Islandia, el país que dejó caer a su banca, el que se enfrentó con su política ante la crisis a la marcada tendencia de austeridad que se impuso en el resto de las economías occidentales, se encuentra, a día de hoy, a un solo paso de dar por zanjado este negro episodio de su economía. Esa es la conclusión del último informe del Fondo Monetario Internacional (en inglés) sobre la economía islandesa, en el que destaca que la tasa de desempleo bajó al 4,1% en 2014, pese a que los salarios del país aumentaron un 5,8% en términos reales (el año anterior habían subido el 3,5%).

En aquellos días, el pequeño islote cerca del Ártico se enfrentaba a una burbuja financiera sin parangón, donde los tres principales bancos (Kaupthing, Glitnir y Landsbanki – estos vikingos y sus nombrecitos…) llegaron a acumular activos que sumaban 13 veces lo que producía ese país en un año, adoptó la solución de nacionalizar para evitar el colapso financiero y la ruina total del país. Acto seguido, en lugar de inyectar miles de millones de euros, decidió que suspendieran pagos de cara al exterior, al tiempo que garantizaba los depósitos de los islandeses.

Eso fue en octubre de 2008, y la primera reacción fue brutal, generándose una gran presión internacional, sobre todo con Gran Bretaña, la más afectada. En noviembre de ese mismo año, la corona islandesa ya había perdido un 58% de su valor, la inflación se disparó hasta el 19% en enero de 2009 y ese mismo año la economía se contrajo un 7%. El primer ministro, Geir Haarde, fue obligado a dimitir en enero de 2009 y procesado.

Pero la economía se ha ido recuperando, en gran parte gracias a la ayuda exterior del FMI, Rusia y de los países nórdicos. Gracias a su relativa independencia energética, su moneda devaluable, su poca población en relación a sus recursos naturales, su pujante industria pesquera, el naciente pero potente sector turístico y a algunos polos industriales exportadores, como la industria del aluminio. A día de hoy todavía se enfrenta todavía a grandes problemas, como la denuncia ante los tribunales internacionales que Reino Unido y Holanda han realizado por el impago de “Icesave”, una cuenta que uno de sus grandes bancos tenía en estos dos países y que captó miles de millones de euros gracias a apetitosos tipos de interés. Los islandeses votaron dos veces en referéndum para devolver esa deuda: las dos veces salió no.

Sin embargo, lo cierto es que, al margen de pleitos internacionales, la economía islandesa se ha recuperado espectacularmente; tanto es así que el Parlamento islandés ha aprobado recientemente  una ley con la que pretende cerrar algunas lagunas de la normativa de control de capitales antes de que el Gobierno comience a eliminar las restricciones de capital en vigor en el país desde 2008 y que mantienen bloqueados alrededor de 6.000 millones de dólares.

El presidente islandés, Olafur Ragnar Grimsson, estuvo en febrero en Barcelona y atribuyó en parte esa recuperación a haber desoído los consejos de los organismos internacionales, en particular la Comisión Europea, para que aplicara medidas de austeridad. De hecho, fue tal el rechazo generado entre la población islandesa de las medidas propuestas por la Unión Europea que motivó que en el 2009 volviese al gobierno el mismo partido bajo cuyos auspicios tuvo lugar la crisis, rompiéndose las negociaciones para el ingreso del país ártico.

Llegados a este punto, surgen las inevitables comparaciones, sobre todo en lo que a Grecia se refiere, de hecho el gobierno de este país, sumido en la más tremenda crisis de toda la UE, lleva meses superando ultimatums con vencimientos de deudas multimillonarias y prácticamente sin margen para gobernar. Lo último, la posibilidad de que busque financiación y nuevos socios en la Rusia de Putin, saltándose las directivas internacionales de los bloqueos económicos impuestos por los sucesos en Ucrania.

Pero también con Irlanda, que fue el primer país de la zona euro que entró en recesión, el segundo que pidió el rescate tras Grecia y el primero que logró dejar atrás las muletas de la Troika. Pero el camino fue agónico. El Gobierno construido en una suerte de gabinete de salvación nacional, aceptó que los irlandeses apurasen hasta las heces el jarabe de ricino de la Troika: una brutal devaluación interna, con precios y costes más bajos; subidas de impuestos (excepto el IVA de los sectores capaces de generar empleo rápido, como el turismo y el ocio, que se bajó), ajustes estructurales equivalentes al 18% del PIB, rebaja de las pensiones, recortes sociales sin contemplaciones y venta de patrimonio público para intentar recaudar. A día de hoy el antaño conocido como “Tigre Celta” apenas es un gatito que empieza a ronronear.

En cuanto a Portugal, otro aplicado alumno de las políticas de austeridad, probablemente tenga poco que celebrar un año después de la salida de la “Troika”; mientras que para este año el Gobierno espera un crecimiento del 1,6%, uno de cada cinco portugueses vive bajo el umbral de la pobreza – con menos de 411 euros al mes –; a pesar de que el déficit público se redujo hasta el 4,5% del PIB en 2014, la tasa de desempleo sigue siendo muy elevada (el 13,7% de la población activa); una cifra que se triplica entre los jóvenes (hasta el 34,4%).

En definitiva, a pesar de que la jugada islandesa de dejar quebrar la división internacional de sus bancos fue probablemente más impuesta por las circunstancias que a una decisión deliberada, ante la imposibilidad de devolver las deudas contraídas, el hecho de no tener que rescatar una parte importante del aparato financiero y el poder devaluar la moneda consiguió una recuperación más rápida y más justa, ya que el país nórdico es el que menos diferencias sociales ha alcanzado y el que menos ha soportado la lacra del desempleo.