El turismo ha sido, durante años, uno de los principales motores económicos de España. Su peso en el PIB, en el empleo y en la inversión extranjera es indiscutible. Pero cuando una locomotora corre sin frenos, la pregunta no es si descarrilará, sino cuándo. La llamada «burbuja del turismo», cada vez más mencionada por analistas y profesionales del sector inmobiliario, empieza a mostrar señales de sobrecalentamiento en los destinos más saturados del país.

En 2024, España ha batido todos sus registros históricos con 94 millones de turistas y un gasto total que roza los 126.000 millones de euros. Este récord, que a priori debería ser motivo de celebración, se convierte en motivo de alarma cuando se observa lo que implica: más hoteles, más viviendas de uso turístico, más presión sobre las infraestructuras urbanas, y una economía local cada vez más dependiente de un visitante que consume pero no vive allí. El equilibrio entre lo rentable y lo habitable está empezando a romperse.

No es casualidad que crezcan las voces que advierten del riesgo. En zonas como Baleares, la Costa del Sol, Barcelona o algunas localidades del norte peninsular, el malestar ciudadano ya no se esconde. El turismo masivo empuja al alza el precio del alquiler, complica el acceso a la vivienda habitual y desplaza al comercio tradicional. Todo esto genera un entorno en el que los residentes ven cómo se encarece su día a día sin que sus salarios crezcan al mismo ritmo.

El problema se agrava cuando el mercado inmobiliario, alimentado por la fiebre turística, empieza a mostrar síntomas de agotamiento. Aunque se descarta una burbuja al estilo de 2008, sí se perciben señales de desaceleración. La demanda de alquiler comienza a reducirse, y ya hay expertos que anticipan una bajada de precios entre un 10 % y un 15 % en las ciudades más tensionadas entre 2025 y 2026. Muchos inquilinos han optado por abandonar el arrendamiento y lanzarse a la compra, en un contexto donde pagar una hipoteca puede salir más barato que mantener un contrato de alquiler.

Este giro en el comportamiento del consumidor coincide con el temor a una sobreoferta turística que podría colapsar ciertas zonas. No es solo una cuestión de espacio físico. Es también una advertencia económica: si el turismo cae por saturación, rechazo social o pérdida de atractivo, arrastrará consigo negocios, alquileres, precios inmobiliarios e incluso inversiones institucionales. Algunos medios internacionales ya empiezan a desaconsejar viajar a ciertas zonas de España por la masificación.

Aunque nadie puede prever el momento exacto en el que la burbuja turística pueda estallar, lo cierto es que las grietas ya son visibles. Y si la demanda extranjera se resiente, el castillo de naipes construido en torno al modelo turístico puede empezar a tambalearse.