Recientemente en un podcast, Elon Musk contó un clásico chiste económico para diagnosticar lo que, a su juicio, es el gran cáncer de la economía estadounidense: la generación de riqueza ficticia.

Dos economistas estaban caminando por el bosque y encontraron una boñiga. Uno de los economistas dijo: «Te doy 100 dólares si te comes esta boñiga.» El otro aceptó los 100 dólares y se la come

Siguieron caminando y encontraron otra boñiga. El segundo economista dijo: «Está bien, ahora te doy 100 dólares si te comes esta boñiga.» Entonces le dio 100 dólares y el otro también se comió la boñiga.

Luego los dos se dieron cuenta: «Espera, tenemos la misma cantidad de dinero en las manos, ambos comimos una boñiga pero hemos hecho crecer la economía en 200 dólares»

Esta anécdota, que Musk utiliza para ilustrar el absurdo del sistema, no es solo una broma de mal gusto. Es una crítica profunda a cómo medimos el éxito de una nación. Para el multimillonario y para muchos críticos de la burocracia moderna, esto describe perfectamente el funcionamiento del gobierno federal y de las grandes corporaciones hipertrofiadas. Cuando escuchamos cifras récord de creación de empleo o crecimiento económico, a menudo no estamos ante un aumento de la producción de bienes o servicios reales, sino ante un incremento del movimiento circular de capital que no deja nada tangible a su paso.

El sistema actual se ha convertido en una máquina diseñada para fabricar fricción y luego cobrar por resolverla. Hemos creado capas infinitas de cumplimiento normativo que solo sirven para justificar la existencia de la siguiente capa. Existen comités de supervisión cuya única función es concluir que se necesita más supervisión, y consultoras externas que auditan el trabajo de otras consultoras. Son billones de dólares fluyendo por tuberías que no desembocan en ningún sitio. El marcador del PIB sube, los políticos aplauden y los mercados celebran, pero si rascamos la superficie, descubrimos que no se ha construido nada que alguien pueda sostener en sus manos.

En este contexto, la inteligencia artificial no es solo una herramienta tecnológica, sino una amenaza existencial para el orden establecido. La razón por la que Washington y las grandes estructuras burocráticas reaccionan ante la IA con un pánico mal disimulado no es por el riesgo de que las máquinas se rebelen. El miedo real es que la IA no necesita jugar al juego de la fricción. Una máquina no forma un comité, no pide tres meses para entregar un informe de cuatrocientas páginas que nadie leerá y no necesita procesos intermedios para llegar a una solución. Simplemente resuelve el problema.

El modelo económico actual no grava los resultados finales, sino el proceso. Cuanto más largo y farragoso es un trámite, más oportunidades hay para extraer impuestos, tasas y honorarios. Si una tecnología es capaz de comprimir un flujo de trabajo de dos semanas en apenas tres segundos, el sistema se queda sin nada que facturar. Desaparece la oportunidad de rascar una comisión en cada paso intermedio. Por eso, durante los próximos años, escucharemos advertencias constantes sobre cómo la IA pone en peligro la estabilidad económica. Lo que no nos dirán es que lo que realmente peligra es la ilusión de que estar ocupado es lo mismo que ser productivo.

La automatización y el procesamiento inteligente de datos vienen a demostrar que una parte ingente de nuestra economía nunca tuvo un propósito real más allá de mantener el marcador en movimiento. La IA no viene a quitarnos el empleo con sentido, viene a evidenciar que llevamos décadas llamando trabajo a cosas que, en esencia, solo consisten en mover dinero de un bolsillo a otro mientras todos fingimos que estamos creando valor.