“América primero” fue uno de los mensajes que ayudaron a Trump a ganar sus elecciones. Apenas trece meses después de ocupar la presidencia de su país ha anunciado medidas que, si bien van en consonancia con su mensaje, pueden desembocar en una guerra comercial con la mayoría de sus socios. En el caso europeo, se está a punto de cerrar acuerdos de libre comercio tanto con Mercosur como con Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), tras sellar el año pasado el CETA con Canadá. Y, con este anuncio, se ha pasado de estar en la fase final de negociaciones con EEUU para el TTIP a los preliminares de una guerra comercial mutuamente destructiva.

Desde el anuncio de la  imposición de aranceles del 25% sobre las importaciones de acero y del 10% sobre las de aluminio, tanto la Unión Europea, como Canadá, apoyados por la Organización Mundial de Comercio, han advertido de los peligros de una guerra comercial ante el temor de una escalada arancelaria que sólo redundaría en una disminución del comercio, algo que ningún economista, sea de la escuela que sea, define como bueno.

Por parte de la UE, Jean-Claude Juncker, ya ha advertido que las medidas norteamericanas no quedarán sin respuesta. El primer paso será preparar represalias contra los Estados Unidos para reequilibrar la situación: tales medidas afectarán a importaciones norteamericanas por un valor de 2.800 millones de euros, repartidas entre el sector del acero, el industrial y el agrícola. Más en concreto, afectarían a las motocicletas Harley-Davidson, al whisky bourbon y a los tejanos Levi´s.

Por parte de Canadá, principal exportador de acero y aluminio a Estados Unidos, la advertencia llegó por parte de Fran­çois-Philippe Champagne, que advirtió que toda tarifa o cuota impuesta a la industria canadiense sería ina­ceptable.

Estas primeras reacciones no parecen inquietar lo más mínimo al presidente norteamericano. Justifica su medida por cuestiones de seguridad nacional y anuncia que “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”, todo ello salpicado de eslóganes tuiteros para que quede todo bien empapado de populismo: “cuando estamos perdiendo 100 mil millones de dólares con un país y se hace el listo, dejamos de comerciar y ganamos en grande. ¡Es fácil!”.

Sin embargo, hay un trasfondo muy político en todas estas medidas. El déficit comercial de Estados Unidos, la nación más rica del mundo, fue uno de los elementos centrales de la agenda económica en la candidatura de Trump, con China y México como bestias negras. Esto se ha traducido hasta ahora en abandonar el Tratado Comercial Pacífico (TPP), olvidarse del proyecto de nuevo acuerdo con Europa (el TTIP), poner el jaque la pervivencia del Nafta e incorporar aranceles.

Desde que llegó a la presidencia, Trump ha denunciado reiteradamente lo que considera competencia abusiva de China, cuyas prácticas, asegura, perjudican a la industria estadounidense y a sus trabajadores. Todo ello salpicado de acusaciones de todo tipo al que, hasta hoy es su principal socio comercial.

Estas acusaciones van desde que China comercia con Irán, hasta que subvenciona sus exportaciones, lo que convierte a este país en un “violador de Estados Unidos”. Pero los principales argumentos de Trump se basan en tres grandes puntos:

  1. China arrebata puestos de trabajo a Estados Unidos.

A inicios de 2016, investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts publicaron un estudio en el que analizaron la relación comercial entre Estados Unidos y China, la cual se estableció en la década de los años 90 y se consolidó con un acuerdo en la Organización Mundial del Comercio en 2001. En dicho estudio (“El shock de China: Aprendiendo del ajuste del mercado de la mano de obra a los grandes cambios en el comercio”) se concluye que en una gran cantidad de sectores: siderúrgico, manufacturero y textil, principalmente, los puestos de trabajo se movieron en masa a China.

Aunque los trabajadores mejor preparados pueden recuperarse, muchos obreros no lo consiguen. Y comunidades enteras han sido castigadas económicamente. El estudio concluye que, de 1999 a 2011, Estados Unidos perdió 2,4 millones de puestos de trabajo, algo que no fue compensado por el beneficio que supuso el incremento del comercio.

Lo que no concluye el estudio es que las empresas norteamericanas se fueron a China buscando mano de obra barata, la cual podrían encontrar en muchas otras partes del mundo. Además, una vuelta de estas empresas supondría un aumento de costes, lo que, unido a la cada vez mayor robotización, no supondría un efecto demasiado beneficioso sobre el empleo.

  1. China es el mayor manipulador de divisas del mundo.

Trump ha acusado reiteradamente a China para manipular su moneda en beneficio de sus exportaciones. La realidad es que el gobierno chino, en muchas ocasiones, más que manipular el yuan, lo ha estado apuntalando, de modo que mantenga una cierta paridad con el dólar.

  1. El tema de la balanza comercial.

De acuerdo con cifras de la Oficina del Censo de Estados Unidos, entre enero y noviembre de 2016, las exportaciones estadounidenses a China se contabilizaron en 104.149 millones de dólares, mientras que las importaciones desde China hacia Estados Unidos ascendieron a 423.431 millones. Esto dio lugar a un déficit comercial con China de 319.282 millones.

Pero esa cifra tiene truco. Porque las exportaciones chinas hacia América no son exclusivamente de productos que llevan logotipos chinos. También se incluyen los que fabrican empresas estadounidenses en China. De hecho, más de la mitad pertenecen a esa categoría o son componentes que empresas americanas requieren para su producción local. Las cadenas de suministros se han globalizado tanto que las cifras del comercio bilateral ya no son capaces de dibujar un escenario preciso de la relación entre dos estados. Y, si se tiene en cuenta que entre las exportaciones de China también se encuentran multitud de aparatos de marcas japonesas o surcoreanas, países aliados de Estados Unidos, el asunto se lía todavía más.

En cualquier caso, en una guerra comercial entre Estados Unidos y China, el gran perdedor no sería otro que el primero (al margen de los efectos colaterales que conllevaría para el resto del planeta). China es cada vez un mercado más importante para el resto del mundo: las exportaciones estadounidenses a China se han triplicado desde 2005, lo que significa que el aumento de la riqueza en el país asiático se está traduciendo en un aumento de la demanda de productos extranjeros por parte de la población china.

Además, las contramedidas chinas podrían ir más allá de una guerra comercial convencional. El sistema político de china propiciaría el establecimiento de directrices de sus gobernantes que su población seguramente acataría sin rechistar, golpeando a las empresas americanas con trabas que en una economía de mercado puramente capitalista sería impensable adoptar.

Por si fuera poco, la dependencia de las empresas tecnológicas de todo el mundo de la producción china es evidente. El tejido industrial y las infraestructuras chinas son casi inmejorables y el posicionamiento estratégico de sus empresas en el dominio de materias primas y recursos estratégicos es indiscutible. Y, teniendo en cuenta que el objetivo actual de la economía china es fomentar el consumo interno y aprovechar el enorme esfuerzo en I+D realizado en los últimos tiempos, una guerra comercial podría ser el revulsivo que el país asiático necesita para convertirse en la locomotora mundial, desbancando a Estados Unidos.

Así y todo, es posible que la promesa de introducir los brutales aranceles haya sido sólo otra de las bravuconadas de Donald Trump. Porque el presidente de los Estados Unidos únicamente tiene potestad para gravar, de forma unilateral, todos los productos de un país concreto con aranceles de hasta el 15% y durante un máximo de 150 días. Podría sumar algo más si ataca a productos concretos. Pero sería imposible justificar mucho más.

Por cierto, y sólo por tenerlo en cuenta como de pasada: China es el país que más deuda americana tiene en sus manos. A lo mejor la siguiente de Trump es amenazar con no hacer frente a la misma…