En plena parálisis del gobierno federal, Estados Unidos ha superado un hito económico inquietante: la deuda nacional bruta ha alcanzado los 38 billones de dólares, según el último informe del Departamento del Tesoro. Esta cifra récord no solo pone de manifiesto la magnitud del endeudamiento del país, sino también la velocidad alarmante a la que se está acumulando: tan solo en los últimos dos meses se sumó un billón de dólares más.

Para hacernos una idea del ritmo al que crece esta deuda: el Comité Económico Conjunto estima que el endeudamiento nacional ha aumentado 69.713 dólares por segundo durante el último año. Esta dinámica, que recuerda a un reloj que nunca se detiene, está generando preocupación entre economistas y expertos en política fiscal.

Este crecimiento tiene consecuencias a largo plazo. Una deuda creciente acaba traduciéndose en más inflación y eso significa que, aunque los sueldos suban, el poder adquisitivo de las familias se reduce, encareciendo la vivienda, el transporte y otros bienes esenciales.

¿Por qué importa tanto este número?

Cuando se habla de deuda pública, muchas veces se piensa en términos abstractos o técnicos. Pero sus efectos afectan directamente a la economía doméstica:

El aumento de la deuda podría frenar la inversión tanto pública como privada, debilitando el crecimiento económico a medio y largo plazo. En otras palabras: el coste de no actuar lo pagarán las futuras generaciones.

El hecho de que este nuevo récord de deuda se alcance en medio de un cierre del gobierno federal, simboliza una parálisis institucional que impide tomar decisiones fiscales responsables. Los legisladores no están cumpliendo con sus deberes fiscales más básicos.