Avanza el año y con él, las previsiones económicas para este año van afinando sus resultados, más porque los plazos se acortan, y es más sencillo obtener una visión general, que por habilidad de los previsores. Así, las previsiones de Bruselas para nuestra economía en 2020 dadas en primavera quedan como muy “optimistas” y se están agostando en las dadas este verano. Del 9,4% de caída que se avanzaba, hemos pasado a una previsión de retroceso del 10,9% del PIB en este año 2020. Aún son compasivos (o solamente tienen una ilusión a prueba de epidemias) y nos otorgan un incremento del 7,1% para el año siguiente.

El problema de todo esto no son las cifras ni los porcentajes, sino la realidad que por detrás de éstos existe: las tasas de pobreza, la población que será arrastrada a la miseria (para a lo peor nunca abandonarla), el retroceso social que conllevará la disminución de la capacidad económica y el largo rosario de dramas que ya estamos viendo con nuestros ojos ahora, y que son sólo el principio de lo que llama a la puerta. Y todo esto si la enfermedad no golpea más.

En un informe reciente, el Banco Mundial advirtió que la pandemia de covid-19 causará la mayor crisis económica mundial desde, por lo menos, 1870 y amenaza con provocar un aumento drástico en los niveles de pobreza en todo el mundo. Según estas previsiones, el Banco Mundial espera que el PIB mundial se reduzca un 5,2% este año, más del doble que el registrado en la crisis financiera de 2008.

La economía de un país crece en la medida que aumenta la producción de bienes y servicios. Las personas tienen suficiente dinero para consumir y las empresas tienen la capacidad de responder a esa demanda. Cuando sucede algún tipo de distorsión que rompe este equilibrio, como puede ser un aumento del coste de las materias primas, la aparición de una competencia feroz, una deslocalización descontrolada de las empresas hacia economías con menores costes laborales o una pandemia como ahora, el Producto Interno Bruto (PIB) se estanca o cae.

Se habla de una recesión cuando el crecimiento económico disminuye durante dos trimestres seguidos y esta puede ser “técnica” si, por su levedad, se aprecia que pueda remontarse en el corto plazo. Cuando se habla de una recesión profunda es cuando los principales indicadores de un país, como el empleo, la inflación, el consumo, la capacidad de pago o el nivel de producción, están dando malos resultados. Cuando estos resultados se van obteniendo por un tiempo indefinido, sin que se aprecien signos de mejora, empezamos a hablar de depresión.

En una recesión hay menos dinero circulando en la economía. Hay menos trabajo disponible, de hecho, aumentan los despidos por lo que la gente está dispuesta a trabajar casi a cualquier salario, lo que añade otro factor para que el consumo se resienta.

En lo que se refiere a las empresas, éstas ven caer en picado sus ventas y, por tanto, su rentabilidad, con lo que se complica su financiación. En cuanto a sus planes de inversión, éstos quedan congelados y algunos capitales se fugan en busca de mejores rendimientos en otros países.

Para completar el círculo vicioso, el gobierno recibe menos ingresos por el pago de impuestos, con lo que aumenta el endeudamiento fiscal, y queda con menos recursos disponibles para invertir en servicios públicos, construir obras de infraestructura o apoyar a las familias que están en problemas. Estas familias, por otra parte, son las que, sin duda alguna, peor lo van a llevar en todos los sentidos y van a ser muchas las que, por pérdida de sus empleos pasen a engrosar las listas de beneficiarias de ayudas porque, en muchos casos, gran cantidad de familias se tendrán que enfrentar a que no puedan ni llenar la nevera (puede que hasta ni tengan nevera o no les sirva de nada porque no puedan pagar el recibo eléctrico).

Y esto es, poco más o menos, lo que tenemos ahora. De hecho, el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta una abrupta caída del PIB Global en 2020 cercana al 3%, lo que significa que nos enfrentaríamos a la peor crisis desde la Gran Depresión de los años 30.

Y es que tratar con una tesitura de esta magnitud no es fácil. ¿Cómo hacer frente a una situación que paraliza la economía de un planeta?

¿Tal vez hubiese sido mejor hacer frente al Covid como en la edad media? La peste asoló medio mundo en varias oleadas hasta que la mejora de las medidas higiénicas y una cierta inmunización la vencieron. La economía se resintió, pero por falta de mercado: las víctimas de la enfermedad se contaban por millares y hubo ciudades que estuvieron a punto de desaparecer porque casi todo el mundo había muerto.

Ahora la enfermedad, dicen que no es tan grave, aunque la gente sigue muriendo y los hospitales siguen llenándose en los lugares donde no se ha controlado el contagio. ¿Qué Gobierno podría asumir el coste político de no cerrar la economía y dejar que la naturaleza siga su curso y los muertos llenen las calles? Este fue el primer impulso de Estados Unidos, Brasil o Gran Bretaña y tuvieron que recular a toda marcha. Lo que significa que sí es grave, muy contagiosa y que, por ahora, el coste económico de intentar contenerla parece todavía compensar.

La esperanza está en que la recesión se pueda acabar hacia fines de este año o comienzos del próximo. Mientras tanto, si los paquetes de estímulo fiscal y las inyecciones de dinero por parte de los bancos centrales logran mantener en pie el tejido productivo y comercial, la recuperación será más rápida. Pero si muchas empresas quedan sin oxígeno financiero y se van a la bancarrota, el escenario será distinto. Mientras tanto, podemos consolarnos mirando cómo otros países lo están pasando aún peor. No nos mejorará la vida, pero nos aliviará un poco el saber que aún puede ser todo peor.