Las razones por las que la vivienda sube suelen ser siempre las mismas, que van desde los tipos de interés bajos a la entrada de inversores que ven en el sector inmobiliario una rentabilidad que no la ven en otros productos. Esto crea una burbuja que luego explota y vuelta a empezar. Nada nuevo.

Pero de vez en cuando nos encontramos con algún cisne negro que irrumpe con fuerza para romper el mercado al alza o a la baja, en otros sectores suele ser la tecnología y en este, tan tradicional, pues también. En EEUU ha realizado un estudio para ver qué influencia tiene el Airbnb en los alquileres de New York y es sorprendentemente alta.

En los vecindarios Hell’s Kitchen y Chelsea de Manhattan y en el Distrito de Negocios de Midtown, que representaron cerca del 11 por ciento de todos los anuncios de Airbnb en la ciudad de Nueva York en 2016, los alquileres mensuales promedio aumentaron en 398 dólares entre 2009 y 2016, de los cuales 86 dólares (el 21,6 por ciento) se corresponden a la presencia de Airbnb, según un estudio.

El informe dice que la influencia de Airbnb le costó a los neoyorquinos 616 millones de dólares en renta adicional en 2016 como resultado de las presiones sobre los precios.

Realmente la culpa se la tendríamos que echar a la omnipresente ley de la oferta y la demanda, muchos apartamentos pasan de ser alquilados a los ciudadanos de la ciudad para ser ofertados, más caros a los turistas, con lo que en ciertos barrios desata una tormenta perfecta en la que hay menos demanda disponible a un precio más alto.

¿Y está ocurriendo esto en España? Se estima que a nivel nacional la repercusión de los pisos turísticos en el precio de la vivienda es de sólo el 1.19% pero dependiendo de la zona la subida puede ser dramática, el otro día en El País comentaban el caso de la zona centro de Madrid.

En Centro, ha subido un 38% desde 2014. Aunque esa media registrada en diciembre pasado probablemente consuela bastante poco a Manuel, que no puede hacer frente a la subida del 72% que le reclaman para seguir en el piso de tres habitaciones que ocupa desde hace cuatro años en Malasaña; de 900 euros pasa a 1.550. “Lo peor es que he estado comparando y resulta que están pidiendo incluso más por un piso como el mío”, dice Manuel, que prefiere no dar su nombre verdadero porque el casero le ha dado una pequeña prórroga para buscar casa y no quiere arriesgarse a molestarle. Como él, muchos inquilinos madrileños acaban o están a punto de renegociar sus rentas, pues en estos meses caducan los últimos contratos con la antigua Ley de Arrendamientos Urbanos y los primeros que se firmaron con la nueva, en 2015. Y se han encontrado con la tormenta perfecta, al menos en el centro. Esto es, ese aumento del precio de varios años repercutido de una sola vez, sumado a una disminución de la oferta de alquileres tradicionales en favor de los turísticos, más rentables, al menos a corto plazo. Las viviendas en alquiler disponibles en toda la Comunidad de Madrid se redujeron un 7,3% entre 2016 y 2017, según un trabajo de Sevihabitat que subraya, además, que el incremento de precios está «muy influenciado por la incidencia del alquiler turístico».

El caso de los apartamentos turísticos lleva de nuevo a una pelea ideológica entre derecha e izquierda, uno los apoyan como un vehículo para mejorar la economía local y otros los atacan porque creen que destruyen las ciudades. Seguramente ambas partes tengan razón y haya que regular mejor un problema que hace 10 años no teníamos, hasta entonces tocará disfrutarlos como turistas y sufrilos como residentes.