La reforma laboral llevada por el Gobierno se ha quedado a medias. Este hecho se constata observando no sólo la alta tasa de desempleo que distingue a nuestro país de entre los de nuestro entorno, sino también observando el alto índice de temporalidad de nuestro mercado laboral, que según muchos expertos nos está llevando a una segmentación de los trabajadores, y el hecho cada vez más palpable de que no baste con tener un trabajo para salir de la pobreza. Lo que parece cada vez más claro es que los pasos llevados a cabo hasta ahora son los previos, tímidos eso sí, para la implantación del modelo de mercado de trabajo que ya existe en Austria.

Desde ya hace tiempo, casi de cualquier lugar del espectro político del país, se viene oyendo hablar de instaurar el sistema de la “mochila austriaca”, la más clara referencia, la del partido de moda. La formación del Sr. Rivera lleva en su programa económico (PDF) la implantación de “un Seguro contra el Despido mediante las aportaciones empresariales a una cuenta individual de cada trabajador de un 1% de su salario”, lo que significaría una progresiva sustitución de la “hucha común”, tras un periodo de convivencia de ambos sistemas. Aunque es algo que baraja el actual ejecutivo desde que empezó a gobernar, e incluso fue mencionado y sopesado por el equipo de Zapatero.

Nuestro sistema actual es de hucha común. De cada nómina, un porcentaje es retenido a los trabajadores y se destina a pagar los subsidios por desempleo. Si un trabajador es despedido, éste tiene derecho a recibir dicho subsidio por un tiempo máximo de dos años (dependiendo del tiempo que haya estado cotizando). Si decide dejar su empleo, no recibe nada a pesar de haber aportado a esa hucha común. Existe también un tope, un subsidio máximo que no se puede superar, sin importar la cantidad de dinero que se haya aportado a la caja. Aparte está la indemnización por despido, que corre a cuente del empresario.

En Austria, en 2003, un acuerdo entre los 3 grandes partidos, propició unas de las reformas laborales más profundas y novedosas del mundo. Se pretendía, por un lado, minimizar la rigidez del mercado laboral, y por otro ofrecer un capital a largo plazo a los trabajadores. Actualmente, Austria cuenta con una de las tasas de paro más bajas de Europa, en torno al 4,8%, desde el 3,8% del que partía al inicio de la crisis en el 2008. Pero además con otro dato significativo: Austria tiene un porcentaje de trabajadores con contrato laboral temporal casi insignificante (9,2%) comparado con el 23,1% de España.

En este sistema, cada trabajador cuenta con una especie de cuenta de ahorro –lo que sería la “mochila”-, que se nutre de una aportación mensual detraída de su salario (en el caso de Austria el 1,53% del salario bruto del trabajador) y que es su propio sistema de indemnización por despido. Ese dinero que se va acumulando es gestionado por una caja y ofrece un rendimiento, ya que se invierte ofreciendo un rendimiento anual (en Austria un 3,5%) garantizando el Estado el cien por cien del dinero. En definitiva, en Austria no existe indemnización por despido como tal: las empresas pueden despedir a un trabajador a coste cero, y es entonces cuando se hace uso del capital acumulado en esta mochila.

Si el trabajador cambia de trabajo mantiene su fondo, si el trabajador es despedido puede usar ese fondo, eso sí, hasta que se gaste, lo que incentiva la búsqueda de empleo, si el trabajador deja voluntariamente su empleo, no podrá usar el fondo hasta pasados 5 años. Si el trabajador fallece, el fondo pasa a sus herederos. El trabajador cuando se jubile puede utilizar ese fondo como complemente a su pensión pública. Una reflexión que me viene a la cabeza es la profunda preocupación que debe causar al trabajador la gestión de ese 1% mensual proveniente de su sueldo de 900 euros que durante los seis meses de temporada turística se ha generado en su flamante hucha. Y así todos los años.

Entre las ventajas de este sistema está el favorecer la contratación, ya que elimina la incertidumbre de los costes futuros si hay que disminuir plantilla. De igual manera elimina de un plumazo la contratación temporal, ya que no tiene sentido: el empresario puede contratar y despedir libremente sin coste alguno, por lo que todos los contratos son, a priori, indefinidos. Esto ayudaría a disminuir la brecha salarial entre indefinidos y temporales (de un 15% de media) y mejoraría, en teoría, la productividad del trabajador. Por otro lado, el hecho de desaparecer el coste del despido haría que éste se produjera con criterios de productividad: el empresario ya no despediría al que menos le costase indemnizar, sino al menos productivo.

Los inconvenientes de este sistema son claramente dos: la eliminación de las trabas a los despidos, que permitiría a los empresarios despedir y contratar libremente, con lo que podrían darse según qué abusos de esta libertad; y una reducción de los salarios, ya que sería el empresario el que debería asumir las aportaciones a la mochila, lo que conllevaría automáticamente una reducción salarial en la misma medida.

Un inconveniente añadido y de importancia capital sería el de su implantación. Primero porque supone un cambio de mentalidad importante al introducir la flexibilidad laboral como principio fundamental del mercado de trabajo: desaparecería “el trabajo para toda la vida”. Y segundo porque a la hora de implantarlo, los trabajadores en activo tendrían un componente mixto a la hora de su retribución a la hora de su posible despido: una parte como hasta ahora y, a partir de una fecha determinada, la mochila.