Con la que tenemos liada con el coronavirus, sin ánimos republicanos, se nos está pasando por alto un fenómeno cuyas consecuencias humanas y económicas van a tener un largo recorrido.

Me refiero a la plaga de langostas que está asolando primero el cuerno de África y ya ha afectado a una docena de países, siendo los más afectados Kenia, Etiopía y Somalia. Esta plaga de langostas del desierto que azota África es el peor brote registrado en décadas, provocando daños en el medio ambiente, los campos de cultivo y la seguridad alimentaria de millones de personas, en una zona que, ya históricamente no destaca por garantizar el suministro de comida permanente a sus habitantes.

Con un tamaño estimado de 2.400 kilómetros cuadrados, la nube de langostas (que siempre he pensado que tenía su nombre mal escogido) se desplaza a una velocidad de hasta 150 kilómetros al día dejando sólo madera seca por donde pasa.

De hecho, según el secretario general adjunto de Asuntos Humanitarios de la ONU, Mark Lowcock, “Una nube de langostas de un kilómetro cuadrado, es decir, de 40 a 80 millones de langostas, puede consumir en un solo día alimentos suficientes para alimentar a 35.000 personas al día. Se estima que el presente enjambre tiene un tamaño de hasta 2.400 kilómetros cuadrados, lo que significa es que habría entre 100.000 y 200.000 millones de langostas en ese solo enjambre, y que estarían devorando suficientes alimentos para alimentar a 84 millones de personas cada día”. Y lo peor es que, con la llegada de la temporada de lluvias, se pueden dar las condiciones para que el tamaño del enjambre crezca exponencialmente.

Las consecuencias de la alimentación de estos animalitos son claras: cada bicho como su peso diariamente, por lo que se estima que más de 200 toneladas de cultivos y pastos son devoradas diariamente en países que, bien sufren hambrunas cíclicas, como Somalia o Eritrea, o bien sufren desabastecimiento por culpa de la guerra, como Sudán del Sur. Esto significa el anuncio de una nueva crisis alimentaria que podría afectar a los 12 millones de personas que ya padecían inseguridad alimentaria antes de que llegara la nube de insectos, pudiendo esto extenderse a 20 millones de personas más, si no se controla la plaga, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

Kenia y Etiopía, con más recursos que sus vecinos, han movilizado al ejército y están llevando a cabo fumigaciones masivas, sin embargo, los recursos de estos países también andan escasos, tanto en medios aéreos, como en pesticidas, por lo que han pedido ayuda internacional. En el caso de Kenia, el miedo es que la plaga llegue a los parques nacionales y las zonas de conservación donde pastan los grandes herbívoros, junto con los depredadores que los cazan. Dado que la explotación de estas reservas tiene un papel clave en la industria del turismo de Kenia, una parte importante de la economía del país podría salir mal parada, con consecuencias nefastas para varios años.

Por lo visto, el origen de esta plaga hay que buscarlo en el consabido cambio climático. Lluvias anormalmente abundantes, procedentes de un sobrecalentado océano Índico en el 2.018 y el 2.019, en la península arábiga (fenómeno que, curiosamente explica también la tremenda sequía que ha asolado a Australia), propiciaron un aumento de la vegetación que sirvió de alimento a una población creciente de estos insectos. Cuando agotaron los recursos en su lugar de origen, saltaron el mar Rojo e iniciaron su aventura africana.

Por otro lado, las temperaturas más elevadas también implican que las langostas pueden madurar con mayor rapidez y dispersarse hasta entornos más elevados, lo que multiplica la capacidad de acción de los enjambres. Esto significa que lo de este año puede ser sólo el principio, y que la llegada de estas plagas se hará más frecuentes y más graves en los próximos años.

En la crisis actual, David Beasley, el director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos, advirtió el 14 de febrero que la región podría enfrentar una “catástrofe” que requeriría más de mil millones de dólares en asistencia. Hablamos de campañas para paliar el hambre, en primera instancia, y también de medidas para intentar restituir a los afectados sus medios de vida. No hay que olvidar que estas personas viven de la agricultura y la ganadería en su mayor parte.

Es por eso que la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación ha hecho un llamado a los Estados miembros para que contribuyan con 76 millones de dólares con el fin de controlar la propagación de las langostas en el Cuerno de África.

Hasta ahora, en un mundo más preocupado por la lucha contra la expansión de otro bicho mucho más pequeño, solo se han recibido alrededor de 20 millones de dólares, según el organismo de las Naciones Unidas, lo que pone en riesgo los esfuerzos para reducir una plaga regional que podría provocar más sufrimiento, desplazamiento y posibles conflictos.

Para terminar, y que el mundo sepa de nuestra solidaridad sin límite, debido a los fuertes vientos registrados últimamente en las Canarias, parece ser que se han detectado algunos de estos bichos en las islas. Éstas, lejos de ser ajenas al problema, han sufrido de vez en cuando la visita de estos voraces insectos, la última importante a finales de los años cincuenta.

La noticia, que no ha sido confirmada por ningún medio oficial, habla de avistamientos en los municipios tinerfeños de Tacoronte, al Norte, y Adeje, en el Sur. También fue anunciada en las redes sociales su presencia en la playa de Las Canteras de Las Palmas, pero en este caso podría tratarse en realidad de libélulas.