Mientras escribo esto ignoro los resultados electorales. Imagino se habrán cumplido las previsiones y el PSOE ha ganado las elecciones en lo que supone un éxito personal de Sánchez que, tras dos pésimos resultados, fue retirado por los barones de su propio partido pero consiguió volver gracias a las bases y fue lo bastante sagaz como para aprovechar la primera ocasión que tuvo para desbancar a Rajoy con una coalición de fuerzas que parecía imposible, aumentando con ese gesto las expectativas electorales de su partido en decenas de diputados. Por supuesto no sé si ha conseguido suficiente mayoría para gobernar (dudo que tenga más escaños de los que tuvo Rajoy y no le sirvieron para aguantar la pasada legislatura) pero sé que el PP de Casado ha tenido el peor resultado electoral desde que el PP se llama PP y que Ciudadanos ha quedado muy lejos de las expectativas que se crearon tras su victoria en Cataluña a finales de 2017. Podemos también ha tenido un mal resultado y respecto a Vox, sean sus resultados mayores o peores de lo esperado, seguro es noticia en toda Europa hoy. Por suerte, creo que el porcentaje de voto “extremista”, aunque en esta ocasión se haya equilibrado más por el ascenso de la ultraderecha que en 2016 (donde se concentraba en la ultraizquierda), no habrá crecido demasiado y pienso que la suma de escaños de UP y Vox se parecerá mucho a la que obtuvo UP hace 3 años. Por último, llamativa la paliza que le da ERC a la antigua CIU, se llame como se llame ahora.

Lo normal sería que ahora empezara el proceso de formar gobierno de forma rauda pero las elecciones locales de dentro de un mes parece que frenarán las prisas. Por mi, ojalá se repitan las elecciones y en las próximas no sean ni Casado ni Sánchez las alternativas. Sin tener en cuenta sus trayectorias, sólo por la malísima campaña de uno y por la trampa de los decreto-ley electoralistas (y quizás demostrando que no tenía –contra lo que afirma- demasiada fe en repetir presidencia, y de ahí las prisas) del otro -sacados a sabiendas de que no eran urgentes, y por tanto no procedían- se merecen no sólo no ser presidentes, incluso no volver a ser nunca más candidatos. El caso es que gobierne quien gobierne el mayor problema que tendrá será económico: por un lado hay un proceso de desaceleración que, si bien en España es bastante menos intenso que en nuestros vecinos, no es una buena noticia, y por otro hay un problema en las cuentas públicas realmente notable. El déficit se va a disparar hasta el punto de que si queremos cumplir con Europa el gobierno tendrá que tomar medidas de ajuste duro los próximos meses mientras sigue coleando el quizás mayor obstáculo para cuadrar las cuentas: la quiebra técnica de la Seguridad Social básicamente por el gasto en pensiones.

Gobierne la derecha o la izquierda, se ajuste por el lado del gasto o por el lado de los ingresos (o por ambos que sería lo más lógico), algo se tendrá que hacer. Si el gasto en pensiones públicas del año 2002 fue de 64.958 millones de €, el año pasado fue de 144.834. Este es un tema que debería ser de consenso y el primer Pacto de Toledo fue un buen paso en este sentido pero en la actualidad es un arma arrojadiza entre diferentes partidos que, de forma irresponsable, prefieren criticar a los demás que ponerse de acuerdo entre ellos en algo que nos afecta a todos. Y un apunte: Suiza y Suecia han adoptado el freno de endeudamiento y en tiempos de crecimiento no pueden incurrir en déficit estructural. No lo han hecho para agradar a la Zona Euro en la que no están, sino porque es bueno para la soberanía y la libertad de su país. Es evidente que muchos miembros de la Eurozona no harían lo mismo sin la presión de la Comisión Europea y es triste pero… bienvenida sea esa presión porque vivir de las deudas es, claramente, esclavizarse a los vaivenes de los mercados.

El gran déficit de las pensiones todos sabemos de qué viene: cada vez vivimos más tiempo y el número de jubilados lleva desde que empezó la crisis creciendo más de lo que lo hace el número de empleados. Como de nada sirve lo que uno haya cotizado sino que cobra de los trabajadores que haya en activo, es muy importante que de éstos haya muchos. Sin embargo, incluso con más de 19 millones de afiliados como hay actualmente, las cuentas no salen porque cada año el gasto en pensiones crece en más de 7 mil millones. Además, si bien es cierto que la economía española sigue creando empleo, el ritmo es cada vez menor. Si en el primer trimestre de 2017 los afiliados crecieron en 60.900 y en 2018 en 41.800, este año han sido “sólo” 19.411. Sea por culpa del brusco aumento del SMI o del contagio internacional, los ingresos generados por los nuevos trabajadores este año, aunque ayuden, no van a servir para cubrir los gatos de los pensionistas. Y todos lo sabemos pero nadie hace nada. Sólo este año el déficit por este motivo se espera que sea de 20 mil millones y ya no queda “hucha”.

El año pasado supusieron el 44,16% de todo el gasto público y el aumento del número más las medidas de los dos últimos años tanto de Sánchez como de Rajoy de volver a vincular las pensiones al IPC, van a aumentar aún más ese porcentaje. Al final, como pasa siempre, lo que se destine a unos se quitará a otros, sea en forma de menor gasto en otros colectivos o de mayor presión fiscal sobre casi todos. Es un tema que sólo puede empeorar, en el que habrá cada vez más padres e hijos pensionistas coincidentes durante años (algo impensable hace muy poco tiempo) quizás sin descendientes que coticen y las previsiones dicen que para la segunda mitad de siglo cada trabajador deberá pagarle el sueldo a un pensionista. Para colmo más del 15% de esos trabajadores estarán a sueldo del estado (la EPA de esta semana dice que ya hay 3.213.600 empleados públicos) también. Esto es absolutamente demencial y claramente insostenible, sobre todo porque de aquí hasta entonces tendremos al menos una crisis (por estadística seguramente alguna más) en la que bajará el número de trabajadores y se reducirán los ingresos del estado por una menor actividad económica pero en la que los españoles seguiremos jubilándonos y reclamando nuestra pensión pública.

España tiene muchos problemas, muchos de ellos no necesariamente económicos pero el de las pensiones públicas, como el del déficit y la deuda, es un asunto apolítico porque trata de matemáticas. Es tan fácil como que los gastos y los ingresos deben cuadrar. Gobierne quien gobierne, no tomar medidas para que eso pase es suicida, quizás no para las expectativas de voto de los partidos pero sí para el bolsillo de los españoles.