Rusia ha vivido un extraño fenómeno económico en los últimos años: mientras el país estaba inmerso en un conflicto bélico y sanciones internacionales, su economía crecía con vigor. No por magia, sino por una mezcla de gasto militar disparado, exportaciones de energía todavía fuertes y un sistema que se reconfiguró, a la fuerza, para mantenerse en marcha.
Pero ese impulso empieza a apagarse. El crecimiento se frena, la industria pierde fuelle y la confianza empresarial se debilita. La economía rusa podría estar entrando en una etapa de enfriamiento prolongado, o incluso de recesión.
Señales de alerta (y no pocas)
Uno de los termómetros más claros de esta situación es la actividad industrial, que ha empezado a caer. Las fábricas reciben menos pedidos, exportan menos y, en muchos casos, están reduciendo su plantilla. En paralelo, el crecimiento del PIB –ese gran indicador que muchos miran para saber si una economía va bien o mal– ha empezado a ralentizarse trimestre a trimestre. Lo que antes era un ritmo acelerado, ahora apenas avanza.
Por si fuera poco, los ingresos del petróleo han bajado más de lo previsto. Y eso, en una economía tan dependiente de la energía como la rusa, se nota. El presupuesto público empieza a tensarse, el déficit crece y el Gobierno se ve obligado a plantearse recortes y subidas de impuestos.
El gasto militar ya no tira del carro
Uno de los grandes motores de la economía rusa ha sido el gasto en defensa. Ha mantenido la maquinaria en marcha, ha dado trabajo y ha generado actividad. Pero cuando más del 40 % del presupuesto se va en gasto militar, queda poco margen para otros sectores. Educación, sanidad, infraestructuras… todo empieza a resentirse.
Además, el impacto de los ataques a refinerías, la presión sobre los precios del combustible y los problemas logísticos en ciertas regiones del país están generando tensiones internas que ya no se pueden disimular.
Un modelo que hace aguas
El modelo económico ruso, basado en gran parte en la venta de petróleo y gas, y en un gasto público inflado por la guerra, parece estar agotándose. No se trata de un colapso inmediato ni de un apocalipsis económico. Pero sí de una señal clara de que no se puede crecer eternamente estirando los mismos recursos.
Cuando la economía depende tanto de factores externos, como el precio del crudo o la demanda internacional, y a la vez se aísla del mundo, el margen de maniobra se reduce. Y eso es lo que está empezando a sentir Rusia.
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