La obsolescencia de cualquier producto, medio de producción o incluso idea ocurre cuando se vuelve anticuado o inadecuado a las circunstancias, de modo que pierde su utilidad y como consecuencia es sustituido por algo mejor o más adecuado al entorno actual. Esto significa, en esencia, que lo obsoleto deja de usarse.

Es por eso que haya muchas voces alertando de que los avances en el desarrollo de la “Inteligencia Artificial”, definida como disciplina científica que se ocupa de crear programas informáticos que ejecutan operaciones comparables con las que realiza la mente humana, acabará haciendo del ser humano un ente obsoleto y por lo tanto sustituible por máquinas o robots que harán mejor lo que hacemos.

Esto abre la puerta a muchos interrogantes, no sólo los que conciernen al futuro inmediato del reparto de la riqueza y el aumento de la brecha entre ricos y pobres, sino también los que atañen a un uso de los avances tecnológicos en el ámbito militar.

En este sentido, el cosmólogo Max Tegmark, del MIT, menciona en su reciente libro Vida 3.0: ser humano en la era de la inteligencia artificial, que existe una gran presión económica para hacer obsoletos a los humanos. Sobre todo, porque los avances de la inteligencia artificial son ya en sí un gran negocio, sumamente rentable y de largo alcance.

De hecho, este científico estima que la llegada de una Inteligencia Artificial General (IAG) que supere a la humana es cuestión de décadas. En su visión del futuro, podríamos acabar viviendo en una civilización idílica donde robots superinteligentes harían nuestro trabajo, crearían curas para todas nuestras enfermedades o diseñasen sistemas para obtener energía limpia de fuentes sostenibles e inacabables. Sin embargo, también advierte que, si no somos capaces de transmitirle nuestros objetivos con precisión, es posible que a esa nueva inteligencia dominante en la que depositemos nuestras vidas no le interese nuestra supervivencia o, incluso, que asuma un objetivo absurdo que nada tenga que ver con nuestro bienestar, el cual sería sacrificado en aras de ese objetivo superior.

Es por eso que Tegmark aboga por que la comunidad global debe implicarse en un debate para orientar el desarrollo de la inteligencia artificial en nuestro beneficio. Esta discusión deberá afrontar problemas concretos, como la gestión de las desigualdades generadas por la automatización del trabajo, pero también un intenso esfuerzo filosófico por definir y acordar qué es bueno para toda la humanidad para después inculcárselo a las máquinas.

Y es que el peligro ahora está en que el desarrollo de la IA está en manos de compañías mercantiles cuya principal motivación es ganar dinero. Es decir, aunque muchos de los científicos y líderes tecnológicos que están construyendo la IA son muy idealistas, lo cierto es que, en la más cruda realidad, es rentable poder sustituir en los procesos de producción la mano de obra por maquinas. Esto hace que la investigación no busque sino rentabilizar lo invertido, lo que significa, en última instancia la búsqueda de la obsolescencia del factor humano como mano de obra.

Por tanto, si el objetivo de desarrollar la IA es aumentar el bienestar de la raza humana, lo lógico sería involucrar en su desarrollo a psicólogos, sociólogos, economistas, etc. con el fin de intentar determinar lo primero qué significa ser feliz. Si no se hace así, estas decisiones serán tomadas por los programadores y creadores de esta tecnología, las empresas que financian los proyectos y los Gobiernos que las apadrinan. En definitiva, un plantel de gente que quizás no sea la más adecuada para tomar estas decisiones ya que entre sus motivaciones no se encuentra necesariamente el pensar en el bien común.

Según la Unesco, en un documento llamado “Inteligencia artificial, promesas y amenazas” son los tres posibles riesgos que sufriría el ser humano con el desarrollo de la IA: La escasez de trabajo, problemas en la autonomía y libertad del individuo, en aras de su seguridad y, al final, la superación del género humano, que se iría sustituyendo por máquinas cada vez más inteligentes.

A día de hoy se empiezan a ver las consecuencias de los dos primeros puntos, sobre todo en lo que se refiere a la sustitución del trabajo humano. Dependiendo de si las máquinas son capaces de sustituir solo al trabajo poco calificado, calificado o todo el trabajo, se darán consecuencias distributivas distintas, pero en todos los casos presumiblemente de gran magnitud, por lo que los países deben ir preparándose.

Hasta ahora, la máquina ha sido capaz de sustituir a las personas en trabajos rutinarios, llevando a algunas profesiones casi a su extinción. Pero el pronóstico es que este proceso se acelerará a futuro. Así, no solo personas con trabajos rutinarios y/o de baja calificación, sino muchos trabajadores calificados (traductores, analistas de datos, gestores…), serán potencialmente reemplazados por máquinas. Y el proceso ya lleva años llevándose a cabo; tanto es así, que empieza a calar entre la gente el sentimiento de que la generación actual vive peor que la anterior, por ser más pobres que sus padres, lo cual podría explicar el ascenso de opciones políticas como la de Trump o los nacionalismos.

Si bien no hay acuerdo con respecto a cifras precisas, los expertos coinciden en vaticinar que no falta mucho para que la automatización de los trabajos sea la norma en todas las áreas. Según un informe de la consultora Accenture, a nivel mundial el 50% del total de empleo privado podría ser automatizado casi por completo en los próximos 15 años. La transformación, según la compañía, «involucrará por igual a todas las empresas, sin distinción de tamaño y a trabajadores de todas las edades».

Pero más allá de los debates sobre las cifras de la pérdida de puestos de trabajo, la necesidad de que los trabajadores se reconviertan, de que se adapten a los cambios, es innegable. Este proceso trae aparejado inevitablemente el temor a un aumento de las desigualdades entre trabajadores ricos, muy bien preparados, y aquellos sin la capacitación acorde a este nuevo escenario. Es decir, el mundo se tendrá que preparar para el advenimiento de una élite que controlará, ya no solo los medios de producción, sino también el devenir del futuro de la humanidad en su conjunto, así como el de una enorme parte de la población inmersa en una espiral de desempleo masivo y estructural.