Christine Lagarde, no suele mojarse mucho con lo que sus últimos mensajes no son precisamente tranquilizadores: un nuevo intento de Donald Trump por controlar la Reserva Federal (Fed) podría representar un “peligro muy serio” para la economía mundial.
La preocupación gira en torno a un principio fundamental en las democracias modernas: la independencia de los bancos centrales. La Fed, como banco central de la mayor economía del mundo, tiene un peso descomunal. Si sus decisiones —como subir o bajar los tipos de interés— se convierten en herramientas políticas, la confianza de los inversores puede evaporarse en cuestión de días.
Trump ya ha mostrado su incomodidad con la autonomía de la Fed. Durante su presidencia, criticó en numerosas ocasiones a Jerome Powell, actual presidente del organismo, por no bajar los tipos de interés al ritmo que él deseaba. Ahora, busca incluso remover a la gobernadora Lisa Cook, cuyo mandato no termina hasta 2038. El intento fue tan poco ortodoxo que, según sus abogados, Cook se enteró de su despido a través de un post en redes sociales.
Para comprender la gravedad del asunto, hay que recordar que los miembros de la Fed solo pueden ser destituidos por “causa justificada”, es decir, por mala conducta o incapacidad, y no por diferencias políticas. Así lo ha establecido claramente la Corte Suprema de EE. UU., que, a pesar de su giro conservador, sigue siendo una de las instituciones más respetadas del país.
¿Por qué esto debería preocupar al resto del mundo? Porque la política monetaria estadounidense no opera en el vacío. Sus decisiones afectan al precio del dólar, al flujo de capitales, a las tasas de interés globales y, por tanto, al coste de financiación de todos los países, desde Alemania hasta Argentina.
En los últimos meses, ya se han observado síntomas de nerviosismo. Los costes de endeudamiento han subido en EE. UU. y otras economías avanzadas, no solo por la inflación o el impacto de guerras como la de Ucrania, sino por la creciente incertidumbre política. En Reino Unido, el rendimiento de los bonos del Estado —que marca el precio al que el Gobierno puede pedir dinero prestado— ha rozado sus niveles más altos en tres décadas. En Francia, el panorama tampoco es halagüeño: el presidente Macron enfrenta una crisis política que ha elevado las primas de riesgo y ha encarecido la deuda soberana.
Lagarde fue tajante: “Los mercados reaccionan ante cualquier signo de inestabilidad política o institucional”. No se trata solo de la Fed o de Trump, sino de una tendencia más amplia. En todo el mundo, las instituciones que antes eran consideradas “intocables” por razones de estabilidad, ahora están siendo cuestionadas, presionadas o directamente atacadas.
En medio de este panorama, la presidenta del BCE descartó que Francia necesite acudir al Fondo Monetario Internacional (FMI), como llegó a insinuar el ministro de Finanzas Eric Lombard. Pero no por ello dejó de subrayar que el BCE está vigilando muy de cerca los mercados financieros. No por paranoia, sino por prudencia: los inversores, en tiempos de incertidumbre, tienden a anticiparse a los riesgos antes de que estos estallen.
Porque en economía, lo que empieza como una “advertencia técnica” puede convertirse, en cuestión de semanas, en una crisis de confianza global.