La cultura occidental, en muchos aspectos, difiere diametralmente de la oriental. Los economistas occidentales pretendemos definir la realidad, predecir los acontecimientos y explicar científicamente el pasado. Un economista taoísta, nos dirá que la economía es una ensoñación. En realidad, la nebulosa del conocimiento material para taoístas, hinduistas o budistas, no difiere tanto de la ciencia occidental. ¿Acaso no es una ensoñación el principio de indeterminación de Heisenberg o la dualidad onda-corpúsculo?

Famosa es el siguiente pasaje de un autor taoísta:

Una vez yo, Chuang-chou, soñé que era una mariposa, una mariposa que volaba, gozando de sí misma. No sabía que Chuang-chou era ésta. Repentinamente, desperté y volví a ser realmente Chuang-chou. Pero no sé si era yo soñando que era una mariposa, o si era una mariposa soñando que era Chuang-chou.

Esta visión se relaciona con el principio del Wu-wei, de no interferir en el proceso natural, sino fluir en la propia naturaleza de los acontecimientos. En economía este pilar del Tao haría referencia a dejar que los agentes económicos actúen en libertad, sin legislaciones encorsetadas que multipliquen la burocracia.

Sin embargo la aplicación del taoísmo más interesante no es en la economía como concepto general, sino en la propia figura del economista, del experto o técnico de una determinada parcela de saber. Muchas veces los expertos pierden de vista lo fundamental: que no hay verdades absolutas al alcance de su saber.

Después de los desastres económicos provocados por los propios consejos de los técnicos, en muchas ocasiones, seguimos sin hacer una autocrítica de la profesión. Los bancos siguen actuando de la misma forma que les ha llevado a la delicada situación financiera que arrastra a la economía real, los asesores siguen formulando sus teorías a los políticos en base a sus propias creencias económicas y los medios de comunicación siguen sin dar explicaciones coherentes de lo que está pasando.

Hablando con un compañero de la complejidad de la economía y lo difícil que le resultaba entender lo que leía, le dije lo siguiente:

Si lo que estás leyendo no se entiende, o bien el economista que escribe no comprende realmente el tema o, peor, trata de confundir al lector.

La economía, en esencia, es sentido común. Lo que pasa es que muchas veces no interesa utilizar el menos común de los sentidos. Un ejemplo muy reciente es la limitación del déficit, la disciplina fiscal que se incluirá en la Constitución. Uno puede opinar sobre la forma en que se aprobará la norma o su utilidad en base a la letra pequeña.

Pero decir que limitar el endeudamiento de las Administraciones es malo y va contra el Estado del Bienestar es una soberana tontería (en el mejor de los casos). Sea el Estado, sea una familia, el endeudamiento tiene un coste y no es sostenible en el tiempo. El sentido común nos dice que hay que ahorrar en los buenos tiempos para gastar en los malos. No hay teoría económica que refute el sentido común.

Si algo me atrae de la filosofía oriental es la negación del ego y la búsqueda del saber, admitiendo que la contradicción es inherente a la búsqueda del conocimiento. La humildad, admitir que nuestra vida está regida por la incertidumbre y no por nuestras falsas certezas, es una de las mejores curas para los males que atenazan nuestra economía.

Si alguno de los directivos de banca hubiera dudado de las hipotecas subprime empaquetadas, si algún director de banco hubiese dudado de los bonos estructurados de Lehman Brother’s o si nuestros políticos se hubieran cuestionado un crecimiento basado en la construcción! No hace falta ser economista para tener sentido común, señores.

Puede que la economía sea una mera ensoñación y seamos mariposas soñando que vivimos una crisis. Sin embargo los que no dudan de su vigilia perturban nuestro descanso. Es hora de despertarlos.