El fenómeno de la deslocalización industrial en España está en periodo de regreso. Como el hijo pródigo, las empresas españolas están emprendiendo la vuelta atraídas por la política emprendida por el gobierno para captar inversiones extranjeras, por un lado, y por la disminución de costes (laborales sobre todo) que se ha experimentado en España, a pesar de lo que diga el señor Montoro.

Y es que ya no es tan productivo fabricar en China, la pronunciada subida de salarios en los últimos años (de hasta un 400% de media), unido a la mejora de las condiciones de vida y de trabajo que cada vez se demandan más en aquel país, ha llevado a que ya no sea tan rentable establecer una fábrica allí. Pero no es sólo en China donde las empresas españolas están dejando de invertir, la bajada de los costes laborales en España ha motivado que en 2012 la inversión española en el extranjero haya disminuido un 62,5%, a lo que hay que añadir una desinversión de casi 13.000 millones de euros, observándose un retorno de empresas, sobre todo en el sector textil. Así, en éste, por ejemplo, que cuenta con 135.000 trabajadores en España (en los 90, antes del boom de la deslocalización, fueron 300.000), ha regresado el 15% de las empresas que exteriorizaron su producción, y la tendencia, no sólo continua, sino que además va en aumento y es común en todos los países occidentales.

Los factores que determinan la localización empresarial son los recursos humanos, el entorno y los costes. En cuanto a los recursos humanos, que recoge variables como la disponibilidad de mano de obra cualificada, no ha cambiado gran cosa de diez años a esta parte. Con respecto al entorno (que incluye la estabilidad política, acceso a mercados y materias primas, condicionamientos legales y sociales, etc.), sí que se puede hablar de cambios importantes: en los países destinatarios en un primer momento de la inversión, países emergentes con ingentes cantidades de mano de obra barata y grandes facilidades de sus gobiernos para los inversores, se está produciendo un aumento de las demandas de condiciones de vida, de trabajo y, por supuesto, salariales, que frenan lentamente la inversión extranjera. Esto enlaza con el tercer componente: los costes, ya que en los países occidentales la crisis ha sido y está siendo devastadora para las clases trabajadoras, el nivel de vida de la clase media se está desplomando (es sobre todo ella la que está pagando casi en su totalidad el coste de esta crisis), mientras que en las economías emergentes la tendencia de los costes laborales (tanto salarios como mejora de condiciones laborales) es al alza. Todo esto lleva a que a las empresas ya les compense volver a establecerse en sus países de origen, donde además cada vez se demanda en mayor medida el producto nacional.

España se encuentra entre los diez países que previsiblemente más inversión extranjera van a atraer en los próximos años, y que más inversiones nacionales van recuperar, lo cual en sí es bueno, aunque no tanto si se piensa que para lograrlo el sacrificio lo están realizando las clases medias y trabajadoras. La mejora de la competitividad se está produciendo a costa de una devaluación interna, con dos efectos: estancamiento de los precios, que sólo suben lo que suben los impuestos, y bajada salarial, que desde el 2010 se estima en un 4% y que sumando el IPC de este periodo, pasa a colocarse en un 12% real. Esto indudablemente atrae a los inversores y estimula la producción de bienes de exportación, ante el hundimiento de la demanda interna. Sólo falta entre estas medidas la puesta a disposición de cada trabajador de un kit completo de empleado de país emergente, que incluye taparrabos, manta raída para dormir en el puesto de trabajo y cuenco donde poder comer el arroz diario de sustento.