Durante décadas, Alemania fue el motor económico de Europa, impulsando el crecimiento del continente con su modelo basado en exportaciones de alto valor añadido y energía barata. Sin embargo, esa era de prosperidad parece estar llegando a su fin. En el nuevo escenario postpandemia y la guerra en Ucrania, han provocado que la economía alemana enfrente una crisis estructural que amenaza con hundir su posición de liderazgo.

Las cifras hablan por sí solas: el PIB per cápita alemán ha retrocedido a niveles de 2016 (excluyendo el golpe del COVID-19), lo que significa que el país no ha crecido en términos reales en los últimos ocho años. Mientras la zona euro ha crecido un 5% desde 2019 y Estados Unidos un 11%, Alemania se ha quedado estancada. El problema va más allá de una simple desaceleración cíclica: se trata de una crisis profunda que pone en jaque el modelo económico alemán.

El sector industrial, históricamente el orgullo alemán, está en franco declive. La producción industrial ha caído un 15% desde 2018, y se estima que 300.000 empleos del sector manufacturero desaparecerán en los próximos cinco años. Empresas emblemáticas como BASF, Bosch o Volkswagen enfrentan una tormenta perfecta: altos costos energéticos, deslocalización de inversiones y pérdida de competitividad frente a China.

China, que durante años fue un mercado clave para Alemania, se ha convertido en su principal competidor. El crecimiento chino se ha ralentizado, reduciendo la demanda de bienes alemanes, al tiempo que las empresas chinas han comenzado a fabricar productos similares a menor costo. El sector automotriz alemán, la joya de la corona, está perdiendo la batalla ante los coches eléctricos chinos, más baratos y cada vez más populares en Europa.

El panorama se ensombrece aún más con la posibilidad de un retorno de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Su plan de aranceles universales del 10-20% golpearía duramente a las exportaciones alemanas, que dependen en gran medida del mercado estadounidense. Actualmente, las exportaciones a EE.UU. representan casi el 4% del PIB alemán y el 10% del total de sus ventas al exterior. Si Washington adopta una postura proteccionista, la economía alemana quedará atrapada entre la pérdida de China como mercado y las barreras comerciales de EE.UU.

Mientras tanto, la respuesta política ha sido errática y fragmentada. El canciller Olaf Scholz ha liderado un gobierno débil, marcado por disputas internas entre socialdemócratas, verdes y liberales. La incertidumbre ha frenado la inversión y la implementación de reformas estructurales urgentes.

Las próximas elecciones federales podrían marcar un punto de inflexión. La CDU, liderada por Friedrich Merz, parte como favorita con promesas de reducción de impuestos y menor burocracia. Sin embargo, el fantasma del populismo acecha, con la ultraderecha de Alternativa por Alemania (AfD) en ascenso, impulsada por el descontento ciudadano.

La locomotora de Europa se ha quedado sin combustible. Ahora, la pregunta es si podrá encontrar una nueva fuente de energía para volver a arrancar.