El coste global del terrorismo se encuentra en su nivel más alto desde los últimos 15 años, es decir, desde el atentado contra las torres gemelas. En aquel lejano 2001, los costes derivados de los ataques terroristas se dispararon a 51.510 millones de dólares, sólo en concepto de daños materiales, es decir sin incluir las inversiones en medidas de prevención y control establecidas por los distintos países en respuesta a los atentados. Este año, según el Institute for Economics and Peace (PDF), este coste se ha disparado a nivel mundial a 52.900 millones de dólares, y eso teniendo en cuenta que el estudio es anterior a los últimos atentados de París y de Bruselas.

Y aunque lo cierto es que comparadas con otras formas de violencia, las pérdidas por terrorismo son relativamente pequeñas, por ejemplo, el coste asociado a crímenes y homicidios es 32 veces mayor,  los costes de las actividades terroristas en los países occidentales se han disparado desde el inicio de siglo. Tanto es así, que Francia ya ha anunciado a la Unión Europea que va a incumplir los compromisos europeos de reducción de déficit público por los gastos suplementarios en la lucha antiterrorista tras los atentados sufridos.

Pero la pérdida de capital humano en forma de muertos y heridos, los daños materiales, el incremento que genera en la seguridad y en la defensa de las naciones atacadas o susceptibles de serlo, la subida de las primas de riesgo, la reducción del crecimiento económico por el aumento de incertidumbres y la disminución de la inversión autóctona o extranjera, son sólo algunos de los costes que conlleva la actividad terrorista, el coste más difícil de medir es más oneroso en todos los sentidos, es el coste del miedo, que reporta recortes de libertad, trabas en el comercio y en la libre circulación de personas y, sobre todo, desconfianza, tanto entre países, como entre ciudadanos y de éstos hacia sus gobiernos.

A medida que aumenta la actividad terrorista, también se incrementa la inversión en seguridad dentro de las sociedades y los Gobiernos responden gastando en medios para esa lucha, en policía, ejército y agencias de seguridad. Según el Institute for Economics and Peace (IEP), durante el 2014 los costes de las agencias de seguridad a nivel global ascendieron a 117.000 millones de dólares. EE UU acumula el 70% del total del gasto mundial en esas agencias, estimándose que desde los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono en 2001 ha invertido hasta hoy 1,1 billones de dólares —a una media de 73.000 millones al año— en mejorar o ampliar el funcionamiento de las agencias de seguridad. Y aun así, es insuficiente, sobre todo en Europa. De hecho, los analistas indican que una de las grandes rémoras europeas en este capítulo es la falta de coordinación entre los organismos locales y la inexistencia de algo parecido a un FBI europeo, debido a que los gobiernos aún no parecen haber entendido que el enemigo es común y que las diferencias entre estados sólo están disminuyendo la efectividad de las medidas e incrementando el riesgo para la población.

El terrorismo islámico se trata de un peligro real, capaz de golpear de manera sangrienta en cualquier momento y en cualquier lugar, y muy difícil de combatir porque es un enemigo invisible. No está localizado en un sitio específico o cuenta con un número de hombres determinado. Su manera de operar, a través de células autóctonas independientes de la cabeza, complica su erradicación. Y Europa, con un 8% de población musulmana, cuenta con un caldo de cultivo, aunque la inmensa mayoría de esa población no sea yihadista, demasiado grande y fecundo como para poder ser fácilmente controlable.

Pero no nos hace falta analizar la descoordinación de los servicios secretos para comprobar que algo no funciona bien. El ISIS, o DAESH, o como se le quiera llamar, lleva instaurado más de una década y sigue teniendo en jaque a los ejércitos de los países de los territorios que ocupa, además de a los servicios de información de medio mundo, aprovechándose de las diferencias irreconciliables de los demás actores en juego. No se entiende por ejemplo, que no se le haya cortado todavía el grifo de ingresos del petróleo, por el que obtiene 20 dólares por barril (aproximadamente a mitad del precio oficial) en el mercado negro a razón de 1,6 millones de barriles al día de producción. No se entiende cómo puede seguir vendiendo ese petróleo, presumiblemente a los países de alrededor, impunemente y con el agravante de que seguramente parte de ese mismo petróleo acaba siendo comercializado por empresas occidentales en un negocio en que todos ganan. Tampoco se entiende cómo puede ser que se prefiera no dañar los pozos en un bombardeo a ahogar a un enemigo sanguinario que no duda en hacer todo el daño posible a todo lo que no sean ellos. Y todo por el juego de estrategia geopolítica en el que se hallan inmersos Rusia, Estados Unidos y el frágil equilibrio de poder entre los países árabes.

La Rusia de Vladimir Putin, la superpotencia encargada de guardar el orden en la zona tradicionalmente, choca con los intereses de EEUU, que fue el responsable, en cierto modo, del surgimiento del ISIS para arrinconar al dirigente sirio, Bashar al-Asad como ya hizo en Irak, que no olvidemos que se trata, a día de hoy, de un estado fallido arrinconado por el yihadismo.

Y mientras ellos andan con estas, Europa, la tolerante, próspera, desunida y vulnerable Europa aumenta sus gastos militares (del 1,4% Francia al 10% de Bélgica) porque a los anteriores adjetivos se le ha añadido el de asustada, aunque quizás todavía no lo bastante.