En los últimos días ha aparecido en los medios de comunicación una noticia inquietante, preocupante y que puede llevar a engaño al lector no demasiado familiarizado con la naturaleza de la moneda digital privada Bitcoin.  De hecho, creo que puedo afirmar que la mayoría de economistas no somos capaces de entender en profundidad esta moneda etérea, como podéis comprobar en la entrevista que he colgado en iAhorro. Warren Buffett nos recomendará no invertir en lo que no entendamos, con lo que la advertencia ya está hecha.

Podríamos concluir, sin más disquisiciones, que no hay que arriesgar dinero en este invento tan extraño. Si no lo podemos perder, desde luego que no. Pero si estamos dispuestos a arriesgar, no hay tanta diferencia con otras inversiones tecnológicas de alto riesgo. Por otra parte, no entender el Bitcoin no es tan preocupante como puede parecer. ¿Acaso realmente uno entiende el funcionamiento del dinero fiduciario hoy en día? Básicamente, el dinero tiene valor porque hay leyes que obligan a aceptarlo como pago de una deuda. Detrás del valor de una divisa, está la fortaleza del país que la emite. Y su capacidad bélica, pese a que solemos obviar esta desagradable realidad.

¿Puede la voluntad de millones de usuarios de una moneda digital, sea el Bitcoin u otro protocolo más avanzado que acabe surgiendo, respaldar con su poder colectivo esta forma de intercambio de bienes y servicios?

Puede. No rivalizar con el poder militar de los Estados, pero sí ser un poder alternativo y complementario. Suena a ciencia ficción, es cierto, pero ¿cuántos progresos no han sonado igual antes de implantarse?

¿Estamos ante una burbuja?

Puede. Evidentemente, si de repente el sistema se desmorona por la falta de confianza, con golpes como la quiebra de Mt. Gox, una de las mayores empresas de intercambio de bitcoins con sede en Japón, la gente empezará a cambiar monedas virtuales por monedas legales y el precio se hundirá. Igualmente, un ataque al propio sistema, que acabara comprometiendo la seguridad de la moneda, acabaría con ella.

¿Y qué diantres es un bitcoin?

Veamos primero si somos capaces de definir esta moneda:

Es una moneda que no requiere de bancos u otros intermediarios, ya que se puede trasmitir de persona a persona. Sin embargo, para hacer intercambios con monedas legales, debemos usar casas de cambio. Y llegamos al primer gran riesgo, que tengamos almacenados bitcoins en una de estas casas de cambio (véase Mt. Gox y quiebre); una empresa quiebra y nuestro dinero en la nube queda bloqueado, a la espera de que una ley de quiebra decida cómo se liquidan. No hay un fondo de garantía, ni una institución que proteja la inversión. Peor aún, no hay un garante de la solvencia de las casas de cambio, ni  la propia Fundación Bitcoin, la entidad que reúne a la mayoría de operadores que emplean esta moneda virtual.

Es un sistema criptográfico que no tiene nada que envidiar a los programas  usados por militares y gobiernos que emplean esta moneda virtual. Eso es lo que nos dicen los defensores de la moneda digital. Pero para que nos lo podamos creer, alguna institución de reconocido prestigio e independencia lo debería verificar. A fin de cuentas, una cosa es la libertad y otro el libertinaje, también en el uso de monedas experimentales privadas.

Es de código abierto y, se supone, nadie puede controlarlo. Una vez más, solo un experto informático puede asegurarnos que el sistema no puede ser alterado sin que los usuarios lo sepan.

Usar el sistema no tiene coste, a no ser que voluntariamente lo asumamos para acelerar las transacciones. Evidentemente, no está libre de impuestos, pese a que su control tributario diste de ser completo.

El dinero privado, que está fuera del control y, por tanto, de la supervisión, regulación y garantía de Estados y Bancos Centrales, se puede almacenar en monederos virtuales online, que conllevan un peligro evidente, como ha demostrado la quiebra de Mt. Gox, pero también se pueden almacenar «en frío«, en un dispositivo no conectado a la Red.

Lo que se ha creado puede ser o no ser dinero,  en función de la confianza de los usuarios particulares y empresas en su validez como medio de pago de bienes y servicios; su valor, en todo caso, parte de la utilidad del propio sistema en crear alternativas a las manipuladas monedas legales para, por ejemplo, evitar la hiperinflación (a cambio de asumir una hipervolatilidad, en estos momentos iniciales del proyecto) o saltarse los bloqueos de capitales estatales o corralitos de los bancos comerciales (a riesgo de sufrir corralitos de las casas de cambio).

Desde luego, si no eres capaz de entender con cierta profundidad lo que has leído, te recomiendo ni plantearte invertir en bitcoins.

¿Estamos ante la quiebra del bitcoin?

En absoluto, lo que ha quebrado es una empresa privada que funciona de forma similar a un banco comercial, Mt. Gox, con base en Japón y cuya quiebra se regula por la ley nacional.

El sistema, al menos de momento, está intacto. Y la confianza, la verdadera clave del dinero, no se ha derrumbado. Evidentemente, ya hay personas que han perdido dinero legal, que invirtieron en dinero privado, no solo por la brutal caída de valor en ciertos momentos del tiempo, como el que compró a 1209 dólares el bitcoin y los ha de vender a 135 dólares, sino los que confiaron sus monederos virtuales a Mt. Gox. En todo caso, hay puntos preocupantes en el diseño de la moneda, desde su número finito de unidades, fijado en 21 millones de bitcoins, a la falta de una normativa específica, o la ausencia de supervisión de la solvencia de las casas de cambio. Por otra parte, el sistema deberá demostrarse seguro a los ataques legales y menos legales de los Estados, que dudo quieran un competidor en sus políticas monetarias.

De momento, yo no tengo bitcoins. Pero estaré muy atento a su evolución.