Hasta principios de los años 50, Alemania, endeudada y aún sin amigos en Europa, luchaba por salir adelante entre las reticencias de sus vecinos y con el país dividido en dos por lo que sería conocido como el “Telón de Acero”. Los años de la postguerra fueron muy duros para toda Europa, con muchas de sus ciudades destruidas, su industria muy dañada y sus vías de comunicación casi desmanteladas, la hambruna y la miseria camparon por Europa entre 1946 a 1948, agravado por inviernos especialmente duros.

Mientras que la situación en Francia y Gran Bretaña (y en general, en aquellos países que los tenían) se veía un poco mitigada por la existencia de sus respectivos imperios coloniales, en Alemania la situación llegó a ser especialmente grave. La actitud de los países aliados en un principio fue la de reducir la capacidad industrial del país germano con el objetivo de que nunca tuviera capacidad de volver a protagonizar una contienda, en este sentido, parte de la capacidad industrial alemana fue trasvasada a Francia, sobre todo, en esos primeros años de postguerra a cambio de productos básicos de alimentación. Con la llegada del Plan Marshall, Europa, que poco a poco estaba iniciando una dolorosa recuperación, comenzó realmente a salir del pozo. Este plan de desarrollo económico, nada altruista en su origen, tenía dos principales objetivos:

  1. Político: evitar que los países de la Europa Occidental se convirtiesen en economías socialistas por la vía electoral, para ello había que eliminar los argumentos económicos a la izquierda europea. El resultado fue el frenazo paulatino de la expansión soviética en Europa, además del afianzamiento de Estados Unidos como primera potencia indiscutible occidental.
  2. Económico: evitar una posible recesión de la economía norteamericana por falta de mercados para sus productos. Esta motivación norteamericana abrió las puertas al periodo de prosperidad más largo y constante del que se tiene constancia en Europa.

Sin embargo, dos cuestiones importantes quedaron en el tintero que afectan a algunos de los temas que están hoy sobre la mesa dentro de las negociaciones que Grecia tiene con Europa, más concretamente, con Alemania: la anulación del empréstito forzoso que los ocupantes nazis impusieron a las autoridades griegas entre 1941 y 1944 y la condonación de deuda alemana en el Tratado de Londres de 1.953.

Con respecto al tema del empréstito forzoso. Durante la guerra, la Alemania nazi imponía a los países ocupados una especie de incautación disfrazada de préstamo destinado a cubrir los costes de la ocupación del país. Es decir, el propio país vencido pagaba al ejército de ocupación, nada nuevo por otra parte. En el caso griego, la cantidad fue de 476 millones de marcos alemanes de la época (o “reichmarks”). Lo que argumentan los negociadores griegos es que, aunque en el tratado de paz no se contempló el pago de reparaciones de guerra por parte de Alemania, este préstamo debería ser devuelto por el país germano, a día de hoy los cálculos, a un 3% de interés anual, nos darían una cantidad de aproximadamente 15.000 millones de euros.

Por otro lado, en lo relativo a la conferencia de Londres, los acreedores de la joven República Federal Alemana consideraron la deuda acumulada desde los años 20 y 30 y las contraídas entre 1945 y 1953, excluyendo expresamente la deuda contraída por Alemania durante la guerra (en base a esto Alemania rebate el punto anterior). La deuda reclamada a Alemania correspondiente al período anterior a la guerra se elevaba a 22.600 millones de marcos incluidos los intereses. La deuda de la posguerra se estimaba en 16.200 millones de marcos. Mediante el acuerdo del 27 de febrero de 1953, estos montos se redujeron a 7.500 millones y 7.000 millones de marcos, respectivamente. Lo que representó una reducción del 62,6%. Pero además, se creó el marco adecuado para que la recuperación alemana se reconstruyera lo más rápidamente posible. Los reembolsos no debían superar nunca el 5% de los ingresos por exportaciones, con lo que se garantizaba que el pago de la deuda no socavaría la capacidad de recuperación del país, la tasa de interés oscilaría entre el 0,5% y el 5%, posponiéndose el pago de los intereses hasta que llegase el momento de la reunificación de Alemania (1.990) y además, la deuda se podía pagar en parte con marcos alemanes, que entonces tenían muy poco valor para los pagos internacionales. En la práctica eso significó que los países acreedores, Francia, Bélgica, Países Bajos, Estados Unidos sólo utilizarían esos pagos para comprar productos alemanes, favoreciendo de este modo a la incipiente reindustrialización alemana. Además, los litigios con los acreedores tenían que solucionarse en tribunales alemanes. De  hecho, el último pago de esta deuda lo llevó a cabo Alemania en el 2.010.

Este es el gran caballo de batalla de Grecia en sus negociaciones con el Eurogrupo, ya que demuestra cómo es posible que un conjunto multilateral de partes interesadas lleguen a acuerdos para una cancelación comprensiva de deuda, incluso en contextos políticos muy sensibles. De hecho el texto del acuerdo expresa en uno de sus puntos que “tampoco debía dislocar la economía alemana con efectos indeseables en la situación financiera interna, ni drenar en exceso las divisas alemanas existentes o potenciales”. En este sentido, los negociadores griegos señalan las profundas diferencias entre lo otorgado a Alemania en este tratado y las exigencias a Grecia en la actualidad, que pasan por forzar al país heleno a la devolución de la deuda a costa de debilitar aún más su estructura productiva.

En el otro lado del cuadrilátero, Alemania, con sus argumentos también defendibles, como el desmesurado gasto militar griego años atrás, o sus cifras de corrupción, su número de funcionarios o su edad de jubilación, que hacen que nos planteemos también si el resto de los europeos hemos de financiar tales dislates o forzar al país heleno a un cambio de planteamiento.