Se define la burbuja financiera como un fenómeno de los mercados caracterizada por una subida anormal, incontrolada y prolongada del precio de un activo o producto, de forma que dicho precio se aleja cada vez más del valor real del producto. Este proceso especulativo tiene un efecto llamada sobre nuevos compradores (normalmente mucho menos informados y que acuden a la llamada del dinero fácil) que aceleran el proceso de compra y de venta a precios cada vez mayores. El resultado es que el precio del activo alcanza niveles absurdamente altos hasta que la burbuja acaba estallando.

En un momento dado la demanda del activo es incapaz de asumir la enorme cantidad de oferta generada, y menos a los precios alcanzados. Esto provoca una caída repentina y brusca de los precios, llevándolos a niveles muy bajos, incluso inferiores a su nivel natural, dejando tras de sí un ejército de inversores que no sólo pueden haber perdido sus ahorros, sino que muchos habían llegado a endeudarse para poder seguir invirtiendo. Esto es lo que se conoce como crash.

El caso es que estas burbujas especulativas tienen un origen claro: la simple ansia de enriquecimiento fácil de los actuantes, en los que existe un alto grado de ignorancia que acaba pasando factura a la mayoría de ellos. En este sentido, comparte muchas características con las estafas piramidales en las que sólo ganan los que más información poseen, de modo que pueden salir del sistema cuando éste todavía genera beneficios.

Uno de los primeros casos documentados de euforia especulativa y posterior batacazo financiero se dio en el siglo XVII en Holanda, con el caso de la Tulipomanía. El objeto de especulación fueron los bulbos de tulipán, cuyo precio alcanzó niveles desorbitados, dando lugar a una gran burbuja económica y una crisis financiera.

En esta época, propiciado por el éxito comercial de Holanda, se dio en este país un exagerado gusto por las flores exóticas, en aquel momento los tulipanes, que se convirtieron en un símbolo de riqueza y ostentación. Gracias a las técnicas de cultivo y la selección de bulbos, los tulipanes holandeses comenzaron a tener variaciones en su apariencia y color: prácticamente no había tulipanes iguales y todos eran irrepetibles. La belleza individual de cada tulipán ayudaba a aumentar su precio. Las variedades más raras fueron incluso bautizadas con nombres de personajes ilustres, lo que daba cuenta del prestigio que suponía la posesión de las mismas, más allá de su precio real de mercado. Así fue como el precio comenzó a crecer exponencialmente, conservándose constancia de adquisiciones de bulbos incluso a cambio de lujosas mansiones. Durante la década de 1630 parecía que el precio de los bulbos crecía ilimitadamente y todo el país invirtió cuanto tenía en el comercio especulativo de tulipanes. Los beneficios llegaron al 500%.

Fue en el 1637 cuando la burbuja estalló al fin. El desinterés, o una súbita entrada en razón, se adueñaron del mercado y ya no se pudo encontrar un solo comprador para ningún lote de tulipanes exóticos. En ese momento, los precios se desplomaron y los inversores, todo el país, no tuvieron manera de recuperar lo que habían invertido, el resultado fue la bancarrota.

Comparando esta primera burbuja documentada de la historia con la que se supone que está ocurriendo con el Bitcoin, podemos apreciar semejanzas y diferencias importantes.

El precio de bitcoin subió más de 1.400% en 2017, pero el 20 de diciembre cayó 20% en menos de 12 horas. A este sube y baja en las criptomonedas se suma la complejidad de los mercados de futuros que estrenaron en la compra-venta a estas divisas, como la Bolsa de Chicago, lo que también incide en los altibajos en los precios.

No obstante, la criptomoneda no ha atravesado aún una crisis financiera, por lo que se desconoce cuál sería su comportamiento ante ese reto. Por otro lado, tiene un punto a su favor que es parte de su naturaleza, que depende de la cadena de bloques o blockchain, y no de una institución centralizada, como un banco. Es por ello que algunos consideran que en su caso no existe la burbuja.

Aunque las causas exactas de las burbujas especulativas siguen siendo un desafío para la teoría económica, recientemente se ha mostrado que aparecen incluso sin incertidumbre, especulación o racionalidad limitada. Lo que se ha propuesto es que pueden ser causadas por procesos de coordinación de precios o normas sociales emergentes. En el caso del Bitcoin, la espiral se ha fortalecido con la continua aceptación de países e instituciones financieras.

De lo que sí se habla con las burbujas especulativas es de la existencia de un límite psicológico en el alza de los precios. Algo que se entiende como el juego de pasarse entre distintos jugadores una cerilla encendida: el último es el que se quema y en el caso de los mercados financieros, el último dueño del activo es aquel que no consigue encontrar a un comprador convencido de pagar un precio tan elevado por un bien que no tiene valor o está sobreestimado, comenzando así la espiral descendente.

Por otro lado, todo esto me recuerda una historia contada por un profesor hace ya unos años.

La historia habla de un rico mercader que llegó a un pueblo de la selva. Este mercader ofrecía 10 monedas de oro por cada mono capturado vivo. Los habitantes del pueblo se lanzaron a la selva para cazar los que más pudieran y poder así enriquecerse de manera sencilla. El mercader cumplió y pagó lo estipulado y los monos fueron enjaulados en un almacén en el pueblo construido al efecto.

Pero el mercader pidió más y como los monos habían empezado a escasear ofreció 20 monedas por cada animal. Todo el pueblo se volcó, se abandonaron otras ocupaciones y se esquilmó la selva para conseguir hasta el último mono. El mercader cumplió nuevamente su promesa.

Y seguidamente pidió aún más monos, ofreciendo esta vez 50 monedas por cada uno. Además dijo que se iba a la capital para cerrar la venta de los monos capturados y dejaba a un hombre de su confianza al mando. El pueblo entero se lanzó a la caza del mono pero ya no quedaba ninguno por lo que el encargado (aparentemente digno de poca confianza) les ofreció a los cazadores una solución: les vendería los monos almacenados a 35 monedas cada uno, informaría al mercader que habían escapado y se los volvería a comprar por el nuevo precio pactado. Los habitantes aceptaron entusiasmados, compraron los monos y cuando los intentaron volver a vender, nadie apareció, ni el mercader ni su ayudante, con lo cual el pueblo quedó empobrecido y los monos volvieron a la selva.