Es difícil comprender la importancia mundial que puede tener llegar a tener un solo fabricante de componentes ya que en general el libre mercado permite que si uno falla otro le sustituye. Rara es la existencia de un monopolio real. Si Apple no te gusta, te vas a Android, si no te gusta Amazon te vas a El Corte Inglés. Siempre hay alternativas a tu producto favorito.

Pero existe un fabricante taiwanés de semiconductores que está resultando crítico para la economía mundial y si él falla, la cadena de producción global se encuentra con problemas. Se trata de TSMC, la empresa que domina la producción de los semiconductores más sofisticados del mundo y cuenta con Apple y Qualcomm entre sus principales clientes. Es una hegemonía mundial que incluso China envidia.

La actual escasez mundial de chips, que comenzó a principios de la pandemia de coronavirus, está alcanzando ahora proporciones de crisis, lo que hace que el papel de TSMC sea aún más fundamental.

Los mercados financieros están cada vez más alarmados por la forma en que la escasez está alimentando la inflación en las economías occidentales y -con la predicción de que la escasez de chips podría durar años en lugar de meses- están poniendo en el punto de mira cómo una empresa de la que poca gente ha oído hablar puede tener tal control sobre la economía mundial.

La escasez de chips ha disparado el coste de los coches y camiones nuevos y usados, lo que ha ayudado a que el IPC de EEUU o Europa empiece a preocupar.

Desde que salieron de la conmoción de la recesión pandémica el año pasado, los fabricantes de automóviles han sido incapaces de conseguir suficientes semiconductores para fabricar coches que satisfagan la demanda. Los chips no sólo se utilizan en los ordenadores, sino que son el cerebro de toda una serie de dispositivos de uso cotidiano y forman parte integral de la producción de coches, ya que los vehículos se encargan cada vez más de pensar por los conductores.

Por ejemplo, Peugeot dejará de vender coches con instrumentación digital debido a la escasez de microchips e incluso Honda anunció a principios de año que reduciría la producción de vehículos por este motivo. Ford comunicó en abril que sólo fabricaría la mitad de su número normal de vehículos hasta junio debido a la escasez. Otros fabricantes, como GM, Volkswagen y Jaguar Land Rover, también se han visto afectados.

Una solución sencilla sería fabricar más chips, pero el mercado de estos componentes está muy ajustado, y añadir capacidad de fabricación -conocida como «fabs»- es extremadamente complejo, caro y lleva mucho tiempo. Cuando los fabricantes de automóviles cerraron las fábricas en la primera oleada de la pandemia en 2020, fabricantes como TSMC y Samsung en Corea cambiaron la producción a chips para la electrónica de consumo, donde la demanda siguió aumentando a medida que la gente pasaba más tiempo en casa durante los cierres.

Los fabricantes de automóviles agravaron el problema al no hacer suficientes pedidos futuros, creyendo que el parón económico sería más duradero. Pero la economía mundial, ayudada por la intervención masiva del gobierno, se ha recuperado más rápidamente de lo que muchos pensaban, dejando una escasez de componentes. Los analistas han calculado esta semana que la industria del automóvil perderá este año 110.000 millones de dólares por la producción perdida debido a la escasez de chips.

Los problemas de la industria automovilística han puesto de manifiesto cómo los semiconductores se han convertido en un suministro esencial en productos que no se consideran tradicionalmente electrónicos, y también lo dependiente que es el mundo de Taiwán para producirlos.

Así pues, lo que parece un punto fuerte también pone a Taiwán en un aprieto. La concentración de la producción de chips en Taiwán, que podría verse interrumpida por los terremotos y la sequía, así como por cualquier posible amenaza militar del otro lado del estrecho de Taiwán, es un riesgo para la economía mundial.

Las superpotencias Estados Unidos y China se esfuerzan desesperadamente por alcanzar al campeón de la alta tecnología taiwanesa, en medio de la creciente tensión diplomática y geopolítica entre Washington y Pekín.

China también está desesperada por aumentar su capacidad de fabricar los chips más sofisticados pero no ha conseguido reducir su dependencia de productores extranjeros como TSMC. En 2018, las empresas chinas como Huawei almacenaron chips en respuesta a las amenazas de controles de exportación de Estados Unidos, exacerbando la escasez. Las sanciones de la era Trump al principal fabricante de chips de China, SIMC, agravaron aún más el problema.

Y en esta guerra a Europa ni se la ve ni se la espera…