El sector industrial español se está tomando un respiro. Si sólo se trata de un ajuste o de algo de más profundo e inquietante recorrido es algo de lo que nadie se atreve a dar una predicción. Lo cierto es que en los últimos tiempos dos fábricas de Cemex (en Gádor y LLoseta), otras dos de Alcoa (en Gijón y La Coruña), la fábrica de Gallina Blanca en Sant Joan Despí, la de La Naval de Sestao, la de Siemens-Gamesa en Miranda de Ebro y un largo rosario más, han decidido echar el cierre aduciendo sus sedes centrales multitud de motivos más o menos fundados. Los principales, motivos organizativos o de reducción de costes.

El peso del sector industrial en el PIB español es del 16%, lo que equivale a generar 196.877 millones de euros y emplear a 2,7 millones de personas de forma directa. Y lo cierto es que este sector, ayudado por las buenas perspectivas de crecimiento y el buen comportamiento de las exportaciones había estado creciendo y creando empleo de buena calidad desde el 2013. Es un hecho que el establecimiento de una de estas factorías en cualquier núcleo urbano actúa como agente dinamizador de la economía, creando un tejido social y económico que genera empleo de larga duración, fija la población y hace la economía menos vulnerable y la libera de la estacionalidad que conlleva el gran sector productivo de nuestra economía, que es el turismo. Ni hablamos del drama que supone para una de estas poblaciones pequeñas el cierre de la factoría que da de comer a medio pueblo.

Pues bien, este sector, por primera vez desde hace cinco años ha entrado en recesión. Y aunque es un fenómeno que se está dando en otros países de la Eurozona, como Alemania o Italia el caso de nuestro país resulta más alarmante, ya que la economía española mantiene un ritmo de crecimiento mayor que muchos de sus socios. En el conjunto europeo, sólo se están observando modestas expansiones en Francia, Austria y los Países Bajos.

Así, los nuevos pedidos registraron una contracción por primera vez desde julio de 2016, principalmente como consecuencia del declive de las exportaciones. Ante la menor entrada de pedidos, los trabajos pendientes se redujeron por segunda vez en los últimos tres meses, mientras que el nivel de dotación de personal se mantuvo prácticamente sin cambios, registrando el ritmo de incremento más débil de los últimos cinco años.

Entre las causas de este fenómeno está una de fondo, que afecta a todas las empresas del mundo casi por igual. La globalización, azuzada por un cada vez más acelerado proceso de inmersión tecnológica, es un fenómeno que acelera los cambios y aumenta los niveles de incertidumbre, de tal forma, que los riesgos están ahora interconectados, tienen más implicaciones y son más difíciles de gestionar. Así, según un informe de Richard Foster, la vida media de las empresas del índice S&P, en el que cotizan las 500 empresas más valiosas de Estados Unidos, ha pasado de 61 años en los años 60 a 17 años de media en la actualidad. En España, las dos terceras partes de las empresas del Ibex 35 en el 92, a día de hoy ya no existen.

En un ecosistema, cuando se introducen variables que estresan a los animales que forman parte de él, la primera respuesta de los mismos es, a poco que tengan tiempo para ello, acelerar su ciclo de vida: las especies reducen su tamaño, alcanzan su madurez antes y mueren más jóvenes. Esto es precisamente lo que parece estar pasando a nivel mundial en el mundo empresarial, la expansión acelerada de la innovación tecnológica, los continuos desafíos de una economía cada vez más global, en el que los problemas y la incertidumbre se transmiten a la velocidad del rayo, mientras que las soluciones lo hacen a paso de mula, se traducen en un vaivén de empresas emergentes que nacen con una fuerza casi imparable para desaparecer poco tiempo después.

Pero es que aquí en España, la lucha puede que sea aún más dura. Según AEGE (Asociación de Empresas con Gran Consumo de Energía), que agrupa un total de 80 plantas industriales repartidas por toda España, y cuyo consumo de electricidad supone el 11% de la demanda anual eléctrica peninsular, el problema radica en el precio de la energía. Según esta asociación existe un diferencial de tarifa de 20-25 euros por megavatio hora con respecto a Europa. Esto significa que para empresas con un alto uso energético el coste del precio industrial de la electricidad puede suponer hasta un 40% de los costes. Lo cual no deja de tener su importancia, ya que, si una empresa española debe competir con otra que no tenga costes energéticos tan altos, es evidente que para poder hacerlo ha de reducir otras partidas de costes que igualen la partida, llámese salarios, por ejemplo.

Para concluir, una reflexión. Por ahora, estamos lejos de las ventajas que la globalización supuestamente aportaría: que los procesos de innovación se universalizarían, es decir, que permitirían que cualquiera, desde cualquier sitio, podría influir en el mercado, podría acceder al desarrollo y hacer su aporte al proceso innovador. Lo que está ocurriendo realmente es que se están creando zonas que actúan como polos tecnológicos que crean y atraen talento innovador, de la misma manera que en el pasado nacieron zonas industriales, normalmente al amparo de las grandes cuencas mineras.