La construcción vuelve a coger fuerza como motor económico y de creación de empleo en nuestro país. Así, el 2.018 se despidió con un ritmo de creación de empleo en el sector que no se veía desde el 2.000. Además, en el primer trimestre de este año, en las actividades inmobiliarias, el número de ocupados creció un 7%, respecto al primer trimestre del año anterior, lo que debería alegrarnos porque un sector tan fundamental para nuestra economía, por fin vuelve a despegar.

Sin embargo, algo no parece ir bien. Y, aunque según todos los expertos, la recreación de una burbuja inmobiliaria es altamente improbable, existen dos problemas que enturbian el crecimiento del sector. Uno es la endémica falta de suelo construible, en poder, mucho de él, de especuladores, fondos de inversión y entidades financieras, que ostentan lo que se podría denominar un “monopolio del suelo” que encarece la obra nueva sin haber puesto un ladrillo.

El segundo problema es más curioso y muy propio de los tiempos que nos ha tocado vivir. La falta de mano de obra especializada. Y no se habla aquí de arquitectos, ingenieros o aparejadores, de los cuales estamos bien surtidos, sino de albañiles, fontaneros, electricistas, …

Cuesta creer que sólo una década después del gran estallido de una crisis que dio lugar a un millón de despidos en el sector de la construcción, a día de hoy, cueste encontrar cuadrillas de trabajadores para obras nuevas. Así, según el portal construyendoempleo.com, que viene a ser el principal portal de empleo del sector de la construcción, el año pasado se registraron más de 10.000 puestos vacantes. Encofradores, albañiles, peones, gruistas, electricistas y fontaneros son los perfiles más demandados. Aparentemente inexplicable, pero todo tiene un sentido.

Las razones son varias. Para empezar, muy pocos de estos trabajadores han permanecido ociosos esperando su oportunidad para volver a la obra. Muchos de los empleos perdidos en la construcción hace 10 años han sido absorbidos por el sector de la restauración, de modo que ahora son camareros, con un sueldo suficiente (que no generoso), un empleo más o menos estable y con menos exigencias físicas que la obra (que 10 años no pasan en balde) y un mal recuerdo imborrable de cómo acabó todo con la crisis.

Si a esto le unimos que los sueldos que ahora se están ofreciendo en la construcción no tienen nada que ver con los que se cobraban en aquella época, la explicación está servida. De los 4.000 euros netos mensuales que podía cobrar un peón se habla ahora de 1.100 brutos como mucho.

De hecho, según datos de la Fundación Laboral de la Construcción, el salario medio ofrecido a un gruista, electricista o alicatador es de 1.200 euros brutos mensuales de media. Si se habla de un “auxiliar de obra”, o ayudante de peones, estaríamos hablando de hasta un contrato de prácticas.

Otro de los problemas es la formación profesional. En nuestro país hemos pasado en pocos años de aprender el oficio de albañil directamente en la obra, aprendiendo directamente, en muchos casos, del padre, a que se exija titulación oficial. Los cambios habidos en los últimos años en el mercado laboral en el sector de la construcción han propiciado la exigencia de cualificación oficial para trabajar en la obra. El auge de la construcción industrializada ha llevado a las promotoras a reinventarse y a transformar a sus obreros. Esto ha significado que muchos trabajadores que fueron al paro con la crisis no puedan ahora regresar por no tienen la titulación exigida ni, por ahora, convalidar sus años de experiencia para obtenerla.

Tras el estallido de la crisis, en España se destruyó el 42% del trabajo en la construcción. Es decir, cuatro de cada 10 empleados pasaron a engrosar la lista del paro. El perfil de la mayoría de estas personas correspondía casi siempre al mismo patrón: varón de más de 40 años y con escasa formación académica. A día de hoy, estos trabajadores se han jubilado, o reciclado en otros sectores, mientras que los jóvenes son una especie en extinción en la obra a los que además se les exige titulación adecuada para un trabajo que ya no tiene el aliciente de un salario adecuado.

Como solución a este problema, las empresas apuntan a las escuelas de formación profesional como una de las soluciones para la carencia de obreros. Creen que debería de haber más cursos para hacer frente a la actual demanda de vivienda nueva. Por este motivo, la Fundación Laboral de la Construcción se encuentra desbordada. Al año son cerca de 75.000 personas las que se inscriben en los cursos de esta fundación. De esta institución salen muchas personas con un trabajo asegurado.

Otras empresas optan por realizar la formación por ellas mismas, sin embargo, esta es una táctica de doble filo, ya que puede ocurrir que los obreros, una vez formados, se dejen tentar por otras ofertas más jugosas de la competencia, con lo que perderían su inversión en capital humano.