Pocos meses antes del comienzo del € en los mercados financieros no reinaba precisamente el optimismo sobre su existencia, estoy seguro que si entonces se hubiera hecho una encuesta entre los tráders y brókers de entonces la mayoría hubiéramos votado que no iba a salir. Incluso cuando empezó a funcionar muchos creíamos que el periodo de transición entre la moneda virtual y la llegada al ciudadano de la moneda física se iba a alargar mucho más. Quizás estábamos influidos por la prensa británica que era abiertamente hostil a una moneda que entonces se creía podría acabar con la libra esterlina en pocos años, quizás desconfiábamos de la dirección más política que económica del proceso. Pero ocurrió, algo tan increíble como que economías tan diferentes como la española y la alemana compartieran la misma moneda, el mismo banco central emisor, que ambas llegaran a emitir deuda al mismo tipo de interés y que las agencias de calificación de rating las consideraran con la misma solvencia y calificación crediticia.

Recuerdo que yo era muy escéptico, cierto que Extremadura y Cataluña durante siglos han compartido la peseta y el banco central con datos económicos muy dispares pero les une una unión política, una misma fiscalidad, un mismo código penal, una única voz exterior, un estado central. Europa y en concreto la Eurozona me parecía una unión de intereses económicos que no tardarían en demostrarse dispares entre los diferentes países. ¿Alguien entendería a día de hoy que Rumanía y Suecia se unieran para compartir banco central y moneda? Pero tuvo éxito, y fue uno de los acontecimientos de nuestra historia económica y política más importantes. Tras siglos de retraso de repente nos colocábamos a todos los efectos a la misma altura que los países más potentes de Europa cumpliendo todos los requisitos para ello. Y creo que el € ha sido beneficioso para España y si no hemos aprovechado mejor sus ventajas no es culpa de la divisa. El flujo de dinero barato que supuso durante años poder financiarnos con facilidad y la estabilidad monetaria fue bien aprovechado por algunas multinacionales hispanas pero por desgracia casi todas las administraciones y muchas empresas y ciudadanos nos acostumbramos de tal modo al €, que nos creímos más ricos de lo que éramos y además de abusar de las facilidades de crédito que nos reportaba, pensamos que la situación no podría cambiar.

A principios de la anterior década los líderes europeos lanzaron la iniciativa de adoptar una Constitución que sería el inicio real del proyecto de la integración europea. Valery Giscard d’Estaing se puso al frente del proyecto y en un dilatado proceso se alumbró un texto que pretendía simplificar la normativa y los mecanismos comunitarios, acercar la UE a la ciudadanía y dotarla de un liderazgo fuerte y visible a nivel internacional. Tenía ciertos aires federalistas y consagraba la existencia de los símbolos europeos (euro, himno y bandera), además de incluir una Carta de Derechos Fundamentales, cuestiones que levantaron recelos por parte de los sectores de población más reticentes ante los poderes de Bruselas, preocupados por la pérdida de soberanía nacional. Pese al apoyo activo de todos los gobiernos, el texto constitucional naufragó en el proceso de ratificación nacional. Las reticencias nacionalistas se multiplicaron y cuando Francia y los Países Bajos votaron «no» en sus respectivos referendos se escenificó claramente que si la unión económica era limitada, la política ni siquiera era capaz de pasar el trámite de tener una Constitución común. Esa es la clave. No es una cuestión sólo de diferencias económicas, es más bien la estructura de Europa la que es un lastre debido a que la soberanía nacional está siempre por encima. Ni siquiera las instituciones europeas se salvan de esto: tantos parlamentarios europeos y al final, es el Eurogrupo (es decir, los ministros de cada país) el que acaba teniendo la última palabra en los temas más importantes.

La flexibilidad de los políticos fue el germen de la crisis de deuda de la €zona: en teoría ningún país debería sobrepasar el 3% de déficit ni el 60% de deuda pública respecto al PIB. Si estos límites se tomaran en serio y los Presupuestos de cada país fijaran como prioridad que no se incumplan, la €zona tendría sentido pero como cada gobierno va a lo suyo porque la prioridad de todo político es salir reelegido y a un candidato francés no le votan en Italia, los criterios de Maastricht pasan a un segundo plano. Por eso en cuanto llegó la crisis cada país hizo lo que le dio la gana y no hubo coordinación, algo que con una política monetaria común no tiene sentido. Si un país se sale de los límites fijados el problema puede tener arreglo pero si existe una crisis que lleva a que cada gobierno actúe como cree mejor saltándose las normas, no hay mecanismo que frene esto. Bastó un gobierno mentiroso de un país pequeño –Grecia- para provocar el caos pero en el fondo la clave está en que debería existir un mecanismo que prohíba explícitamente una excesiva desviación de los datos macro, es decir, que haya una voluntad política que obligue a un gobierno concreto a actuar como Europa diga, esto es, a renunciar a su soberanía, algo que parece hoy por hoy utópico. Y la soberanía está en el pueblo, en el ciudadano: si una mayoría de alemanes no quiere que su dinero se use para comprar deuda portuguesa y una mayoría de portugueses no acepta que se le recorten servicios públicos para poder abonar esa deuda, ambos están en su derecho.

BCE es la entidad supranacional que más ha hecho para que el € sobreviva y de hecho ella fue la que consiguió salvar a la Eurozona de una posible ruptura en verano de 2012. Pero ha sido a costa de asumir riesgos que algunos países le han permitido pero que no tengo muy claro estén dispuestos a aceptar durante mucho tiempo más. BCE no es el banco central de un país sino de un conjunto de países en el que los bancos de uno solo (Alemania) aportan la mayor parte de la liquidez y con ella BCE compra activos y presta dinero asumiendo un riesgo que puede materializarse en cualquier momento. Grecia ya impagó su deuda aunque no afectó a la que tenía BCE, el sistema bancario de Chipre estuvo a punto de no poder devolver los fondos prestados por BCE y nadie sabe qué pasará si un país decide abandonar el € o decide no pagar lo que debe. Lo cierto es que en la €zona el interbancario está muerto, los bancos alemanes no prestan su dinero a los griegos, lo depositan en BCE y luego éste se lo presta al sistema financiero griego; una entidad pública que es de todos los europeos está tomando riesgos que profesionales del crédito no toman.

Mi opinión es que sin unión política no puede haber unión económica, y sin unión económica no tiene sentido una misma divisa ni un mismo banco central. El € tuvo una década de éxito y la mayoría acabamos convenciéndonos de que era posible pero ahora necesita una profunda reforma. El caso de la crisis griega es sintomático: la fortaleza de todos depende de un solo miembro cuya posible salida no está planificada. Que en España tras siglos de unión no haya un mecanismo preparado para una posible secesión de una autonomía tiene sentido pero que en la Eurozona naciones soberanas diferentes que llevan poco más de un decenio juntas no hayan decidido cómo se haría la separación de un miembro es de una improvisación absurda, más ahora que ha estado a punto de suceder y el riesgo de que ocurra sigue presente.

PD – Los lunes de julio y agosto publicaré fragmentos de mi libro Especulando con la crisis, el de hoy es uno de ellos.