Hace un año, Mario Draghi presentó un ambicioso informe sobre el futuro económico de Europa, un documento muy incómodo para nuestros dirigentes que finalmente se quedo en algún cajón. Hoy, su diagnóstico es aún más preocupante: el continente está perdiendo impulso económico, aumentando su vulnerabilidad y dejando pasar oportunidades clave para reforzar su soberanía y competitividad.
Durante un acto en Bruselas junto a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, Draghi fue claro: «Nuestro modelo de crecimiento se desvanece». Lo que suena como una frase técnica encierra una advertencia contundente: la economía europea ya no se sostiene como antes, y los retos que enfrenta son más grandes de lo que muchos políticos están dispuestos a admitir.
Una inversión necesaria… pero desbordante
Una de las cifras más alarmantes que compartió Draghi tiene que ver con las necesidades de inversión de la UE: si hace un año se estimaban en 800.000 millones de euros anuales, ahora se habla de 1,2 billones de euros cada año entre 2025 y 2031. Es decir, un aumento del 50% en solo 12 meses.
¿La razón? A los retos ya existentes —como la transición verde o la transformación digital— se suman ahora los compromisos de Defensa, impulsados por la amenaza geopolítica de Rusia. Y este tipo de gasto, recuerda Draghi, recae principalmente sobre las finanzas públicas.
El problema es que el margen fiscal es limitado. Incluso sin contar este nuevo esfuerzo en Defensa, la deuda pública de la UE crecerá en 10 puntos del PIB en la próxima década, alcanzando el 93%. Y eso en un escenario optimista.
Fragmentación, lentitud y frustración
El análisis de Draghi va más allá de las cifras. Señala algo más profundo: la arquitectura institucional de la Unión Europea es demasiado lenta para reaccionar ante los cambios del mundo actual.
Los ciudadanos y empresas, dice, están frustrados con la burocracia europea. No por desinterés, sino porque sienten que la UE no está a la altura del momento histórico que vivimos. Mientras competidores como China o Estados Unidos toman decisiones en cuestión de semanas, en Europa se necesitan años.
Y lo más grave, según Draghi, es que la inercia se disfraza de respeto al Estado de derecho o al proceso democrático, cuando en realidad es una forma de complacencia. «Seguir como siempre es resignarse a quedar atrás», sentenció.
Un buen ejemplo de esta lentitud es el mercado energético. Los precios de la electricidad en Europa siguen siendo muy altos, volátiles y desiguales. En algunos países, la luz cuesta tres veces más que en otros. ¿Por qué? Porque las redes nacionales de energía no están bien integradas, y eso impide que la energía fluya libremente allí donde más se necesita.
Von der Leyen ha prometido actuar para eliminar los cuellos de botella en las infraestructuras energéticas, pero lo cierto es que estas promesas ya se han oído antes. El reto no es la falta de ideas, sino la lentitud en ejecutarlas.
La presidenta de la Comisión también puso el foco en las áreas en las que Europa aún puede liderar: la inteligencia artificial, la transición energética o la defensa. Citó ejemplos como la empresa sueca Lovable o el unicornio francés Mistral, que están despuntando en el terreno tecnológico.
Sin embargo, el tono optimista de Von der Leyen contrasta con el realismo brutal de Draghi. La pregunta que queda en el aire es si Europa podrá moverse a la velocidad que exige el contexto global actual o si seguirá atrapada en su propia rigidez institucional.
Se debería empezar a escuchar más a personas como Draghi, y menos a otras como Von der Leyen. Draghi salvó de la muerte al euro y a la economía de la UE. Y la situación actual, que es tremendamente peor que la que se vivió desde la crisis inmobiliaria hasta la crisis de deuda soberana, requiere un comportamiento ADULTO por el cual se empiece a llamar a las cosas por su nombre.