El 12 de agosto de 1961 en la galería Pescetto de Albisola Marina, Manzoni mostró al público lo que venía preparando desde hacía unos meses: 90 pequeñas latas de diseño anodino pero contenido altamente impactante. Cada una de estas latas se vendió por su peso en oro (no es una metáfora, fue así).

Estas latas se convirtieron en uno de los grandes escándalos y atractivos del arte de la época. Muchas leyendas han corrido al respecto, e incluso más de una vez el público se ha preguntado si el contenido de las latas será exactamente el que su artista anunció. Pero la aceptación de la controvertida obra después de su creación hace más de medio siglo, es incuestionable. Actualmente, veintiún museos del mundo conservan al menos una de las latas, entre ellas se cuentan el  Museu d’Art Contemporani de Barcelona y el MOMA de Nueva York. Hace 8 años, se llegó a subastar un ejemplar en 275.000€

El título estaba impreso en los cuatro lados de las latas en cuatro idiomas distintos: Merda d’artista, Merde d’artiste, Artist’s shit y Künstlerscheiße.

Como podéis ver, si nos dan un producto, el que sea, bien enlatado y con la garantía de una buena firma somos capaces de comprar «Merda d’artista» a precio de Oro. El producto puede ser un paquete financiero en el que están metidas unas hipotecas garantizadas por una casa de calificación de renombrado prestigio, o pueden ser las acciones de un banco con nota sobresaliente (AAA) y si nos hace falta dinero podremos vender estos productos en el mercado ya que todos confían en su valor. Pero llega un momento en el que unos se dan cuenta de que el contenido no vale nada y ya nadie quiere comprar esa lata.

Afortunadamente, podemos analizar las latas para intentar deducir la calidad de su contenido. Por ejemplo, para los bancos tenemos el CDS (Credit Default Swaps) que son las coberturas que contratan los inversores para protegerse ante la posibilidad de impago de una compañía, nos permite por ejemplo, comparar «el miedo» o la confianza que tienen los inversores en distintos bancos. De alguna manera podría ser como el diferencial sobre el Euribor que aplicaría un banco a la hipoteca de un alto funcionario de la administración pública en comparación con la que pide un pobre becario. A menos confianza, lo lógico es aplicar un mayor diferencial.