La maldición de los recursos, también conocida como la paradoja de la abundancia, hace referencia al hecho demostrado, aunque difícilmente entendible, de cómo una abundancia de recursos naturales puede hacer que el país poseedor de los mismos genere  menos crecimiento económico que el país que no tenga tales recursos.

Esta idea de que los recursos naturales pueden ser más una maldición que una oportunidad de desarrollo se empezó a observar en la década de los 80 y fue Richard Auty en 1993 el primero en utilizar este término para describir cómo los países ricos en recursos naturales no podían usar esa riqueza para impulsar sus economías y cómo, en contra de toda intuición, estos países tuvieron un crecimiento económico menor que los países sin una abundancia de recursos naturales.

Sin ir más lejos, de 1965 a 1998, en los países de la OPEP, el producto interno bruto per cápita se redujo en un promedio de 1,3%, mientras que en el resto del mundo en desarrollo el crecimiento per cápita fue en promedio de 2,2%. Y, hoy en día, países como Venezuela o Nigeria avalan dicha tesis, a pesar de su gran abundancia en hidrocarburos.

Esta paradoja puede ser explicada por muchos motivos, pero en todos esos países se parte del mismo escenario: son zonas altamente degradadas con desigualdades sociales escandalosas y con un sector público muy débil institucionalmente, con unas cuentas públicas en muy mal estado y con altísimos niveles de corrupción.

El proceso de deterioro de la economía del país afectado siempre es el mismo. Los altos ingresos por la explotación de los recursos motivan que cada vez más actividades se orienten hacia ese sector, en detrimento del resto. Las élites del país y sus hijos se vinculan con la fuente de riqueza, y las personas mejor formadas son contratadas por esas empresas. Se establecen poblaciones extranjeras de trabajadores altamente especializados, mientras que un gran número de personas se desplazan hacia los puntos geográficos donde esa actividad se produce ya que hay más oportunidades laborales. Eso supone que los precios se elevan, comenzando por la vivienda y terminando por todo lo demás, dificultando la subsistencia y pauperizando otros sectores: la industria local o la agricultura sufren una ola de destrucción ya que no pueden competir con los bienes importados. El resultado final son grandes suburbios en los que la miseria campa a sus anchas.

Y esto podría ser sólo el principio. Porque después, la debilidad del Estado, en comparación con las grandes compañías con intereses en la zona, la posible intervención de potencias extranjeras para conseguir un gobierno afín a sus intereses y la corrupción generalizada de las clases dirigentes puede crear un clima de tensión política y social que puede ir desde la aparición de “señores de la guerra” hasta un escenario de revolución y guerra civil.

Lo que es cierto es que la abundancia de recursos naturales retarda los esfuerzos hacia la industrialización y la diversificación por la sencilla razón que es más cómodo y más rentable (por el momento) exportar la producción como materia prima que no plantear, a largo plazo, su industrialización.

A todo esto habría que añadir otro factor negativo que históricamente ha frenado, y hasta anulado, el desarrollo de los países ricos en recursos naturales: es la  dependencia de los grupos de poder, tanto internos como externos. Las poderosas multinacionales, dueñas de la tecnología y del capital, y no pocas veces hasta de la comercialización de esos mismos productos, no han tenido otra finalidad en la explotación de esos recursos que su propio lucro, impidiendo en todo momento, un desarrollo autónomo de estos países.

Con demasiada frecuencia se ha dado una trasferencia neta de recursos hacia los centros de poder económico y político internacional. Juntamente con esa enorme sangría de recursos se ha dado también una malversación interna continua, que mantiene todo el aparato gubernamental y favorece con esos recursos a los partidos y a los grupos de poder dentro del propio país. No se da una racionalidad económica, sino que, fácilmente, se cae en la corrupción administrativa, en el nepotismo, en la contratación de excesiva mano de obra, predominando lo político-partidista sobre las exigencias de la racionalidad técnico-administrativa.

Esto no hace sino respaldar la idea de algunos líderes políticos, vinculados a ideas de izquierdas o a facciones religiosas antioccidentales, que se oponen a la inversión privada en la explotación de recursos y que proponen cerrar proyectos mineros enteros.

En cierto modo, otros estudios como los del economista ruso Peter Kaznacheev que recogen conclusiones más alentadoras para estos países con recursos, no dejan de avalar el mismo escenario. La riqueza de recursos naturales influye en el desarrollo económico, pero son las políticas y las instituciones las que determinan si un país avanza o no. Es por eso que numerosos países prósperos como Australia o Noruega, que también son países ricos en recursos naturales, o países como Chile, hayan logrado evadir la llamada maldición y se hayan desarrollado.

Según este autor, si las instituciones del país gozan de buena salud y fortaleza, la existencia de recursos naturales puede, gracias al mayor control y a la menor dependencia de entidades extranjeras, promover un desarrollo económico mayor que si los recursos no existieran.

Otro factor que también influye es el equilibrio entre empresas estatales y privadas. Cuando colapsó el precio del petróleo en los años ochenta, no todos los países exportadores de petróleo sufrieron crisis económicas. Varios, como Malasia, Canadá, Noruega e Indonesia, crecieron. Todos gozaban de altos niveles de libertad económica o los estaban aumentando. Si las políticas e instituciones domésticas permiten un incremento en la productividad, el crecimiento económico puede aumentar aun cuando caen los precios de los recursos naturales, como fue el caso de Chile con el cobre en los ochenta.

Kaznacheev usa reconocidos índices de competitividad, libertad económica y la facilidad de hacer negocios para mostrar que los países ricos en recursos naturales que se posicionan bien en esos indicadores también tienen un desempeño mayor que el promedio mundial respecto a indicadores de desarrollo humano y derechos civiles.