Triste anda nuestro emérito rey Juan Carlos. El de las contradicciones sorprendentes. El que ascendió al poder de la mano de un dictador, para promover el cambio político hacia la democracia, el mismo que ha abdicado, pero que sigue con una activa agenda de entrevistas y de viajes casi tanto como la de su hijo.

El caso es que nuestro hombre, que nunca parece haber sido muy dado a seguir a rajatabla lo que su estatus y cargo determina, de ahí posiblemente su fama de “campechano”, parece haber sido objeto de nuevos achaques en su cuerpo de rey, castigado por años de lesiones esquiando, cazando y, según las malas lenguas, esquivando a su propia guardia para poder demostrar al mundo que era un auténtico Borbón: mujeriego y conquistador.

Poco importa eso, el tema es que, en el invierno de sus años, una sospecha (y llamarlo sospecha es seguramente un eufemismo) atormenta su descanso: que a lo largo de sus largos años de reinado se ha ido construyendo un entramado empresarial, basado en su propia figura de rey y oculto a ojos mal pensantes, que podrían creer que se está lucrando a costa de España. Pero mejor ir por partes.

La andadura del entonces Príncipe de España (que ni de Asturias pudo ser durante aquellos tiempos), comenzó de la mano de Franco, que puesto a perpetuar su legado más allá de su muerte, pensó en retornar al país a la senda de los países que son buenos, se portan bien y tienen un rey como Dios manda. Y ahí entró “Juanito” a escena (que a Don Juan ni en fotografía le quería Franco), bajo la tutela del dictador, se llevó a cabo su educación, su boda, y prácticamente toda su vida.

Por eso, quizás se pueda entender que, entre las primeras cosas que hizo cuando asumió su cargo de sucesor, fuese alentar y promover una Ley para la Reforma Política, a pesar de haber jurado con su cargo, unos meses antes, acatar los Principios del Movimiento Nacional. Y así, una vez libre de las cargas de una jefatura de Estado participativa y beligerante como la de su anterior, pasar a un discreto segundo plano que le permitiera, por qué no, satisfacer su hobby: ser por fin un hombre de negocios, que el monopoly está bien, pero tiene sus limitaciones.

Y así, con la bendición de un país, agradecido por haber sido el padre de la democracia, con una Casa Real que permitía y daba cobertura para hacer y deshacer lo que uno quisiera, a nivel de negocios, de mujeres, de contactos, o de lo que haga falta y con una iniciativa y un hambre a prueba de dictadores, el flamante y campechano Rey de España se lanzó al mundo.

A partir de ese momento, los españoles hemos sido testigos de sus innumerables viajes por todo el mundo y de la exquisita relación que mantiene con las monarquías de Kuwait, Bahrein, Marruecos, Qatar, Abu Dhabi, sin olvidar Omán o Arabia Saudita. Y es de esos viajes, y de esas relaciones de donde se le supone al Rey emérito su supuesta fortuna.

El economista Roberto Centeno, ex consejero delegado de Campsa, aseguró hace unos años que Juan Carlos se encargó personalmente durante los primeros años de su reinado de intermediar entre los países árabes y España en la compra de petróleo, siempre con comisiones de por medio. Dichas comisiones podían ascender a uno o dos dólares por cada barril adquirido.

En 2012, el periódico New York Times calculó su fortuna en 1.800 millones de euros, lo cual no está mal, teniendo en cuenta que la asignación de la Casa Real se establecía en aquella época en 8,3 millones de euros al año. De igual manera estimaba que el origen de tal fortuna se debía a su condición de embajador económico español.  Sus “grandes dotes diplomáticas”, unido a su cargo, le permitían entablar y estar presente en todas las negociaciones a nivel político, que tenían después su resultado en forma de contratos millonarios para las empresas españolas.

De este modo, el papel del Rey fue durante muchos años el de “conseguidor”, a cambio del cual, lo lógico (desde alguna perspectiva que no va en consonancia con el papel de Jefe de Estado) era cobrar una comisión. Y es por eso que la fortuna del Rey no tardó en aparecer en “listas de fortunas” de distintas publicaciones económicas, tales como la revista Eurobusiness, ya desaparecida, y el anuario Forbes.

Con respecto a ésta última, en noviembre de 2013, Forbes empezó a no incluir en la lista de las 100 personalidades más ricas de España al Rey Juan Carlos, porque, según la revista, “su riqueza continúa siendo una incógnita”. La explicación es que la Casa Real siempre se ha negado a desvelar la cuantía de la fortuna del monarca con el argumento de que su patrimonio personal es un asunto privado, al margen que argumentan que, en los cálculos de las cifras, se confundieron los bienes públicos propiedad de Patrimonio Nacional con propiedades privativas del Rey.

Sin embargo, la figura y los presuntos negocios del veterano monarca han aparecido en repetidas ocasiones de forma velada en muchas de las operaciones anticorrupción más famosas. Así, por ejemplo, en el marco de la Operación Gürtel salió a la luz la cuenta “Soleado”, una cuenta opaca en Suiza gestionada por el bróker suizo Arturo Fasana en la que Francisco Correa ocultaba el dinero de la red de corrupción. En esta cuenta el monarca presuntamente tiene guardados unos 200 millones, junto con personas como los Albertos, Javier de la Rosa, los Pujol o dirigentes del Partido Popular.

Aparecieron igualmente vínculos con Juan Antonio Roca, cerebro del caso Malaya, según los cuales el monarca habría realizado inversiones en la República Dominicana utilizando los cauces de la organización delictiva.

Y así hasta llegar a la princesa alemana despechada (se puede anteponer un “presunta” a las tres palabras anteriores), que declaró la existencia de 30 millones de euros logrados tras un acuerdo con la petrolera Lukoil, así como la de varias cuentas y propiedades, a nombre de testaferros, en cuentas de paraísos fiscales.

Si a esto le unimos la política de ocultación llevada a cabo por la propia Casa Real, así como la de imagen de la figura del Rey, en connivencia con los Gobiernos de los distintos partidos que han ocupado el poder desde la instauración de la democracia, la polémica está servida.