Que muchas familias de este país lo están pasando mal es un hecho innegable; como también lo es que la única salida que muchos parados han encontrado para tratar de salir adelante ha sido embarcarse en una aventura empresarial para tratar de capear los malos tiempos sólo sustentados por el desespero de su situación. Que otros muchos, con menos medios, menos empuje o menos oportunidad, agonizan lentamente agotando poco a poco las ayudas y los recursos económicos propios, de amigos y familiares, mientras esperan la oportunidad de salir del bache que no llega; ese es un hecho que se convertirá en un problema grave, lo que no se sabe es cuando.

La última EPA otorgaba unos buenos resultados para la política del gobierno. Los casi 2.500 empleos netos creados en un mes tradicionalmente malo para el empleo son una buena noticia, pero no nos podemos quedar ahí. La caída de la afiliación a la Seguridad Social (posiblemente un índice más fiable) en 66.000 personas indica que en Noviembre ha habido destrucción de empleo. ¿Las causas? Pueden ser varias, desde la sangría de recursos laborales al extranjero, que se sigue produciendo, hasta el hecho de que hay muchos desesperados (perdón, quise decir desempleados) de larga duración, que ya han agotado todos los subsidios y ayudas y que directamente ni renuevan la tarjeta del paro, con lo que dejan de ser demandantes de empleo, mejorando las estadísticas. Esto, por no hablar de la cada vez mayor precarización del trabajo.

Es de estas personas con un desempleo de larga duración, con formación baja, incompleta o inadecuada, que viven de sus familias o amigos, que frecuentan comedores sociales y contenedores y que ven que la miseria se va instalando lentamente en su vida, de quienes el gobierno debería realmente preocuparse porque son esas personas el caldo de cultivo adecuado para que el descontento e incluso las acciones violentas arraiguen y se multipliquen. Rectifico, para que no le achaquen que mira para otro lado, se preocupa por el tema y se dedica a aprobar leyes que coarten las únicas salidas que a estas personas le quedan para hacerse oír: leyes que limitan las protestas callejeras, que dan más poder a la policía para detener, multar y, en definitiva, eliminar de raíz la cara visible del descontento.

Mientras, la corrupción sigue aflorando, con sentencias cada vez más absurdas: es más rentable, judicialmente hablando, haber sido un corrupto toda la vida, haber estafado, malversado y robado de las arcas públicas, que tirarle una tarta a un alto cargo del gobierno.

Mientras, el gobierno se enorgullece de que el rescate a la banca sea todo un éxito, a pesar de que fue esa banca la que ayudó a crear la situación que hoy se vive, y se olvida del ciudadano víctima de la rapacidad de aquella y de su desamparo. El crédito sigue sin fluir porque los bancos invierten en deuda soberana y en su parte de negocio internacional ante las bajas perspectivas de la economía española.

Mientras, se sigue sin una solución al tema energético de este país, propiciando que las grandes empresas, las grandes beneficiadas, carguen al consumidor con tarifas cada vez más altas un bien esencial. Al tiempo que perdemos el tren de las energías renovables, que podrían haber supuesto una alternativa viable a la creación de empleo y a la producción de energía limpia y barata, a poco que se hubiera planificado en condiciones. Pero  los políticos saben que hay vida más allá de las urnas y los consejos de administración de las compañías energéticas son una buena jubilación para nuestros grandes hombres de estado.

Mientras, los recortes en los gastos del estado han afectado tremendamente a la calidad de vida de la sociedad: educación más precaria, prestaciones sociales en mínimos, sanidad al borde del colapso (en vías de privatización, que dirían muchos), funcionarios peor pagados y cargados de trabajo (aunque me crucifiquen diré que, en muchos casos, ya era hora), etc.. Pero no se ha tocado el aparato político del estado: no se han suprimido organismos con funciones duplicadas (parece que se está abordando ahora por fin), no se ha tocado la enorme cantidad de políticos que viven a costa del estado realizando funciones desconocidas e innecesarias en no sólo los demasiados organismos políticos, sino también en sindicatos, universidades, cajas de ahorro, patronatos, fundaciones, consejos de administración, etc.. Y la deuda del estado sigue subiendo.

Y las filas de los descontentos aumentan y lo malo es que aumentan también los desesperados: los que por no tener nada, no tienen siquiera un camino que seguir, una meta asequible que alcanzar. Cuando entre ellos se alcen las voces suficientes para hacerse oír que ofrezcan ese camino, posiblemente asistamos a una etapa de la historia por la que no queramos pasar. Ya se sabe lo que se entierra en las cunetas de según qué caminos.