El pasado mes de Julio, la Unión Europea, tras la habitual puesta en escena de sus duras y reñidas negociaciones internas, aprobaba el fondo de recuperación postCovid con una dotación total de 390.000 millones de euros en ayudas directas no reembolsables para los Estados miembros y 360.000 millones que los países tendrán que devolver a posteriori.

Con el acuerdo alcanzado por los líderes europeos, España recibirá un total de 140.000 millones del fondo, más del 11% del PIB nacional, de los que 72.700 millones corresponderán a transferencias directas y aproximadamente otros 70.000 millones a préstamos reembolsables.

A la vuelta de la negociación, el presidente español, de negro y oro, fue recibido en pasillo de aplausos por su cuadrilla de ministros, alborozados por la visión del maná con el que Europa nos va a intentar mantener con vida y el capote de alivio que para determinados ministerios supone el que los deberes te los hagan otros.

En una primera y rápida interpretación, tan ingenua como cortoplacista, el gobierno, tras vender su triunfo inapeable, dio por sentadas cuestiones que no deben darse por definitivas. Algunas no precisamente menores, como  el descontar que la entrega de los fondos será incondicional, o el obviar la potestad de la Comisión Europea para modular la entrega de los desembolsos  pudiendo llegar incluso a su paralización) en el caso de que el receptor no satisfaga el destino de los mismos y/o el cumplimiento de las reformas acordadas por Europa.

Obviando estos detalles, fruto de su ceguera habitual o de su arrojo temerario, Pedro Sánchez ha decidido adjudicarse la totalidad de dichos fondos donde elabora, presenta y aprueba unos Presupuestos Generales del Estado de absoluta ciencia ficción soportados por la frágil bóveda de contar, sí o sí, con todo el dinero de Europa.

Pedro Sánchez da el golpe de gracia a la economía española con los peores presupuestos de la historia y con un proyecto que incluye cinco errores capitales para afrontar la peor crisis económica desde la Guerra Civil española, partiendo de previsiones irreales, histórica subida de impuestos en lugar de bajarlos, cosechando de paso agrias críticas entre las empresas afectadas. Familias y compañías verán sus ingresos reducidos no sólo como consecuencia de la recesión, sino del aumento de la carga fiscal en el peor momento posible con un gasto público de récord, un déficit que seguirá rozando el 8% del PIB a cierre de 2021 y una deuda insostenible que rondará el 120% del PIB y sin establecer reformas estructurales lógicas para impulsar el crecimiento y la creación de empleo o establecer mayor rigidez en materia económica y fiscal, tales como la posibilidad de fijar el precio de los alquileres o la armonización fiscal a nivel autonómico.

Ceteris paribus, las previsiones del ejecutivo presuponen un crecimiento de la economía española del 9,8% para el 2021 y la recuperación del PIB en el tercer trimestre a niveles del 2019 en un escenario central que presupone la entrega del 100% de los fondos europeos y el cumplimiento inmaculado de la adecuación de los proyectos a los que se destinen las ayudas a lo deseado por la Comisión Europea.

Cualquiera que sepa un poco de cómo funcionan las ayudas europeas sabe que éstas, casi nunca alcanzan la totalidad de lo presupuestado y que su adjudicación suele ser compleja, lenta y con posibilidad de marcha atrás. Cosa más que posible para un gobierno que no ha cesado de plantear proyectos delirantes rodeados de condicionantes inclusivos que bordean el ridículo.

Por si esto no fuese un hándicap importante, los caudales europeos se cederán para que los gobiernos – mediante sus políticas internas – refuercen sus estados de derecho nacionales. Una enorme amenaza para el gobierno socialista de Pedro Sánchez, que tendrá que afinar y vender a Europa sus intromisiones en todos los poderes de estado y sus malabarismos con independentistas y comunistas de salón, si no quiere ver como se cierra el grifo de las ayudas europeas.

En cualquier caso y volviendo a lo económico, el cuadro macro que plantea el Gobierno en estos presupuestos mágicos, niegan el consenso de los analistas para la economía española y anticipa su recuperación en dos años, ignorando deliberadamente que los sectores más afectados por las restricciones sanitarias (en especial hostelería y turismo) no podrán avanzar al mismo ritmo que los menos afectados por las servidumbres de la pandemia.

Continuando con sus previsiones milagrosas, el Gobierno predice un crecimiento del empleo superior al 7% para 2021, que se situaría por debajo de las cifras pre-Covid y una caída del PIB de tan solo el 2,5% respecto al ejercicio 2019. Un milagro económico poco realista en medio de una pandemia en ascenso imparable y de evolución impredecible.

Respecto a las exportaciones, se espera que crezcan, por obra y arte de las ayudas europeas, casi hasta el 20% así como la inversión se duplique y aumente hasta un 15% y el consumo privado se dispare más allá del 10,6%.

Siendo todo ello excelentes noticias (que están por cumplirse), la mala noticia es que las premisas de esta sucesión de proezas no solo dependen de los fondos europeos, sino que van a ser apuntaladas por un aluvión de impuestos y deuda de dimensiones colosales.

Anticipando los fondos europeos y los descacharrantes presupuestos del Gobierno, contemplan la ganancia de tamaño de todas sus partidas, sin excepción. En especial se han disparado las aportaciones sociales y de inversión a niveles del todo increíbles hasta para los palmeros más curtidos y entusiastas del gigantesco gabinete español y sus casi 800 asesores.

El gasto consignado en el proyecto de Presupuestos Generales del Estado (PGE) asciende a 456.073 millones de euros, un 20,1% más que lo presupuestado inicialmente para 2020. Aunque el gasto final este año será muy superior al planteado en un principio, este incremento de 76.460 millones de euros (una tercera parte a cargo de los fondos europeos) hará que el gasto del próximo año siga superando con creces las cifras del ejercicio en curso.

Como decíamos, el gasto social se incrementará este año de forma muy significativa hasta alcanzar los 8.000 millones de euros, seguido del consumo sanitario que supera ligeramente los 3.000 millones, pero no alcanza los 4.000 millones adicionales del coste en funcionariado público.

Unos presupuestos, sostenidos por impuestos y deuda van a ahondar aún más en los severos daños de nuestra ya agónica economía.

Unos presupuestos que también contemplan subidas generalizadas del IRPF – asumiendo una recaudación imposible por la reducción insalvable de la base sobre la que se aplicarán – pero que también anuncian más impuestos de sociedades, lo que conlleva expulsión de la inversión, de la actividad y más desempleo, así como el mantenimiento del impuesto sobre el patrimonio.

En lo financiero, los presupuestos tampoco dan puntadas sin hilo y elevan 3 puntos la presión sobre las rentas del capital, casi eliminan el diferimiento fiscal de los planes de pensiones privados, vuelven a demonizar a Sicav´s y Socimis y aseguran el camino directo a garantizar un mayor efecto desincentivador del ahorro.

No se olvidan tampoco de intentar conseguir una mayor marcha de empresas eliminando exenciones en el impuesto de sociedades, espantando a los inversores internacionales con guiños intervencionistas, aumentando la inseguridad jurídica respecto a la propiedad privada y apuntando soluciones de nostalgia soviética.

En resumen, unos presupuestos imposibles, inoportunos y completamente desequilibrados en intenciones y contenido que van a desaprovechar la oportunidad, en forma de asistencia europea, que ha propiciado la pandemia, y que seguirán postergando las imprescindibles reformas estructurales de calado que junto a una reducción de impuestos y un ajuste del gasto público podrían acelerar la recuperación de nuestra desarbolada economía nacional.

Unos presupuestos mágicos, asombrosos y posibilistas para el gobierno, pero que podrían suponer también la ruina y la desolación económica.

Artículo de Verónica Sánchez (Business Manager) y Carlos de Fuenmayor (Especialista en finanzas)