Ya estamos viviendo el Mundial de futbol de Brasil, uno de los más polémicos de todos los tiempos, por obras que no han concluido a tiempo, por los escándalos de la FIFA, pero, sobre todo, por la oleada de protestas que antes, durante y ya veremos si después, han sacudido a Brasil. País donde la pobreza endémica, un desarrollo desmesurado en los últimos tiempos y las desigualdades sociales se han cebado en una población que parece no querer vivir ya a base de migajas, futbol y samba.

En cuanto a España, orgullosos podemos estar: por eso quizás las primas ofrecidas por la Federación a la selección española por su participación en el mundial de futbol sean las más generosas de todos los equipos participantes. De hecho, 60.000 euros a cada jugador y miembro del equipo técnico si llegan a octavos, 120.000 si pasan a cuartos, 180.000 si logran llegar a estar entre los cuatro primeros, 360.000 si llegan a la final y 720.000 si la ganan.

Sin embargo, a pesar de lo escandalosas que puedan parecer esas cifras, algo más de la mitad irá a pagar impuestos, ya que, por el convenio existente con la Hacienda brasileña, se tributará en España el tipo legal correspondiente y se descontará de la cuota lo pagado en Brasil, si así lo hubiera exigido la Hacienda brasileña. Así, los jugadores tendrían que pagar algo más del 50% de la prima recibida, en función de la Comunidad Autónoma donde residan: para los que vivan en Madrid, será el 51,5%, mientras que los que vivan en Cataluña pagarán el 56%, debido a los distintos márgenes autonómicos. Si Brasil ya hubiera cobrado el 25% de la prima en concepto de impuestos, por ser renta obtenida allí, se descontaría de la cuota a pagar a la Hacienda nacional. Los mejor parados, los que tengan su residencia fiscal en países con tipos impositivos más benignos.

De este modo, no ha lugar la jugada llevada a cabo por la selección en el mundial de Sudáfrica, por la que “la Roja” se hizo sudafricana a la hora de pagar impuestos, como ya había hecho en varias competiciones anteriores en los diversos países donde tuviera lugar la competición, con el fin de aprovechar las ventajas fiscales comparativas. En el caso de la Eurocopa en Ucrania, la jugada salió redonda, porque además el generoso gobierno ucraniano decidió una exención fiscal a estas rentas y así fue como nuestros chicos, aunque ucranianos por un día, volvieron con un título y el bolsillo lleno a darse un baño de multitudes a un país que los recibió como a héroes.

Pero se lo podemos perdonar, porque “la Roja” se ha convertido en un producto de mercadeo que encarna todo lo mejor de este país: profesionales del deporte (o del espectáculo, según se mire, porque la frontera ya es muy tenue) con unas compensaciones económicas muy superiores a las de profesionales de otras ramas y que reúnen todas las virtudes imaginables; de modo que parecen ser seres superiores. Estos profesionales del deporte son modelos de comportamiento (aunque no haya partido sin patadas, insultos e incluso tanganas), son modelos de educación, cada vez más alcanzan un título universitario, eso sí obtenido en una universidad privada que tenga en cuenta la especial dedicación del profesional en cuestión. Pero es que también nos venden desodorantes, cremas de afeitado, coches, en fin, todo lo necesario para que el consumidor de a pie pueda emular a sus héroes. Héroes construidos por las empresas patrocinadoras, ya que los futbolistas poco controlan del proceso mediático en el que se ven involucrados, más allá de cumplir sus contratos y cobrar por ello.

Y así, el fútbol, como las carreras de cuadrigas de la antigua Roma, tiene un efecto bálsamo sobre los problemas sociales: con la selección jugando (y sobre todo ganando) se olvidan los 4,5 millones de desempleados del este país, de hecho hasta los propios parados llegan a olvidarse por un momento; se olvida el referéndum (perdón, consulta) de autonomía de Cataluña; se olvidan los casos de corrupción y, el Gobierno tiene un respiro tras el varapalo electoral. De hecho, no deja de ser sintomático la elección de fecha para la abdicación del Rey.

En estos tiempos donde la tasa de pobreza infantil avanza en nuestro país colocándonos en el segundo puesto de Europa, donde la precariedad laboral y la desvergüenza por parte de una significativa porción de la patronal son la otra cara de la moneda de las bajadas de salarios y de la dignidad de los trabajadores. Donde los empresarios han perdido la noción de que en una empresa, más importante aún que la innovación tecnológica es, sin duda, tener una plantilla formada y motivada. Trabajadores que confíen en ti y en los que puedas confiar, y no enemigos en casa, mal pagados, descontentos pero atrapados y frustrados porque saben que fuera la situación aún está peor. Los empresarios prefieren mal pagar, explotar y aprovecharse de que tenemos un 25% de paro para imponer sus condiciones, de hecho la CEOE ha pedido ahora que durante el primer año de contrato, ya no sólo en los contratos de apoyo emprendedores creado en la última reforma laboral, el despido sea gratuito; ya sabemos cuál sería la duración de los contratos en las empresas.

No pasa nada, tenemos el mundial… a lo mejor hasta volvemos a ser campeones… mientras, a ver los partidos con una de las cervezas patrocinadoras, comiendo productos patrocinadores y, sobre todo, a no pensar, a ver la tele y a adormecer el cerebro; por que como a 4,5 millones de parados se les ocurra pensar, quizás se den cuenta de que tienen motivos para estar enfadados. Y es que, aunque la traducción de “futbol” al latín es poco dada a ser usada con soltura: “follius pedunque ludus”, lo que sí se puede afirmar es que el dicho romano de “panem et circenses” sigue tan vigente como siempre.