A menos de una semana para el comienzo de la cumbre y con un país convulsionado y en estado de emergencia tras el último golpe terrorista, no se sabe muy bien qué va a ocurrir con la COP21, es decir, con la nueva Cumbre sobre el Cambio Climático, que se celebrará en París para tratar de obtener un compromiso vinculante internacional para la reducción de los gases de efecto invernadero, incluidas las grandes potencias. De hecho, se espera que a la cumbre acudan al menos 35.000 personas acreditadas: 10.000 representantes de 196 países, incluidos varios jefes de Estado y de Gobierno; 20.000 observadores de organismos internacionales como el Banco Mundial; y 5.000 periodistas.

En estos momentos, tal cumbre ha pasado a ser algo secundario en los medios de comunicación, sólo se sabe que Francia ha dejado en suspenso durante un mes uno de los principales puntos de los acuerdos de Schengen: el libre paso de ciudadanos y mercancías, con el fin de poder garantizar la seguridad de los mandatarios que acudirán a la Cumbre que se desarrollará entre el 30 de noviembre y el 11 de diciembre. Por ahora, un efecto colateral lo estamos sufriendo nosotros, que enviamos cada día más de 20.000 camiones hacia Francia. Sin embargo, aunque lo parezca, esta suspensión provisional no tiene nada que ver con los atentados sufridos, ya que fue el 28 de octubre cuando el Gobierno francés comunicó la decisión de restablecer los controles fronterizos al resto de los países de la Unión Europea. El objetivo, impedir la entrada en el país de elementos violentos antisistema que acudirían a la multitudinaria manifestación del 29 de noviembre, un día antes del comienzo de la cumbre.

En esta ocasión, todos los países presentarán sus compromisos de reducción de gases de efecto invernadero, esencialmente el CO2  proveniente de la utilización de los combustibles fósiles como fuente de energía primaria, en el horizonte del 2030. Es decir, aquí no se negociarán tasas de reducción, ni se impondrán sanciones, como en Kioto, tan sólo se tratará de alcanzar un compromiso común para que la temperatura media del planeta no se incremente en dos grados en lo que queda de siglo, que el límite que, según los expertos, podría ser el que marcase, tanto la irreversibilidad del proceso de calentamiento, como consecuencias catastróficas e impredecibles.

Las dificultades para alcanzar el acuerdo son obvias; además de las reticencias de los países en vías de industrialización, que alegan que porqué tienen que hacer ellos frente a una factura ecológica que los países industrializados han generado y limitar por ello su crecimiento, están las trabas de los dos países más contaminantes del mundo, como son China y Estados Unidos, que no aceptan, en principio, injerencias exteriores a su crecimiento. Sin embargo, algo ha cambiado, los estudios cada vez más serios y numerosos que prueban la realidad del cambio climático y el aumento de catástrofes naturales vinculadas al mismo, han conseguido que 147 países hayan depositado ya sus propuestas, entre ellos China, EE UU y la Unión Europea.

De conseguir aplicar las propuestas, las emisiones de gases de invernadero se situarían un 20% superiores en 2030 a lo que eran en 2005 y un 40% superiores a lo que eran en 1990, lo cual es bueno, pero aún insuficiente, ya que, según los expertos, para no sobrepasar el límite de los 2ºC a finales de siglo, las emisiones anuales deberían reducirse a la mitad hacia 2050, lo cual significaría un cambio radical en nuestros hábitos de vida, consumo y producción de bienes. De no conseguir aplicar las propuestas, no se proponen sanciones para los países incumplidores, pero sí revisiones periódicas cada cinco años para ver el grado de cumplimiento.

La prueba de que realmente algo está cambiando en la mentalidad de los dirigentes de los países se ve también en que China, siempre tan reticente, ha aceptado los controles quiquenales (el primer control tendrá lugar en la Cumbre de Perú en 2020) y que tanto este país como Estados Unidos han presentado ambiciosos planes de sustituir el carbón (uno de los combustibles más contaminantes) en sus plantas de producción energética por gas natural, menos contaminante en cuanto a emisiones, que no en cuanto a su obtención, ya que hablamos de gas pizarra, es decir el obtenido por “fracking”, cuyas consecuencias ecológicas de su extracción aún no están suficientemente estudiadas.

Por su parte Europa, que es la parte que nos toca, defenderá una posición ambiciosa, centrada en el objetivo de reducir en las emisiones de gases de efecto invernadero en un 40% en 2030 y un 60% en 2040 respecto a 1990. Con esto, apostará decididamente por continuar liderando la lucha contra el cambio climático, de manera interesada eso sí: el fenómeno del refugiado medioambiental ya ha comenzado y se prevé que vaya en aumento en los próximos años el número de personas que han de abandonar sus países debido a sequías devastadoras, desertificación, subida del nivel del mar o directamente por desastres naturales como huracanes o monzones mucho más frecuentes y violentos. Europa ya sabe que es uno de los destinos primarios de esos desplazados.