Geoffrey Hinton, galardonado con el Premio Turing en 2018 y con el Premio Nobel de Física en 2024 es una  de las personas más respetadas dentro del mundo de la Inteligencia Artificial y en una reciente entrevista con Bloomberg TV, no se andó con rodeos afirmando que el único camino realista para que las empresas que lideran la carrera de la inteligencia artificial rentabilicen sus gigantescas inversiones es sustituir mano de obra humana. “Creo que las grandes compañías están apostando a una sustitución masiva de empleos por IA, porque ahí es donde está el gran negocio”, sentenció.

Y las cifras respaldan su alarma. Microsoft, Meta, Alphabet y Amazon —los llamados “hiperescaladores” de la IA— prevén invertir 420.000 millones de dólares el próximo año fisca. A esto se suma el ambicioso anuncio de OpenAI, que en apenas unas semanas ha cerrado acuerdos de infraestructura por valor de un billón de dólares con gigantes como Nvidia, Broadcom u Oracle. Todo apunta a una carrera sin freno.

¿Productividad o precariedad?

Históricamente, la llegada de nuevas tecnologías ha destruido ciertos empleos, pero también ha generado otros nuevos. Sin embargo, Hinton no está convencido de que esta vez ocurra lo mismo. “No está claro que la IA vaya a crear tantos empleos como los que destruirá”, advierte. Su visión es tajante: para que estas inversiones colosales sean rentables, será necesario sustituir personas por chips.

Y los primeros indicios ya están aquí. Desde el lanzamiento de ChatGPT, la oferta de empleos de entrada ha caído en torno a un 30%, y no son pocos los sectores que ven cómo los procesos automatizados ganan terreno rápidamente. Un caso reciente es el de Amazon, que anunció esta semana 14.000 despidos, sobre todo en niveles intermedios de gestión. Aunque su CEO, Andy Jassy, negó que se debiera directamente a la IA, él mismo había anticipado meses antes que la automatización basada en IA permitiría reducir la plantilla corporativa.

El dilema ético y el modelo económico

Para Hinton, el problema no es tanto la tecnología, sino el sistema económico que la rodea. “No es como las armas nucleares, que solo sirven para hacer el mal. La IA puede hacer un bien enorme en educación, sanidad o productividad”, explicó. Pero el dilema de fondo sigue siendo cómo se distribuyen esos beneficios. ¿Quién gana con el aumento de la eficiencia? ¿Se reparte o se concentra?

Lo que está claro es que la inteligencia artificial no avanza en el vacío: lo hace en una sociedad regida por reglas económicas muy concretas. Y si no se revisan esas reglas, advierte Hinton, la IA puede convertirse en un acelerador de desigualdades, más que en una herramienta de progreso colectivo.