El precio del oro ha alcanzado esta semana un récord histórico de 4.078 dólares por onza, una cifra que parecía impensable hace apenas unos meses, cuando cotizaba en torno a los 2.800 dólares. El aumento —un rally del 53% en lo que va de año— ha dejado incluso atrás al índice S&P 500, que acumula un rendimiento del 15% en el mismo periodo.

En teoría, un ascenso así podría interpretarse como una señal de alarma sobre la situación económica global. Y es que, tradicionalmente, el oro actúa como refugio en tiempos de incertidumbre, inflación elevada o inestabilidad geopolítica. Sin embargo, la paradoja actual es que, pese a un crecimiento económico sostenido y una inflación moderada, los inversores están volcándose masivamente hacia este activo.

Una tormenta de incertidumbre

Detrás de esta subida espectacular hay factores económicos y políticos que están generando nerviosismo en los mercados. Uno de ellos es el cierre del gobierno estadounidense, que ya se prolonga por segunda semana consecutiva. Esta situación no solo paraliza la actividad institucional, sino que también interrumpe la publicación de datos económicos clave, lo que deja a analistas e inversores operando a ciegas.

Según S&P Global Ratings, cada semana de cierre gubernamental podría restar entre 0,1 y 0,2 puntos porcentuales al crecimiento del PIB.

Además, se suman otros elementos de tensión, como las nuevas tarifas comerciales impuestas por la administración Trump y los primeros signos de debilitamiento en el mercado laboral estadounidense. Todo esto refuerza la percepción de que hay más sombras que luces en el horizonte.

¿Y los tipos de interés? El oro se frota las manos

Otro elemento clave detrás del rally es el giro en la política monetaria de la Reserva Federal (Fed). En septiembre, el banco central recortó los tipos de interés por primera vez desde 2024 y dejó entrever que podrían venir más bajadas a lo largo del año.

Cuando los tipos de interés bajan, los activos como el oro ganan atractivo, ya que los inversores no sienten que están perdiendo mejores oportunidades en los mercados de deuda pública. Además, con los tipos más bajos, los temores inflacionistas ganan fuerza, y el oro vuelve a posicionarse como cobertura ante la pérdida de poder adquisitivo.

El oro puede ser ahora un mejor refugio que los bonos del Tesoro, además hay que tener en cuenta que los costes de extracción del oro están subiendo, lo que limita la oferta futura y respalda los precios.

Una fiebre global: bancos centrales y geopolítica

No solo los inversores minoristas están comprando oro: los bancos centrales también están apostando fuerte. Desde que en 2022 se congelaron 300.000 millones de dólares de activos rusos como respuesta a la invasión de Ucrania, muchos países han intensificado su acumulación de oro para diversificarse y reducir su dependencia del dólar.

Desde UBS estiman que los bancos centrales están comprando cerca de 1.000 toneladas anuales, lo que crea un suelo sólido para los precios del metal. A esto hay que añadir las tensiones crecientes en regiones como Gaza o Europa del Este, que también elevan la demanda de activos considerados seguros.

¿Y ahora qué?

Pese a que algunos analistas creen que el oro aún tiene recorrido —UBS lo sitúa en 4.200 dólares por onza en los próximos meses y Goldman Sachs lo proyecta hasta los 4.900 dólares en 2026—, también abundan las voces que piden cautela.

El oro, aunque sea considerado un refugio, no es infalible. Su volatilidad puede alcanzar el 15% y, además, comprar oro físico en pequeñas cantidades puede implicar altos costes de transacción. Hay quienes sostienen que existen instrumentos financieros más eficientes para protegerse frente a la inflación o las caídas del mercado.

En cualquier caso, el rally del oro en 2025 refleja algo más profundo que simples movimientos técnicos. Muestra una pérdida de confianza en las certezas tradicionales y una búsqueda, quizás desesperada, de activos que prometan estabilidad en un mundo cada vez más inestable.