Era previsible que, tras anunciar que el resultado de las pasadas elecciones auguraba una victoria de la izquierda, llegásemos a estas fechas sin haberse formado un gobierno y con la sombra de unas nuevas elecciones pasado el verano.

Y es que el mundo de la política roza lo surrealista y en él, un resultado determinado puede ser bueno y entendido como una victoria y ese mismo resultado, cambiando los actores o el momento temporal, puede ser percibido como la mayor de las derrotas.

No hay que olvidar que, en diciembre de 2.015, el PP había ganado las elecciones con 123 escaños, y con un escenario muy similar al actual. La estrategia de Rajoy fue su negativa a intentar una investidura (condenada al fracaso, indudablemente), con lo que el electorado se vio obligado a pasar nuevamente por las urnas, apenas 6 meses más tarde. Así en junio de 2.016, se votaba de nuevo, con un resultado similar a los anteriores comicios, aunque el PP mejoró, obteniendo 137 diputados.

Al final, en el segundo intento de la segunda ronda de investidura, a finales de octubre, Rajoy fue Presidente. Eso sí, hizo falta la descomposición del PSOE, la dimisión de su secretario general y la ruptura de su disciplina de voto para acabar con el período más largo de “sin gobierno” de la democracia española. Y esto se entendió como una derrota del PP porque no llegó al número necesario de escaños para formar gobierno a la primera y tuvo que negociar.

Estamos en 2.019, y la elecciones de abril arrojaron un resultado similar a las anteriores, pero cambiando los actores. Aquí fue el PSOE el que ganó las elecciones, con 123 diputados, algo que se interpretó, por parte de todos como una victoria histórica de la izquierda.

El caso es que, dado el resultado, sólo el apoyo de PP o Ciudadanos hubiera dado el número de apoyos suficiente para conseguir hacer Presidente a Pedro Sánchez en primera votación. O bien el apoyo de Podemos, con las abstenciones suficientes del resto, en segunda instancia.

Ni una ni otra opción ha salido adelante y, tras el fracaso de las negociaciones, a Sánchez se le puede reprochar que siga sin asumir que sin pacto no habrá gobierno. Pero la obsesión de Iglesias por disponer de un poder desproporcionado en el Gobierno de coalición no ha tenido poca culpa del fracaso.

El caso es que esto alargará el proceso un par de meses más para dar tiempo a negociar un nuevo marco de acuerdos que posibiliten la gobernabilidad. Si para el 23 de septiembre no hay Gobierno, la presidenta del Congreso someterá a la firma del Rey el Decreto de disolución de ambas Cámaras, convocará nuevas elecciones para el 10 de noviembre y lo comunicará al presidente del Senado, según consta en el art. 99.5 CE y 172.2 de la Constitución.

Y esto nos lleva al tema de los costes económicos para las arcas del Estado.

Sólo en coste directo, podemos decir que las elecciones de abril tuvieron un coste directo de 138.961.517 euros, según su partida presupuestaria, en el que el capítulo más caro lo constituye el gasto de Correos (48 millones en 2.016), a lo que se van sumando partidas como la organización del montaje de los colegios electorales, el apoyo informático a la Junta Electoral, o el despliegue policial y de representantes de la Administración. En definitiva, un coste que oscilará entre los 130 y los 170 millones de euros.

Pero el coste más alto viene de la paralización de la vida política. El futuro de las pensiones, la revisión del salario mínimo o la financiación de los servicios sociales son sólo alguno de los temas más urgentes, que tocan de lleno al bolsillo de la ciudadanía y que dependen de la formación de un nuevo Gobierno.

Nuestro país lleva ya cuatro años con gobiernos provisionales o en funciones. En la actualidad, los Presupuestos Generales del Estado vigentes son los últimos elaborados por el gobierno de Rajoy antes de la moción de censura. Que se aprobaron después de la misma con el voto en contra del PP y a favor del PSOE. Lo demás, han sido todo prórrogas, parches y gobierno a base de Decretos-Leyes que sólo ha servido para impedir la paralización del país.

Lo que está claro es que parecemos abocados hacia unos nuevos comicios, sobre todo si comprobamos que, en un nuevo alarde de inteligencia política, el candidato a Presidente Pedro Sánchez, ha conseguido desgastar más a sus oponentes con su fracaso que ellos a él. El hundimiento de Podemos, que se escenificaría aún más, la defenestración de Ciudadanos, al que una sangría de sus cuadros de mando parece debilitar cada día que pasa y un PP que no logra levantar cabeza bajo la dirección de Casado, no hacen sino sospechar que una repetición de elecciones le haría lograr un mejor resultado que el que tiene ahora, con lo que las prisas por lograr un acuerdo parece que deberían trasladarse a los partidos de la oposición.