Ya sea el medio ambiente o los derechos humanos, cada vez más personas se interesan en que ocurre finalmente con el dinero que invierten.

Si bien la idea de definir una «inversión ética» está llena de dificultades -lo que una persona puede llamar ético, la otra no, sin embargo existe un gran y creciente conjunto de inversiones clasificadas como Inversión Socialmente Responsable (ISR).

Para algunos, puede ser suficiente llamar a una inversión socialmente responsable si evita apoyar a las compañías tabacaleras o a los fabricantes de armas. Sin embargo, para un número creciente de inversores, la ISR es más que simplemente excluir a las compañías «no éticas».

Para estos inversores, la ISR debe cumplir un conjunto de criterios ambientales, sociales y de gobernanza (por su iniciales en inglés ESG) y el año pasado totalizaron más de 11 billones (trillones americanos) de dólares.

Así que a la hora de establecer una nota o rating a una empresa, también se añade su clasificación «ESG» para valorar, además de sus variables económicas otras que pueden interesar al inversor como son:

Tener en cuenta estos puntos va más allá del postureo y buenismo ya que los productos de renta fija de las empresas y sectores con altas calificaciones ESG tienen mejores ratios riesgo-rentabilidad

Una investigación realizada por Hermes Investment Management reveló que las empresas con características ambientales o sociales favorables han superado en promedio a las empresas con características negativas en estas áreas.

Dicho de otra manera, las empresas buenas suelen ser buenas en todo.

La tendencia hacia la inversión sostenible parece probable que continúe, ya que los beneficios de utilizar criterios ESG en las decisiones de inversión se conocen más ampliamente.

Sin embargo, para algunos inversores, incluso la inversión de ESG no logra ir lo suficientemente lejos en su misión de utilizar el dinero para hacer el bien.

Para este segmento pequeño pero creciente del mercado, la inversión ética significa invertir con impacto.

Esto significa respaldar intencionadamente empresas y activos que tengan un resultado social o medioambiental positivo como parte de sus modelos de negocio, y medir esos resultados tan estrechamente como los beneficios financieros.

El término fue utilizado por primera vez por la Fundación Rockefeller hace una década para referirse a las soluciones basadas en el mercado a los problemas sociales, y los primeros impulsores en este espacio fueron las personas y organizaciones de alto valor neto intrínsecamente vinculadas a las preocupaciones éticas.

Por ejemplo, John K. Coors, bisnieto del fundador de Coors Brewing, Adolph Coors, encabeza un vehículo de capital privado para promover el desarrollo económico en África. La iniciativa «One Thousand & One Voices» (1K1V) está invirtiendo 300 millones de dólares en pequeñas y medianas empresas del África subsahariana.

Poco a poco, además del EBITA o el PER los inversores se interesan por otros indicadores no económicos como puede ser el impacto que las empresas tienen sobre el medio ambiente y la sociedad.