En un reciente artículo firmado por el principal consejero comercial de Donald Trump (Peter Navarro), se presenta una idea sencilla y poderosa: el comercio internacional está amañado contra Estados Unidos, y solo los aranceles recíprocos pueden corregir el desequilibrio. Bajo ese argumento, el texto propone una “reconstrucción largamente esperada” del sistema comercial global, basada en una consigna de aparente sentido común: cobrarles a otros lo mismo que nos cobran a nosotros.

Pero tras la contundencia del mensaje se esconde una lectura parcial, cuando no errónea, de la economía global. Y lo más preocupante: una propuesta que puede acabar perjudicando a los mismos sectores que dice proteger.

El déficit comercial como chivo expiatorio

El autor arranca con una afirmación categórica: “El sistema internacional de comercio está roto — y la doctrina de aranceles recíprocos de Trump lo arreglará”. Según su diagnóstico, el déficit comercial en bienes —que ronda el billón de dólares anuales— ha desangrado a la economía estadounidense y puesto en peligro su seguridad nacional. Cita una cifra impactante: desde 1976, el país habría “transferido” 20 billones de dólares de riqueza al exterior.

Esta idea parte de una error fundamental. Un déficit comercial no es una pérdida de riqueza, sino una diferencia entre lo que un país importa y lo que exporta. En el caso de Estados Unidos, esos dólares no desaparecen: vuelven en forma de inversión extranjera, compra de deuda, adquisición de empresas y activos. Es más, buena parte de la estabilidad financiera del país se debe a que el resto del mundo desea mantener dólares y activos estadounidenses.

Insistir en que ese déficit es un síntoma de decadencia es no entender que, en una economía abierta y financieramente integrada, el comercio y la inversión son vasos comunicantes. El problema no es tener déficit; el problema sería perder la confianza del mundo. Y eso no ocurre a golpe de importaciones, sino cuando se mina el propio sistema de reglas.

El espejismo industrial

Otro eje central del artículo es la narrativa de la desindustrialización como consecuencia directa del libre comercio. Se afirma que “desde que China entró en la OMC en 2001, los ingresos reales semanales apenas han subido un 10%” y que Estados Unidos ha perdido 6.8 millones de empleos manufactureros desde su pico en 1979.

Pero aquí se omite un factor decisivo: la automatización. La producción industrial en EE.UU. no ha desaparecido; simplemente requiere menos trabajadores. La productividad se ha disparado, y eso explica mucho más que los acuerdos comerciales la caída del empleo fabril. Atribuirlo todo al comercio exterior es una forma cómoda de eludir el debate más complejo: cómo redistribuir los beneficios del crecimiento tecnológico y cómo preparar a la fuerza laboral para nuevos sectores.

La falsa simetría de los aranceles “recíprocos”

La gran propuesta del artículo es aplicar a los países extranjeros los mismos aranceles y barreras que ellos imponen a EE.UU. Se afirma: “El promedio de arancel NMF de EE.UU. es del 3.3%; el de China es del 7.5%; el de India, un 17%”. ¿La solución? Igualar la tarifa.

Pero esa lógica es engañosa. No todos los países tienen la misma estructura económica ni las mismas necesidades de protección. Un país en desarrollo puede aplicar aranceles más altos como parte de su estrategia fiscal o industrial. Copiar sus medidas sin contexto puede llevar a un encarecimiento generalizado de bienes, afectar a los consumidores y dañar a las propias empresas estadounidenses que dependen de insumos importados.

Además, Estados Unidos también protege sectores estratégicos con medidas no siempre evidentes: subsidios agrícolas, barreras sanitarias, cuotas textiles. Ningún país tiene las manos limpias en esto. El comercio internacional es una red de compromisos, no un espejo de castigos.

Una visión autorreferencial del mundo

Quizás lo más preocupante del artículo es su rechazo a los mecanismos multilaterales. Se señala que “el sistema de resolución de disputas de la OMC está funcionalmente roto”, y se critica que, incluso ganando casos —como el del veto europeo a la carne con hormonas—, las resoluciones no se aplican.

Es cierto que la OMC atraviesa una crisis de funcionamiento. Pero parte de esa parálisis viene precisamente de la negativa de EE.UU. a nombrar nuevos jueces para su órgano de apelaciones. Criticar el sistema mientras se lo sabotea no parece una estrategia muy coherente.

La alternativa que propone el texto es clara: “Esto no es una negociación. Es una emergencia nacional”. Bajo esa premisa, la política comercial se convierte en un acto de fuerza, no de diplomacia. Unilateralismo puro.

Comercio justo o retórica populista

El texto cierra con una frase que condensa toda la visión del mundo del autor: “Todo lo que América quiere es justicia. El presidente Trump simplemente les está cobrando lo que ustedes nos cobran”. Y añade una amenaza velada a países como México, Vietnam o Camboya por permitir supuestamente el desvío de exportaciones chinas hacia EE.UU.

Esta retórica puede funcionar en campaña. Pero en el comercio internacional, el tono importa. Convertir la política comercial en una revancha nacionalista puede desencadenar represalias, fragmentar cadenas de suministro y aislar aún más a Estados Unidos de sus aliados.

Sí, el sistema comercial necesita ajustes. Hay problemas reales: competencia desleal, dumping, robo de propiedad intelectual. Pero la solución no es dinamitar las reglas, sino mejorarlas. No es pelearse con todos, sino liderar con inteligencia.

Porque si algo ha demostrado la historia económica reciente es que los muros arancelarios no construyen prosperidad. La destruyen.