Los Presupuestos Generales del Estado para 2016 fueron aprobados, con muchas críticas de la oposición por lo “prematuro”-gracias a la mayoría absoluta parlamentaria del PP- antes de las elecciones del 20D de 2015. Al final han resultado tan útiles que siguen vigentes dado que los aplicó el gobierno en funciones en 2016 y se siguen aplicando en 2017 ante la falta de unos nuevos. Es chocante que no parezca que haya prisa en elaborarlos y aprobarlos dado que la principal misión de un ejecutivo es precisamente ejecutar los Presupuestos o, dicho de otro modo, dirigir hacia qué partidas destinar el gasto del ingreso obtenido. En teoría cada ministerio debe tener un dinero asignado y es labor del ministro y su equipo distribuirlo priorizando unas actividades respecto a otras. Pero nadie en España –en Europa no, la Comisión no para de mandar avisos acerca de una posible desviación del déficit e insiste en la necesidad de tomar medidas- parece tener prisa para aplicar unos nuevos PGE. De hecho, la política española está extrañamente calmada puesto que parece que pesan más los problemas internos de los partidos que el debate por solucionar los problemas de los españoles.

Pero quizás la calma más curiosa sea la de Rajoy que no parece preocupado por la falta de apoyos parlamentarios. No puedo evitar preguntarme si tanta tranquilidad no tendrá que ver con las ventajas de la inercia económica que aún le son favorables mezclada con el mal desempeño de todos sus rivales en estos últimos meses y si esto le otorga la gran ventaja de poder atemorizar a la oposición con un posible anuncio de nuevas elecciones. Al fin y al cabo, en UP aún están sanando de las heridas del último Congreso de Podemos (partido que a las contradicciones ideológicas está sumando las de usar tics que criticaban de la vieja política como la “dedocracia”, el dar cargos a las parejas sentimentales o la asignación –allí donde gobiernan- de contratos sin concurso público previo), en Ciudadanos no parecen dudar del liderato de Rivera pero dudo mucho que su electorado, que ya ha demostrado no ser muy fiel, entienda la “nueva” acuñación “liberal progresista” y el PSOE, en lugar de hacerse con ese hueco aparente que surge al radicalizarse uno y derechizarse el otro –al menos cara al público- sigue con sus disputas internas. No creo que Rajoy pueda considerar un mejor momento para convocar elecciones y aprovecharse del vacío de liderato en el segundo partido más votado. Hay quien dice que no, que está esperando a que gane Susana Díaz ya que le será muy fácil tener como lideresa de la oposición a alguien que no está en el Parlamento y que además no es proclive a pactar con Iglesias aunque se arriesga mucho a que gane Sánchez que ahora parece más cercano a Podemos que a Ciudadanos (aunque cuando pudo, fue con éste con el que pactó). Ni idea lo que tiene Rajoy dentro de la cabeza pero hay dos factores que le pueden servir de excusa para que volvamos a las urnas y ambas pueden proporcionarle réditos electorales: una es acusar a la oposición de boicotear al país al impedir que haya nuevos Presupuestos y otra es el tema catalán.

Llevamos ya muchos años avisando de la olla a presión que supone el conflicto institucional Generalitat/gobierno central pero en esta última legislatura ha subido un peldaño ya que hay una mayoría parlamentaria en Cataluña que apoya la independencia y una inmensa mayoría parlamentaria que apoya el referéndum; por lo que, incluso los que creemos que la Constitución y la voluntad del total de los españoles debe estar por encima de lo que quieran los españoles de una parte de España (si el tema en cuestión afecta a toda España y a todos los españoles), no podemos ignorar que quienes no piensan así tienen una representación política legal en el Parlament que es mayoritaria a favor de una consulta. Es decir, sobre el papel poco hay que rascar: se debe cumplir la Constitución y el gobierno catalán no tiene forma de presionar para incumplirla en el caso del referéndum: depende económicamente de que el Tesoro español a través del FLA le compre la deuda, carece de apoyo político y económico en el exterior y una gran parte de los catalanes, incluso entre los que están a favor de la consulta, no creen que merezca la pena un conflicto que ponga en peligro la recuperación económica y dañe los vínculos de todo tipo que existen entre Cataluña y el resto del estado. Pero lo cierto es que si Puigdemont sigue estirando la cuerda –y tiene apoyos parlamentarios para ello- provocará que Rajoy tenga que suspender la autonomía y puede que sea lo que busque el político catalán para así relanzar su postura victimista e intentar con ello lograr simpatías en el exterior. Y puede que también la busque Rajoy para disolver el actual Parlamento.

Esa situación, a la que nos dirigimos si alguien no cede –y mucho- en los próximos meses, puede tener consecuencias imprevisibles pero también puede ser una excusa perfecta para que Rajoy convoque elecciones generales y recupere parte del voto que se le fue a Ciudadanos e incluso quizás de algunos desencantados del PSOE ya que usando la bandera del nacionalismo español podría ganar muchos votos de ambos ahondando en el voto útil en un caso y en la división del PSOE (que siempre ha tenido problemas en defender lo mismo en Extremadura y en Cataluña por ejemplo) en otro. También serviría esa convocatoria electoral para medir los votos en Cataluña y comprobar si el llegar a algo tan extremo como la suspensión de la autonomía anima a los independentistas o al revés, hace aumentar el miedo a los menos beligerantes. Repito, es imprevisible lo que pueda ocurrir tras algo que nunca ha ocurrido en la actual democracia pero personalmente no veo cómo podría acabar esto de otro modo tal y como están las posturas a día de hoy. Tampoco sabemos cómo afectaría a la bolsa y la rentabilidad de la deuda española si bien podemos suponer que en el corto plazo al menos la suspensión de la autonomía no sería positiva pero unas posibles nuevas elecciones, si las encuestas siguen como hasta ahora, lo mismo son el impulso que necesita el deprimido Ibex. En cualquier caso, Trump no debería hacernos perder el foco sobre el factor político interno.

De hecho, en los mercados de deuda eurozonera –con tensiones en la periferia- sí que la política está cotizando, y se mira con preocupación el alto apoyo electoral de Le Pen. Aunque esta semana los factores claves han sido por un lado la continua fortaleza de Wall Street, de nuevo marcando máximos históricos (y está llevando a que las bolsas europeas ignoren lo que sí preocupa a los mercados de deuda), por otro la filtración de miembros de la FED de posibles cercanas subidas de tipos –lo que ha debilitado al €- y la decisión –oficiosa pero creíble- de BCE de comprar deuda por debajo del -0.40% que era el límite por ser el tipo de castigo a los depósitos. Esta decisión era inevitable para cumplir con las cuotas asignadas a cada país pero ha empujado a mínimos históricos la rentabilidad de la deuda alemana a 2 años, algo que es una gran noticia para un Euribor a 12 meses bajo.

Como imagen, esta tabla en la que se pude apreciar que los ingresos tributarios previstos para 2017 superan el máximo histórico de 2007. Esto, siendo varios millones menos de trabajadores y con mayor población pasiva, demuestra el enorme aumento de la presión fiscal a la que estamos sometidos. Y aun así, seguimos gastando más de lo que ingresamos.

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