La guerra comercial entre Estados Unidos y China ha dejado cicatrices profundas en el comercio global. Pero lejos de replegarse, las fábricas chinas han encontrado nuevos destinos para sus mercancías: India, el continente africano y el Sudeste Asiático están absorbiendo un volumen de productos que ya supera registros históricos.

En agosto, las importaciones indias desde China alcanzaron un récord histórico, mientras que las exportaciones hacia África apuntan a cerrar el año con cifras sin precedentes. En paralelo, las ventas a países del Sudeste Asiático han superado los niveles de la pandemia. Este repunte masivo no es casualidad: es la respuesta directa de Pekín a un contexto internacional cada vez más hostil, pero también más fragmentado.

¿Una nueva guerra comercial, pero silenciosa?

El avance chino está provocando reacciones encontradas. Por un lado, los gobiernos temen por sus industrias locales; por otro, muchos no quieren enfrentarse abiertamente a Pekín, que ya es el principal socio comercial de más de la mitad del planeta.

Solo México ha respondido con firmeza, anunciando aranceles de hasta el 50% a productos chinos como automóviles, piezas y acero. Pero en otras latitudes, las tensiones están creciendo por debajo del radar. India, por ejemplo, ha recibido unas 50 solicitudes para investigar el posible “dumping” de productos procedentes de China y Vietnam. En Indonesia, los exportadores chinos ya están vendiendo pantalones y camisetas por 80 centavos de dólar lo que ha obligado al gobierno a vigilar la avalancha de importaciones.

La respuesta global sigue siendo tibia. Muchos países ya están inmersos en negociaciones con Washington por otros asuntos comerciales y prefieren no abrir otro frente con la segunda economía del mundo. Como apunta Christopher Beddor, de Gavekal Dragonomics, varios gobiernos están “guardando sus cartas arancelarias” para tener algo que ofrecer a EE.UU. en sus propias negociaciones.

Otros países optan por medidas más sutiles o incluso por adaptarse. En Sudáfrica, por ejemplo, el ministro de Comercio ha rechazado sanciones contra las importaciones de coches chinos —que casi se han duplicado este año— y ha preferido buscar inversiones directas. En América Latina, Chile y Ecuador están aplicando cargos selectivos a importaciones baratas, mientras que Brasil, aunque ha amenazado con tomar medidas más duras, ha ofrecido a BYD (el mayor fabricante chino de coches eléctricos) un periodo libre de aranceles para acelerar su producción local.

Y es que, ante la fuerza del músculo exportador chino, muchos gobiernos se enfrentan a un dilema incómodo: proteger su industria nacional o mantener el acceso al mercado y las inversiones de Pekín.

El tiempo dirá qué países logran equilibrar esa balanza sin caer en represalias ni perder competitividad.