El recién nacido partido ‘Podemos‘ acaba de dar una lección a propios y ajenos de como con pocos medios económicos y la ayuda vía tertulias de determinados medios de comunicación, se puede dar un susto, y de los fuertes, a los partidos grandes y aparentemente consolidados.

Antes de nada, como es público, decir que mi apoyo en materia de medidas económicas, al menos en la parte de la banca, se la dí al Partido X. Dicho está, para que los malpensados que crean que uno no puede analizar realidades económicas objetivamente. Podemos, podemos.

Este artículo va a ser lo menos político posible y lo más económico factible. Siempre que me sea posible diferenciar dos realidades muy imbricadas. Estoy encantado de que el bipartidismo en España haga aguas, por muy peligroso que sea la disgregación del voto; el peligro estriba en que los partidos hagan mal su trabajo y no lleguen a alianzas en pro del bien del ciudadano. Pero dado que los dos mayoritarios llegaron a acuerdos nefastos para el bolsillo del contribuyente, como la reforma de la Constitución o el vergonzoso rescate bancario (nefasto para el contribuyente), prefiero el riesgo a que se hagan las cosas mal, a la certeza.

Dejada clara mi posición de partida, para evitar ataques innecesarios a mi persona o ideas, lo cual tampoco es que me parezca mal, que de todo se aprende, voy a hacer una advertencia previa y explicación posterior de la alerta: cuidado con las promesas electorales, con las medidas que pone cada partido en sus programas. No vayan a cometer los partidos nuevos el mismo pecado que hemos castigado los votantes de los vetustos compañeros mayores: prometer lo que no se va a poder cumplir.

Dado que ‘Podemos’ ha sido la revelación de las elecciones europeas, le ha tocado sufrir el látigo de mi mente económica perversa. Ninguna animadversión tengo por esta agrupación de activistas y votantes con ganas de cambiar el mundo que nos ha tocado vivir. Pero la popularidad tiene un precio; en este caso, aguantar el escrutinio de un humilde economista de provincias.

Muchos otros medios ya han hecho lo propio, así que trataré de ser lo más original y fiel a mis conocimientos posible, además de centrarme en las soluciones mágicas, dejando las terrenales para que cada uno los estudie en el programa con tranquilidad. Por tanto, repito, criticaré las que menos sentido o posibilidad de ser implementadas tienen, a mi criterio, no las más acertadas, que las habrá.

«Reducción de la jornada laboral a 35 horas semanales y de la edad de jubilación a 60 años, como mecanismos para redistribuir equitativamente el trabajo y la riqueza, favoreciendo la conciliación familiar

Vamos a ver ¿podemos?

Básicamente, no. Encontrad un economista y experto en el sistema de pensiones, cuyo sistema es el de reparto (pagamos los trabajadores actuales a los pensionistas actuales), que diga que podemos rebajar la edad de jubilación y cómo, y que tenga datos creíbles, claro, y seré el primero en alegrarme y desdecirme. Uno defenderá que este cambio va a ser posible por el rejuvenecimiento de la población, la creación de trabajo extraordinaria o algún escenario futuro imaginado. Pero, de momento, no debemos.

La jornada laboral de 35 horas suena muy bien. O de 25, prometería yo luchar por ella. Sin embargo, esta sí que es una medida inútil, siento ser tan sincero. Estamos con un paro del 25,3% EPA y la propuesta es que trabajemos todos menos horas. Suena muy buena idea, pero sin ningún sentido hasta que no tengamos una economía competitiva, con empresas que produzcan bienes y servicios de alto valor, de mano de obra cualificada y cuyo valor añadido puede competir con el mundo. Vamos, que nos quedan unas décadas de hacer las cosas muy bien en materia productiva y educativa, para después aplicar este tipo de medidas. No hay trabajo bien remunerado y, para que lo haya, tendremos que tener en el país empresarios y trabajadores muy cualificados. Reducir la jornada laboral antes de ello sería dispararse en el pié. Al final lo que acabaría ocurriendo es que el trabajo en negro sería aún más alto. El mercado mal regulado sin tener en cuenta los incentivos perversos, acaba encontrando soluciones; soluciones peores que el problema que bien intencionadamente se quiere solucionar. ¿Podemos?, ahora no podemos.

Eliminación de las empresas de trabajo temporal. Absurdo. Una buena normativa y práctica en materia de empresas de colocación hace más transparente el mercado laboral y eso beneficia a los trabajadores, especialmente los que menos contactos y formación tienen. Es la típica miopía del buen rollo: como lo ideal sería que cualquier trabajador encontrara por sí solo trabajo (y bien remunerado), me quito de encima los intermediarios que consiguen trabajo, menos bien remunerado. ¿Podemos?, podemos. Pero no debemos.

«Auditoría ciudadana de la deuda pública y privada para delimitar qué partes de éstas pueden ser consideradas ilegítimas para tomar medidas contra los responsables y declarar su impago

A simple vista suena bien, igual que derogar el artículo 135 de la Constitución inconstitucional (para mi, claro). En los detalles está el demonio; España es un país que sigue gastando mucho más de lo que ingresa, además de tener una deuda pública muy alta (que el rescate financiero ha ayudado a rematar). Si decidimos no pagar según  qué deudas, sin el acuerdo de los países acreedores, simplemente se nos corta el grifo (y probablemente se acaba el euro). Un país que gasta más o menos lo que ingresa, puede plantearse dejar de pagar unilateralmente deudas. Uno que no es capaz de producir más de lo que gasta, no. ¿Está ‘Podemos’ dispuesto a poner en peligro todo el Estado del Bienestar para «asegurar» el Estado del Bienestar. Lo dudo; es una propuesta que agrada a todos, pero las quitas han de estar debidamente negociadas, en la situación española actual. Ni ‘Podemos’ ni nadie puede plantear hoy en día un impago de la «deuda ilegítima», que por otro lado, imagino que es un término que concretarán los «auditores». ¿Pueden? Si acaban con el déficit español y asumen sus consecuencias. No creo que puedan, pero suerte.

Podría seguir y lo haré si el contenido despierta el interés de los amables lectores (para bien o para mal), pero terminaré con una breve reflexión:

Las arenas políticas huelen mal. Hay muchos cadáveres enterrados en ellas y muchos de los gladiadores veteranos hace años que no se duchan. Me encanta que salten al ruedo nuevos contendientes, cuyas ideas están aportando frescura al combate. Pero no me gusta en absoluto que en los programas new age se propongan cosas muy bonitas, sin valorar la posibilidad de conseguirlos, el tiempo que puede llevar y las consecuencias de dichas medidas. De hecho, votar acaba siendo un acto de fe, normalmente en base a las emociones que nos inspira un augusto líder. Las decisiones basadas solo en la razón no son posibles en un escenario de información imperfecta como es la decisión del voto (tengamos en cuenta que hasta que un partido no aplica las medidas, lo que anuncia es meramente literatura); pero tampoco es deseable que el ciudadano vote basándose en sentimientos, si estos sentimientos no van acompañados de información y formación suficientes.

Esperemos que el ‘Podemos’ de ‘Podemos’ no acabe como el ‘Yes we can‘ de Obama. El trabajo en la arena nos lo dirá.