Europa se ha despertado con una bofetada de realidad que no vio venir. Dan Jørgensen, el responsable de Energía de la UE, ya no disimula: estamos a las puertas de la peor crisis energética de nuestra historia. Mientras en Bruselas se perdían en papeleo y en el «deeply concerned» de Von der Layen, el bloqueo del Estrecho de Ormuz ha cortado el grifo del mundo. No es solo un problema logístico; es un jaque mate a la economía europea que nos pilla, una vez más, con los deberes sin hacer.

El caos que nos espera

Bruselas intenta calmar los ánimos diciendo que aún no hay cortes, pero la realidad es que ya han activado el modo pánico. Su gran miedo ahora es el queroseno. Si no hay combustible para los aviones, el turismo y el transporte se hunden, y con ellos, buena parte del PIB.

«La esperanza no es una estrategia», ha dicho Jørgensen. Es una frase lapidaria que suena a confesión: se han pasado años confiando en que nada malo pasaría y ahora toca correr para que el golpe no nos deje a oscuras.

Catar en ruinas y el bolsillo de los ciudadanos

Lo de Catar es para echarse a temblar. Las instalaciones están tan destrozadas que pasarán años antes de que vuelvan a producir a pleno rendimiento. Esto nos deja vendidos por dos razones que la UE prefiere no gritar demasiado:

Una lección que llega tarde

El bloqueo de Ormuz ha dejado al desnudo nuestra mayor vergüenza: la absoluta dependencia de zonas inestables. Bruselas ahora habla de «soberanía estratégica» y de unir redes eléctricas, pero lo hace cuando el incendio ya está descontrolado.

Quieren diversificar proveedores y acelerar las renovables, pero la pregunta es por qué no se hizo hace una década. Con una factura de 30.000 millones que sigue subiendo y un sistema energético cogido con pinzas, la UE tiene que demostrar ahora si es capaz de proteger a sus ciudadanos o si vamos directos a un modelo de escasez y precios prohibitivos. La energía ya no es un servicio, es nuestra mayor debilidad.