No les cabe la sonrisa en la cara ante tanto brote verde. Y es que hemos pasado en apenas nueve meses de declaraciones de Montoro y De Guindos anunciando que no iba a empezar a disminuir el paro hasta el 2016 a tener que corregir las previsiones al alza, augurando pequeñas mejoras ya en el 2014. Debe haber sido un embarazo endogámico que ha hecho nacer una criatura débil, endeble, pero verde, que es lo que importa. Porque la gran esperanza del PP es concluir su legislatura con menos paro del que comenzó, aunque sea a costa de expulsar parte de la masa laboral de las listas de desempleo por el medio que sea: emigración, trabajos eventuales mal pagados o por hastío y desesperación que hacen que los parados puedan abandonar el mercado laboral.

Y es que España ha salido de la crisis, los que no hemos salido hemos sido los españoles. El torpedeo a la línea flotación de la clase media (ya de por sí más débil que el promedio europeo) ha sido salvaje, y lo va a seguir siendo: han subido todos y cada uno de los impuestos, algunos varias veces, han disminuido las prestaciones, se ha desplomado el crédito a familias y empresas, se han destruido muchos de los logros del estado del bienestar: educación, sanidad…. Y casi todo lo ha pagado la exhausta clase media y trabajadora de este país, que ha colaborado, en aras de la mayoría democrática y la globalización, a inyectar recursos en grandes empresas, reflotar la banca y salvaguardar intereses que en nada benefician directamente a los que pagamos las facturas.

Y ahora el peligro es la “japonización”, es decir enrocarnos en una posición con inflación baja (o hasta deflación, y ahí sí que nos reiremos) y crecimiento bajo, lo que significa una baja creación de empleo. A una tasa del 26% de paro es una situación insostenible.

Pero nos queda Alemania, se debe pensar desde el gobierno. Hemos hecho todos los deberes que desde Europa nos han encomendado, de hecho hemos sido los más aplicados (como el estudiante que sólo se aplica la noche de antes del examen y logra la iluminación del Espíritu Santo en el último momento) y ahora, pensamos, Alemania debería correspondernos. Debería estimular su demanda interna, aumentar sus salarios, gastar más, en definitiva, para así fomentar sus importaciones, equilibrar un poco su balanza comercial y servir de locomotora a todos sus maltrechos socios europeos.

Pero Alemania ya ha dicho que ni en broma hará tal cosa. Mucha labor de maquillaje, como de vez en cuando ofertar empleos a inmigrantes europeos, pero poca acción de locomotora y poca unión bancaria que alivie el problema de financiación del resto de Europa. Alemania tiene sus propios problemas: un 5% de paro no es en sí un problema, pero la precariedad en el empleo también avanza en aquel país. No tiene problemas de financiación, pero su deuda ronda un 80% de su PIB. Y además tiene la experiencia de lo que supone el coste de tirar de la economía de una zona deprimida: la reunificación aún no ha cerrado sus últimas heridas.

Por tanto, ¿se ha equivocado el gobierno al aplicar todos los ajustes tan costosos socialmente y fiar su salvación al salvavidas europeo? Es pronto para decirlo. Alemania tomará todas las cautelas posibles pero seguramente volverá a impulsar el crecimiento europeo, ya que tarde o temprano tendrá que escoger entre tirar de Europa o rescatarla: sólo Irlanda ha respondido a este tratamiento, Portugal está sumida en el pozo y de Grecia ya ni se habla si no es para pedir nuevos rescates.

Nosotros mientras, sin el empujón alemán, estamos poco a poco atrayendo capital extranjero, situándonos como una buena opción de inversión (de momento la estabilidad política y social aún lo permite), estamos financiándonos sin problemas (aunque cada vez estemos más endeudados) y tenemos unas perspectivas de crecimiento débiles, pero verdes. Lo malo de esto es el enorme coste social que está suponiendo: la pobreza se extiende, las diferencias sociales se agrandan, la clase media desaparece y la sociedad se polariza. Estaría bien recordar que apoyar a las grandes empresas de un país ayuda al crecimiento económico, pero que un país está compuesto por su población en su totalidad, no por el 1% más influyente y que abusar del 99% para que ese 1 restante pueda hacer de locomotora económica, tiene sus límites.