En la Edad Media, antes de la llegada del Derecho Romano, era costumbre como método para dilucidar la inocencia o culpabilidad de un acusado, celebrar una ordalía o Juicio de Dios. Una de las más comunes consistía en obligar al reo a agarrarse a un clavo ardiendo y de aguantar el tirón con la ayuda de la mediación divina, para transformar su estado de culpable a inocente.

Para el caso de la economía china y para dilucidar si estamos frente al famoso dragón dormido que Napoleón juzgó mejor no despertar igual haría falta tirar de una ordalía. 

Los analistas no parecen ponerse de acuerdo al respecto y aparecen divididos entre fervorosos creyentes del milagro chino que defienden su solidez y su cuasi obligatorio papel como relevo de la economía más grande del planeta (la estadounidense, por supuesto) y por detractores que, a golpe de cifra, parecen desmontar el sueño de la República Popular.

Para intentar aclarar la situación miremos algunas cifras. Cifras con la credibilidad que se le puede otorgar a la información “oficial” de los organismos chinos, pero cifras oficializadas, al fin y al cabo.

Antes de la aparición y/o fabricación y propagación del inicialmente denominado “virus chino” por el primer mandatario estadounidense, la economía china estaba creciendo a niveles del 6,5% anual, contribuyendo a una cuarta parte del crecimiento global y en total guerra abierta con la aplicación de aranceles sobre los productos foráneos. 

Una vez superada la pandemia, – a velocidad récord en comparación con epidemias globales precedentes – China dice volver a crecer a niveles del 4,5%, mientras el resto de las economías planetarias caen en picado y la segunda ola del coronavirus está dejando en amable a la primera.

El problema de China es obvio, nadie puede dar total crédito a las informaciones que sus autoridades económicas y monetarias emiten ni sobre sus cifras de crecimiento ni sobre el control de la pandemia en su territorio al tratarse de un régimen comunista con un control férreo de la información, una permanente obsesión en mostrar su presunta fortaleza y una eliminación persistente del menor atisbo de opiniones independientes o disidentes.

En cualquier caso, las cifras, como el algodón, no engañan y algunos de sus números hablan por si solos. Así, por ejemplo, en dólares corrientes – que proporcionan una mejor medida del control de un país sobre los recursos globales -la economía americana era casi dos veces mayor que la China antes del efecto distorsionador del coronavirus. 

A pesar del Covid19 y su efecto igualador de ruina planetaria, China sigue siendo un país mucho más pobre. Los ingresos per cápita en China apenas suponen una quinta parte de los de Estados Unidos, incluso ajustados por el poder de compra.

Para los que esperan que China alcance la primera posición económica global, conviene aclararles que históricamente no existen precedentes de liderazgo global de países que no hubiesen sido previamente “ricos”. Además del chirriar que comportaría situar al frente de la economía mundial a un país sin un sistema político democrático.

Hay que recordar también, pues a veces se olvida gracias a las campañas de limpieza de imagen del régimen, que La República Popular China es uno de los pocos estados socialistas y autoritarios que quedan en el mundo. Con fuertes restricciones en muchas áreas y en especial respecto al libre acceso a Internet, la libertad de prensa, la libertad de reunión, el derecho a tener hijos, la libre formación de organizaciones sociales y la libertad de culto.

Pero dejando de lado estos “pequeños detalles”, pongamos más datos económicos sobre la mesa.

En junio de este año la ratio deuda/PIB chino alcanzó la inquietante cifra del 159%. Para que se hagan una idea, España bordea el 109%.

La deuda total de China ha escalado más de dos veces el tamaño de su economía. Está claro que China se ha endeudado en exceso antes de enriquecerse.

Las autoridades chinas llevan años advirtiendo de que la ralentización del crecimiento (la previsión para este año está en torno al 5% frente a los crecimientos de doble dígito acostumbrados por esos lares) con una dependencia cada vez mayor de la deuda es insostenible. 

El crecimiento de China ha caído del 14,2% de 2007 al 4,5% en el tercer trimestre de este año.

Los resultados de esta situación pueden verse en océanos de bloques de apartamentos vacíos y en una burbuja inmobiliaria que puede estallar en cualquier momento y para la que se han adoptado medidas preventivas de contención, aún de dudoso resultado.

Crecimientos absolutos del nivel de deuda en tan corto período de tiempo siempre han ido seguidos de una crisis financiera en países con regímenes democráticos, aunque lo de China sea otra cosa y las crisis no estén permitidas.

En lugar de contener el crédito, el Gobierno ha permitido su aceleración con el objetivo de evitar que una ralentización del crecimiento, agravada por la caída del mercado inmobiliario, suponga un duro golpe para la economía.

En un entorno en el que cada vez se usan más créditos nuevos para pagar deudas anteriores, mantener la tasa de crecimiento resulta cada vez más complicado.

El volumen de la deuda alcanza la colosal cifra de 35 billones de dólares, de los que el 43% tiene su origen en fuentes paralelas a la banca oficial. Un 11% procede de entidades pertenecientes a la denominada banca en la sombra. 

La realidad es que los chinos están presionados por unos salarios bajos, un continuo aumento de los precios de los productos básicos y una espiral al alza del valor de la vivienda, que ha registrado un incremento medio del 20% en el último año, previo a la pandemia. 

La actividad industrial refleja una pérdida de competitividad. Padece los efectos combinados de un aumento de los costes laborales, las exigencias medioambientales para frenar los altos niveles de contaminación y la apreciación del yuan que lastra a su vez sus exportaciones.

Ante semejante panel de datos económicos y aunque se empeñen en vendernos su superación milagrosa de la pandemia derivada del Covid19, no sé qué les parecerá a ustedes, pero nosotros  casi preferiríamos que, si este es el panorama que presenta el posible relevista de la principal economía mundial, las cosas se queden como están y que este intento de asalto al primer escalón del pódium de la economía planetaria se quede en un intento.

Sin necesidad de ordalía o juicio de Dios mediante, mejor que el somnoliento y por lo visto inmune dragón chino vuelva a dormirse plácidamente hasta que haya descansado lo suficiente para despertar fresco y en plenitud de forma económica veraz. Y, ¿por qué no decirlo, democrática?.

Artículo escrito por Verónica Sánchez y Carlos de Fuenmayor.