La macabra lotería del terrorismo yihadista ha vuelto a recaer en Francia. Con la excusa de una religión (y que conste que es la musulmana, pero en el nombre de cualquiera se han producido y se podrían producir barbaridades similares) un puñado de terroristas han vuelto a golpear en pos de quien sabe qué objetivos en el seno de lo que muchos ya están definiendo como “tercera guerra mundial”, pareciera que en fascículos.

Hubo otros tiempos menos civilizados en los que ante la barbarie se respondía con otra aún mayor, tiempos en los que las civilizaciones de las que proceden nuestros valores y principios se enfrentaban a otras civilizaciones con todas las armas disponibles; donde el exterminio, las deportaciones en masa, las campañas de aniquilación por las armas, por hambre o por cualquier medio, no sólo eran lícitas, sino también necesarias. De hecho los mil años de historia de la antigua Roma están salpicadas de estos episodios de barbarie. Por suerte, esos tiempos han pasado para el mundo occidental, por desgracia no toda la humanidad ha superado esa fase.

Hoy en día, la realidad es que la civilización occidental, a pesar de sus medios casi ilimitados se haya desconcertada, superada y, en buena medida, indefensa ante estos ataques. Y es que el coste de estos atentados, y aun tan siquiera la amenaza de ellos, es casi inasumible para nuestro modo de vida. Estos costes se pueden clasificar dependiendo de la acción que se siga: si se opta por una actitud agresiva: que supone trasladar la guerra a aquellos países o zonas de origen del terrorismo hablaríamos de los costes de una intervención armada; o si se opta por blindarse frente a la amenaza exterior asumiendo el coste del endurecimiento de las medidas antiterroristas en los países amenazados.

Con respecto al primer tipo de costes, los de la intervención armada, tenemos ejemplos claros en la política exterior norteamericana desde los atentados del 11-S. El ataque a Irak y su posterior invasión, desmembramiento y saqueo tuvo unos costes económicos de 1,7 billones de dólares (según un estudio de la Universidad Brown, aunque hay tantas cifras como fuentes) y unas consecuencias que aún soportamos: el hecho de liquidar por la fuerza un gobierno autoritario dio lugar a un vacío de poder político (el económico fue rápidamente acaparado o destruido) que ha servido para que sobre sus cenizas medren los señores de la guerra, de los que su mayor ejemplo podría ser el Estado Islámico. Otro ejemplo es Afganistán, un estado que lleva siglos en formación, donde los señores de la guerra son endémicos y sólo tienen un objetivo común cuando son atacados desde el exterior. El coste de la intervención militar norteamericana en este país asciende ya al billón de dólares. Estos costes no sólo son los costes meramente militares, sino también los costes de reconstrucción del país, ya que se sabe que si no se dota al país intervenido de una mínima estructura económica, los problemas de hambrunas, refugiados y de desestabilización de los países limítrofes serán insostenibles. En este sentido, según John Sopko, inspector general especial para la reconstrucción de Afganistán, la importante suma de dinero que los Estados Unidos ha gastado para la reconstrucción de Afganistán ha sido mayor que el del Plan Marshall para reconstruir Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial pero, eso sí, mucho peor empleado.

Con respecto al segundo tipo de costes (en los cuales Estados Unidos también ha sido gran conocedor) la lucha también es claramente desigual. El yihadismo es un terrorismo de bajo coste, ya que un suicida puede conseguir un cinturón explosivo por solo 150 euros, mientras que las medidas para impedir el acceso con explosivos a lugares sensibles pueden ascender a muchos miles de millones. Una de las principales diferencias entre el terrorismo clásico y el yihadismo es que antes se planificaban a conciencia los atentados para que fueran un éxito y se garantizara la huida de los comandos, y ahora los yihadistas planifican menos y atacan a cualquiera en cualquier sitio, sin preocuparse por la huida. De esta forma, el precio de un atentado yihadista se puede reducir hasta los 150 o los 200 euros. Desde 2001 el mundo ha gastado unos 70.000 millones de dólares en nuevas medidas de seguridad internas. Lógicamente, el número de ataques ha disminuido un 34 por ciento. Sin embargo, el terrorismo se ha cobrado una media de 67 muertes más cada año. La explicación es clara: si los gobiernos occidentales ponen trabas para poder atentar en aviones, por ejemplo, simplemente se escoge otro objetivo, porque el único fin es provocar víctimas.

Por otro lado, otro tipo de costes de la política de blindaje es el recorte de derechos y libertades: cada vez es más palpable el efecto “Gran Hermano” que los Gobiernos occidentales están llevando a cabo: desde leyes contra el blanqueo de capitales pasando por escuchas telefónicas, controles en fronteras, etc.. Ahora estamos inmersos en otro de los costes derivados del blindaje: el problema de los refugiados que, huyendo de la barbarie de sus lugares de origen, buscan asilo, protección y medios de vida en países mucho más seguros y que suponen, para el país anfitrión un coste de 4.000 euros por refugiado, en el caso de España. Sólo de entrada, de hecho, la Comisión Europea ha destinado un fondo de 240 millones de euros para 40.000 refugiados, es decir, unos 6.000 euros por cabeza.