Como las dos hermanastras de Cenicienta, siempre discutiendo entre ellas, pero siempre de acuerdo en lo fundamental: el sentimiento de superioridad, la arrogancia y el desprecio hacia aquella sobre la que se fundamentaba su fortuna, así andan sindicatos y patronal con respecto a los trabajadores, con respecto a la maltratada clase media (¿aún queda alguien?) e incluso con respecto a los pequeños empresarios.

En cuanto al Gobierno, como si de la madrastra se tratase, maltrata a quien le da de comer, cuida de su bulliciosa prole, que medra a costa del esfuerzo y el sudor de la pobre Cenicienta sentando a su opípara mesa a todos los que de ella viven: banqueros, grandes empresarios, etc.

El único consuelo de Cenicienta es la esperanza del gran baile, con el hada madrina y lo demás. Sin embargo, y esta es la gran diferencia con el cuento, resulta que el baile, al que Cenicienta no fue invitada, ya pasó y ahora sólo queda para ella recogerlo todo y pagar los gastos, ya que, según la madrastra, Cenicienta ha de pagar ahora el “haber vivido por encima de sus posibilidades”.

Pero volvamos a las dos principales ingredientes de esta ensalada: sindicatos y patronal, los dos en horas bajas de popularidad. La patronal, con unos dirigentes que deberían hacer algún taller de filosofía budista, que les enseñase a callar, ya que las declaraciones que de vez en cuando se filtran a la prensa, no sé si será por mala leche del periodista, o por mala baba del dirigente en cuestión, son declaraciones de personas mal informadas, peor encaradas y que rozan la impiedad. Ejemplos no faltan, como el de la presidenta del Círculo de Empresarios, declarando la necesidad de bajar aún más el salario mínimo interprofesional; y el como el del presidente de la CEOE, haciendo declaraciones sobre funcionarios y parados.

Bien podrían hacer como su “alter ego” económico, los sindicatos: éstos por no hablar ni dar que hablar, hicieron lo mínimo para cubrir el expediente del 1º de Mayo y rápidamente a seguir escondidos. Sin embargo, esto es algo que no puede por menos de resultar paradójico. Con el descontento social en aumento, tanto por la tasa de paro, como por los salarios cada vez más bajos, así como por los empleos cada vez más precarios; con un Gobierno en el poder tradicionalmente opuesto a los principios del sindicalismo obrero; con un aparato social del Estado en pleno proceso de desguace por las políticas de austeridad impuestas por el partido en el poder y, sobre todo, por Europa; con todo esto y los sindicatos son incapaces de galvanizar el descontento social para mostrar una oposición seria a las políticas de austeridad social y barra libre a la banca y las grandes empresas.

Pero es que, con los sindicatos hemos vivido ERE fraudulentos, que ya veremos lo que la justicia ha de decir; hemos debido soportar a esa especie de plaga bíblica, como eran los liberados sindicales: demasiados, sin justificación y, sobre todo, muchos de ellos sin más funciones que las de aprovecharse del cargo; hemos tenido que soportar lo que nos han querido contar de la opaca financiación de los sindicatos: que la mayor parte de sus recursos provienen de las cuotas de afiliados y debe ser que el resto viene de acciones delictivas, porque estamos hartos de ver todos los días noticias acerca tramas de facturas falsas, estafas con los fondos de formación a los parados, y también con la formación a empresas (los famosos fondos de la Fundación Tripartita).

Este descrédito, esta percepción de que no son la solución, sino también una parte del problema, comenzó ya durante la era Zapatero (algún día habrá que enumerar los problemas de los que tiene la culpa Zapatero), cuando en España la tasa de paro rozaba el 16% y, mientras los sindicatos europeos preparaban concentraciones por toda la Unión para protestar contra el paro, Zapatero acudía al congreso de UGT que reelegiría a Cándido Méndez como secretario general, pronunciando la frase que pasaría a la historia del sindicalismo: «Necesito vuestro cariño».

Es decir, el tema de los ERE andaluces, las estafas y despropósitos en las actividades formativas y el sentir popular de que “los sindicatos no valen para nada” y que son “otros más de los que viven del cuento”, hacen que su popularidad, unido al número de afiliados, se hallen en sus horas más bajas. En este sentido, se acusa incluso a los dos sindicatos mayoritarios de haberse convertido en parte del Estado, que viven de él, hasta el extremo de acusarles de ser una simple evolución del sindicato vertical franquista, que se interpone a la fuerza entre los trabajadores y los empresarios.

Es por eso quizás, que no intenten movilizar nada, ni hacer nada (tampoco creo que nadie les siguiera), actitud la cual se agradece más que las salidas de tono de la patronal, la cual, ya que ha realizado múltiples avances en sus reivindicaciones acerca de despidos, tipos de contratos, etc. debería aprovechar la cosecha, callarse y dedicarse a lo que debe hacer: invertir, producir, crear empleo y, cómo no, enriquecerse, que no todo va a ser malo.