Desde que comenzó en marzo la ofensiva de Donald Trump contra su gran oponente comercial chino, la escalada de aranceles, negociaciones y contramedidas no han dejado de sucederse, en lo que empieza a conocerse como la mayor guerra comercial de la historia.

El objetivo de Trump no es otro que reducir el enorme déficit comercial que Estados Unidos mantiene con China principalmente (aunque la Unión Europea también se vea envuelta), este déficit alcanzó los 375.000 millones de dólares el año pasado, tras un crecimiento en el mismo de un 8%, respecto al año anterior.

El asunto es que, históricamente, las guerras comerciales, lejos de permitir la obtención de beneficios económicos por sí solas, han sido siempre más un instrumento político que económico, tanto es así, que muchas de estas guerras, iniciadas en muchos casos con el fin de proteger a la industria local, han acabado teniendo efectos totalmente contrarios a los deseados.

Guerras comerciales ha habido muchas, habida cuenta que éstas venían enmascaradas o acompañadas de otro tipo de guerras bastante más sangrientas. Así, desde que el mundo es mundo, la posesión de un determinado bien era motivo para el inicio de hostilidades. Posiblemente, la primera guerra de este tipo claramente documentada ocurriría hacia el 1.300 A.C., cuando hititas y egipcios pelearon por la posesión de las minas de cobre de la isla de Chipre.

De hecho, la historia de España, en lo referente a su imperio colonial americano, se podría explicar como una interminable guerra comercial con el resto de los países europeos, entendida la misma como la preservación de un monopolio comercial de productos y mercados coloniales.

Sin ir más lejos, el origen de las compañías comerciales de las indias se enmarca dentro de este fenómeno. Estas compañías tenían como objetivo el conseguir monopolios en determinados productos o mercados y no dudaban en iniciar acciones de guerra para la consecución de su cometido.

Así, las guerras anglo-neerlandesas fueron los conflictos comerciales más duraderos y multifacéticos de los que han ocurrido en Europa. A mediados del siglo XVII, los comerciantes holandeses vendían sus bienes por toda Europa, lo que causaba problemas con otros Estados que se consideraban a sí mismos las potencias marítimas. En aquella época, el intercambio comercial y la industria pesquera de los Países Bajos superaba cinco veces a la de Inglaterra. Además, los Países Bajos monopolizaban el comercio con sus colonias. Un buque con bandera extranjera detectado en ellas podía ser tomado a la fuerza.

Todos estos acontecimientos condujeron a que el británico Oliver Cromwell introdujera el 9 de octubre de 1651 las Actas de Navegación. En ellas los ingleses restablecieron la vieja exigencia de que todos los barcos extranjeros tenían que bajar sus banderas mientras navegaban por aguas de Inglaterra enfrente de un barco de la flota británica. Esto, entre otras medidas, buscaba restringir el uso de barcos extranjeros en el comercio de Inglaterra. La negativa de un almirante holandés ha observar esta exigencia británica desencadenó una batalla que dio comienzo a la guerra. El conflicto finalizó en abril de 1654 con la firma del Tratado de Westminster. Se esperaba que el citado documento se convirtiese en un reglamento de pleno valor para el comercio marítimo realizado en Europa y fuera de sus fronteras.

Otro ejemplo, mucho más reciente fue la guerra bananera que empezó con la formación del mercado común de la Unión Europea en 1993. La UE introdujo medidas proteccionistas contra las importaciones bananeras procedentes de los países de América Latina y Estados Unidos. Al mismo tiempo, privilegió los frutos suministrados desde las excolonias europeas en África y el Caribe.

Los productores de América Latina y Estados Unidos trataron de burlar el sistema de cuotas europeo. Hasta que al final la Organización Mundial de Comercio (OMC) determinó que las cuotas europeas habían violado las reglas del comercio y permitió a Estados Unidos introducir restricciones de respuesta a las exportaciones procedentes de la UE. Algunos productores de los bienes europeos se vieron al borde de la bancarrota. Las partes involucradas en la guerra —la UE y 11 países de América Latina— firmaron un acuerdo en diciembre de 2009. Según este acuerdo, la UE se comprometió a bajar las tarifas a las importaciones de bananas desde 176 dólares hasta 114 dólares por una tonelada.

En la guerra actual, las primeras medidas, que se iniciaron con aranceles del 25% y del 10% a las importaciones de acero y aluminio, respectivamente, pueden afectar al 12% de los productos importados desde China. En estos momentos se trataría más de una disputa sobre tecnología y propiedad intelectual, que podría impactar a artículos que incluyen ordenadores y teléfonos móviles. La primera reprimenda china ataca desde la carne de cerdo, frutas y vino hasta metales como tubos de acero que se compran a Estado Unidos.

Trump cree que forzando la mano logrará que China entren en razón, porque depende más del mercado de EE UU que al revés. Su objetivo es reducir el déficit en 100.000 millones, pero China, por su parte, no parece querer ponérselo fácil al líder republicano, poniendo aranceles a productos agrícolas, socavando así la base de la masa de votantes del presidente norteamericano.

La agricultura generó más de 19.000 millones en exportaciones hacia China en 2017, con 12.360 millones solo en soja. La segunda mayor partida son aviones comerciales, con 16.260 millones, seguida por los automóviles, con 10.500 millones.

Además, China también es uno de los tres principales mercados para el equipamiento médico que se exporta desde EE UU, así como maquinaria industrial metales y computadoras y componentes electrónicos. La mayor economía asiática es receptora además de combustibles refinados, como el gas natural licuado, y otros derivados del petróleo, lo que explica los nervios en el sector energético, otro lobby de apoyo a Trump.

El caso es que, tras una tentativa de parar la guerra comercial, con un alto el fuego de 90 días pactado entre Donald Trump y su homólogo chino, Xi Jinping, en la cumbre del G-20, la detención de Meng Wanzhou, la ejecutiva e hija del presidente de Huawei, en Canadá a petición de Washington, ha reabierto las hostilidades.

El motivo que Estados Unidos cree que Huawei ha utilizado a la empresa SkyCom para violar las sanciones impuestas a Irán, por lo que solicitó a Canadá el arresto y extradición de la citada directora financiera de la compañía.

Solo dos días después de hacerse pública la detención de la directora financiera de Huawei, Meng Wanzhou en Canadá por mandato de EE UU, Japón se suma a la ofensiva contra la compañía china y la excluirá junto a ZTE de las licitaciones públicas debido a que pueden ser empresas consideradas como una amenaza para la seguridad nacional.

En este sentido, el tema de fondo es la acusación de Estados Unidos de que China se ha apropiado de patentes de tecnología de punta ya sea a través de las obligaciones a las empresas estadounidenses para operar en el mercado chino o simplemente mediante el robo.