado una transición que podría haber sido ordenada en una competencia salvaje. Es fascinante observar cómo, mientras Estados Unidos ve frenadas sus previsiones en renovables por decisiones políticas, el resto del mundo no se queda de brazos cruzados esperando a que Washington se aclare.

Los datos económicos ya cuentan una historia propia, pues la inversión en energías limpias ya duplica a la de los fósiles, alcanzando los 2 billones de dólares en 2025. En este nuevo tablero, las renovables han superado oficialmente al carbón como principal fuente de electricidad mundial y la demanda de petróleo en gigantes como China ya ha empezado su descenso definitivo. El dinero ya ha tomado una decisión, pero el camino está lleno de baches para las llamadas potencias medias. Estos países, que no son gigantes industriales ni petroleros, se encuentran ante la encrucijada de alinearse con el eje fósil para obtener energía barata a corto plazo o saltar al futuro integrándose en la cadena de valor de las tecnologías limpias.

Pero ojo, porque no todo es un camino de rosas en este nuevo mundo verde. Estamos pasando de la dependencia del crudo a la dependencia de los minerales críticos como el litio o el cobalto, un mercado que hoy domina China con mano de hierro. Europa, por ejemplo, gastó la friolera de 420.000 millones de euros en importar energía fósil solo en 2024. Dar el salto a las renovables ahorra ese dinero, pero exige asegurar el flujo de tierras raras para las baterías si no queremos cambiar un chantaje energético por otro totalmente nuevo.

El viejo orden no fue derrocado por una ideología rival, sino que se vació lentamente por las contradicciones del sistema energético que lo sostenía. Lo que viene no será una transición limpia y cooperativa, sino una pugna fragmentada entre bloques energéticos enfrentados. El combustible del siglo XX se agota y la disputa sobre quién controlará el interruptor del siglo XXI apenas está empezando. Como economistas, la pregunta ya no es cómo restaurar el pasado, sino qué tan rápido podemos adaptarnos a este nuevo y caótico mapa del poder global.