Ya era difícil hace una semana prever los efectos económicos de lo que lleva camino de convertirse en una pandemia que marcará un antes y un después en la marcha de la economía mundial.

Cuando la enfermedad estaba contenida en China y países adyacentes ya se hablaba con prudencia de unos efectos muy localizados en el origen, que irían sacudiendo en cascada a países emergentes proveedores de materias primas, y atacando posteriormente a las economías de países avanzados con un efecto tanto mayor cuanto más abiertos estuvieran éstos al comercio mundial. En este último segmento estaría nuestro país.

La aparición de nuevos focos de infección cambia totalmente el panorama ya que se abre la vía para que se puedan producir problemas de oferta y también de demanda en otras zonas geográficas distintas a las que se contemplaban inicialmente y que pueden afectar de forma más nítida a las cadenas internacionales de producción. Además, en la medida en que se empiecen a adoptar en otros países medidas de aislamiento y cuarentena similares a las tomadas por China, los problemas de demanda se agudizarán, dando lugar a una contracción globalizada.

Así, con la incertidumbre aun como bandera para poder estimar los efectos económicos de la expansión de la enfermedad, la única guía que se puede seguir para estimar los efectos económicos del riesgo de pandemia son los estudios realizados con el brote de Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS por sus siglas en inglés) de 2003.

En este sentido, un documento en el año 2017 de los economistas Victoria Fan, Dean Jamison y Lawrence Summers estimó que las pérdidas anuales que se esperaban por el riesgo de pandemia se situarían alrededor de 500.000 millones de dólares, lo que equivale al 0,6% del PIB mundial anualmente. Otros estudios, como el realizado en el año 2016 por la Comisión sobre un Marco de Riesgo de Salud Mundial para el Futuro, valoran los eventos de enfermedades pandémicas en un coste en la economía mundial de más de 60.000 millones de dólares por año.

Lo que sí se sabe es que el coste económico que supuso el brote del SARS de 2.003 fue de 40.000 millones de dólares de entonces. Sin embargo, lo que no tiene en cuenta el estudio es que aquel brote estuvo muy contenido geográficamente y bastante limitado en el tiempo. El coronavirus actual es más contagioso que el SARS (a principios de febrero el número de afectados por el coronavirus ya triplicaba los afectados por el SARS en 2003), y su expansión está prácticamente descontrolada. Sin embargo, presenta una tasa de mortalidad netamente inferior (en torno al 2% frente al 10% del SARS). Por otro lado, hay que tener en cuenta que el SARS alcanzó su pico en términos del número de afectados diarios con bastante rapidez, en abril de 2003 (la OMS había declarado la emergencia global el 12 de marzo), pero a partir de ahí su ritmo de avance se desaceleró y en julio dejó de ser una amenaza.

Aun así, el impacto del SARS sobre el PIB de China tuvo lugar en el segundo trimestre: pasó de un crecimiento del 11,1% en el primer trimestre al 9,1% en el segundo. En el tercer trimestre, los agentes económicos se habían olvidado del susto y la economía crecía ya a ritmo normal. El informe del FMI del año siguiente habló de un impacto poco significativo.

Pero este no es el escenario. Aunque el virus no se hubiese extendido fuera de China, el nivel de integración mundial de la economía asiática es mucho mayor ahora que en el 2.003. Entonces la economía china representaba un 4% de la economía mundial, ahora representa un 17% del PIB mundial, lo que significa que una ralentización del gigante puede tener efectos mucho más graves ahora que en el 2.003.

En el escenario actual sólo se puede decir que todos los sectores, y seguramente todos los países, van a verse afectados en mayor o menor grado. Para empezar, todo lo que tenga que ver con el turismo, viajes, hoteles, etc. se va a ver fuertemente afectado.

Lo ocurrido en China con la contracción de la demanda, el cierre de empresas y comercios hasta el fin de la cuarentena (o hasta que el Gobierno chino diga) se puede reproducir a lo largo y ancho del mundo. En Europa ya lo empezamos a observar en Italia y, en nuestro país, ya sufrimos consecuencias económicas antes incluso de que la enfermedad llegase a nuestro territorio, con la suspensión de la fiesta de las telecomunicaciones de Barcelona.

Por tanto, o la enfermedad remite por sí sola, o las consecuencias pueden ser impredecibles. Aunque hay una tercera vía.

Esta tercera opción consiste en que se nos pase la tontería. El grado de mortandad que la enfermedad está alcanzando no llega al 2% de los afectados, y casi todos ellos son personas mayores o ya enfermas anteriormente. Sin embargo, si atendemos a la alarma desatada, a los estrictos controles sanitarios desplegados y a los medios humanos y materiales desplegados, quizás podría ocurrir que aún no hubiésemos conocido el alcance real de la enfermedad.

Aun así, si hablamos de una enfermedad que produce menos víctimas potenciales que una gripe común ¿merece la pena la cantidad de controles y el coste que supone la implantación de barreras a la enfermedad? ¿debemos pagar un coste tan elevado en términos de contracción de la economía? No hay que olvidar que de pobreza también se muere.